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Colombia – Agosto de 2018 – No. 29

Pasajes de la vida de José Felipe (V)

Continuación

Jairo Trujillo M.

José Felipe cuenta sus historias. Las iré dando a conocer con cierta regularidad. El propósito es reunirlas todas en un solo volumen. 

Mucha gente ha vivido experiencias similares y se pierden en el olvido. Trataré de recoger algunas de ellas en estas narraciones para que se recuerden de alguna manera.

No tienen un orden cronológico, pues la vida no es una sucesión de hechos ordenados y planificados. Y menos la de José Felipe.

La primera parte puede leerse aquí.

La segunda parte puede leerse aquí.

La tercera parte puede leerse aquí.

La cuarta parte puede leerse aquí.

He aquí la quinta de ellas.

Agosto de 2018

Por los meandros del Penderisco

Ese día Herman Herrera estaba ansioso por llegar a Medellín. Llevaba, como siempre, un costalado de verduras y legumbres cultivadas en su parcela para sus hijas que vivían en la ciudad. Cuando fue a abordar el bus, todos le rogaron y le suplicaron que no se fuera por tierra. La carretera está muy peligrosa. En cualquier parte hay retenes de gente mala y algo te puede pasar, le decían. Por favor, andate en avión que es más seguro. Pero Herman insistía en que debía viajar por tierra porque llevaba un bulto muy grande. No te preocupés, le insistían, nosotros te pagamos el flete de la carga, pero por Dios no te vas por tierra. Todos tenían un mal presentimiento. Herman no era un hombre que dependiera de los demás, como dicen en esas tierras. Toda la vida trabajó duro y con el sudor de su frente levantó a su numerosa familia y adquirió lo que tenía. Nunca recibió dádivas de nadie. Sabía que la situación estaba muy complicada en todo el Suroeste antioqueño, pero deseaba con toda el alma ver a sus hijas y llevarles su joto de comida. Él sabía cómo se ponían ellas de felices cuando llegaba su papá adorado, con esa sonrisa amplia y linda que lo caracterizaba siempre.

En Urrao y en su región Pabón mucha gente lo admiraba y respetaba. Era, como se dice ahora, un líder social reconocido, querido y respetado por la gente. El ambiente estaba tan enrarecido en todas esas comarcas, que la gente presentía lo peor.

Cuando fue a salir de su casa, su esposa lo abrazó con tal fuerza y lo miró a la cara con tanta ternura como si fuera la última vez que lo vería. Sus amigos del pueblo que le ofrecían el viaje en avión presentían también algo que no deseaban. Y Herman, en medio de ese corazón generoso y confiado que siempre lo acompañaba, tenía una corazonada que le producía como una presión en el pecho, según le confesó al que iba a su lado en el bus escalera que lo llevó de Pabón hasta el parque de Urrao. Y la angustia de sus hijas en Medellín cuando se enteraron de que su papá había salido en el bus de la mañana hacia Medellín se agigantó con las horas…

 

Después de ese primer viaje que hice con Manuel a Urrao y que conté en la crónica anterior, los dos volvimos con más calma un tiempo después. Luego de rodear por varias horas el cerro de la San José nos metimos por un atajo para salir derecho a un lugar llamado Quebradona, más arriba de la desembocadura de la quebrada San José. Cuando llegamos a la vía, vimos una cuadrilla numerosa de trabajadores de carretera, como les decía la gente, que estaban limpiando un pequeño derrumbe a pico y pala. Saludamos y como casi siempre, nos pusimos a conversar animadamente con ellos. Al poco rato, terminaron su labor y se sentaron a conversar. Nosotros hicimos lo mismo. Era gente muy culta y muy informada, de una gran tradición de organización y muy versados en todos los acontecimientos habidos y por haber, no sólo de su región sino del país y del mundo. Como los dirigentes del sindicato de ellos, que eran los del departamento de Antioquia, eran conocidos nuestros, de inmediato se produjo algo impresionante: Resultamos hablando como viejos amigos y conversamos de lo humano y lo divino en unos cuantos minutos. Les contamos de dónde veníamos y para dónde íbamos.

Notamos que había uno que lideraba el grupo, de hablar pausado y seguro, muy amable y sonriente, de un rostro radiante y maneras tranquilas. Era blanco, mono, como le decimos nosotros a los rubios, y relativamente alto. Después nos enteramos de que era el delegado de su sindicato y que se llamaba Herman Herrera. Nos invitó a seguir conversando en otras ocasiones.

Del grupo, un hombre moreno, alto y algo flaco, que todos llamaban Miguelito, nos preguntó que dónde íbamos a dormir en Urrao. Y sin esperar la respuesta nuestra, agregó:

−Si quieren, ahora nos vamos para mi casa y allá pueden quedarse sin ningún problema.

A partir de ese día, muchas veces que llegábamos al pueblo las puertas de su casa se abrieron para nosotros y luego para mis hijos y mi esposa. Miguelito siempre madrugaba a eso de las cuatro de la mañana, hacía su desayuno para llevar a la carretera y nos hacía el nuestro y se despedía siempre con su infaltable sonrisa. Era muy conversador y ameno en sus relatos. Su esposa era muy amable, al igual que sus hijos, aunque la gente del barrio los llamaba “los loquitos”, tal vez porque alguno de ellos tenía un comportamiento diferente o algo extraño para la gente. Lo cierto es que nosotros siempre fuimos muy bien recibidos por ellos.

La relación con Herman siempre tuvo un nivel muy alto. Era un hombre muy especial, sumamente prudente, analítico, enterado de los sucesos nacionales y mundiales, de una gran ascendencia entre sus compañeros y entre la gente de su vereda El Hato, en el cañón del río Pabón. Al igual que mi amigo Manuel, Herman tenía también un don de gentes especial. Pero el uno era andariego y caminante permanente, mientras que Herman era un dirigente aferrado a su terruño, a su familia y a los amigos de toda la vida. Con su familia numerosa, compuesta en su mayoría por mujeres vivarachas y muy inquietas, nuestras vidas se fueron juntando y soñábamos en lo mismo, compartíamos los mismos ideales, nos alegrábamos y nos entristecíamos con los mismos hechos. Hablábamos horas y horas y siempre encontrábamos temas de conversación.

Tiempo después, como lo he dicho antes, yo me fui a vivir al río abajo, donde el Penderisco se convierte en río Murrí, en el camino de Mandé, y a Pabón llegó a establecerse Enrique Salazar, el mismo que me sirvió de ayudante en el parto de mi tercer hijo en la selva. Herman quiso a Enrique como a un hermano y sus ojos se encharcaron cuando se enteró de que el avión en que viajaba Enrique explotó y él quedó en “átomos volando, como Ricaurte en San Mateo”, allá por el año de 1980. Enrique contribuyó enormemente en la formación de Herman y su gente; vivía cerca de su casa y con esa paciencia de operario de Coltejer, fue tejiendo un entorno de gente muy unida y solidaria en la región; años después que estuve allí, pude apreciar entre algunos de sus habitantes el aprecio que sus gentes le profesaban.

En Pabón vivía el hermano de un amigo que administraba una finca cafetera en Betulia, y en donde Manuel y yo habíamos estado recolectando café. Este hombre se ofreció alegremente a hospedar a Enrique. Treinta años después, sentado en una banquita del patio de su casa en su parcela de Pabón, miraba aquellos hermosos meandros del río Pabón, que aguas abajo se unían a los meandros del río Penderisco y recordaba con ternura y nostalgia a aquel antiguo obrero de Coltejer que le había mostrado un mundo nuevo e ideal.

Enrique se reunía con los otros compañeros de Herman que vivían cerca de su casa y todos lo consideraban como un verdadero maestro.

Más de tres lustros después de conocer y compartir tantas cosas con Herman, volví a Urrao. Me fui solo y me alojé en un hotel en el parque principal.

Estuve buscando a viejos amigos, que no encontré, pues algunos habían muerto, otros se habían ido y hubo a quienes no pude encontrar. Alquilé una bicicleta y me fui por muchos contornos degustando aquellos paisajes que en 1904 Rafael Uribe Uribe calificara como “el paraíso escondido”. Subí al aeropuerto y desde allí divisé extasiado los meandros o curvas del río Penderisco y el poblado y a los lejos, muy arriba, el cerro del Plateado, donde nacen este río y también el Atrato. Seguí por las llanuras de la vereda La Venta, en donde otro viejo amigo, desaparecido por los actores de la muerte, me acogía en su finquita y juntos sembrábamos papa y hortalizas, junto con sus muchas hijas. Se llamaba Arturo y lo apodaban El Rucio, porque su barba y su cabellera eran blancas. Bajo de estatura, de caminar menudo y sereno, era un campesino muy instruido y sumamente prudente y desconfiado. Me costó mucho ganarme su confianza y cuando lo logré me llegó a apreciar sobre manera. Me lo había presentado Venganza y fue él quien me relacionó con Pedro Pequeño, el mismo que me llevó a vivir al río abajo, primero solo y luego con mi familia. Muchos años después, volví a encontrar a Pedro en una finca del municipio de Bolívar y luego en Urrao, dedicado a su oficio de yerbatero; amistoso y amable como siempre.

Imponente y mirando bajar el Penderisco por un cañón cada vez más cerrado, a su derecha está el Páramo de Frontino, conocido también como el Páramo del Sol. Y mirando hacia la vereda El Chuscal, en la salida hacia Caicedo, está otro hermoso valle cercado por grandes montañas a lado y lado.

¡Ah paisajes maravillosos! ¡Ah naturaleza exuberante e imponente! ¡Ah gente linda y también maravillosa la que habita estos parajes!

Cuando volví al pueblo y entregué la bicicleta, reconfortado con los paisajes que mis ojos habían visto, me dirigía al hotel. En esos momentos, una mano se posó suavemente sobre mi hombro… Despacio y tranquilamente me di vuelta y me encontré con una sonrisa amplia y unos ojos chispeantes y alegres… Era Herman Herrera que me había visto y reconocido. Abrió sus brazos y nos dimos un fuerte y caluroso abrazo. La alegría embargó mi corazón y aquel hombre noble y fiel amigo me preguntó que para dónde iba.

−Voy al hotel del frente a… −no me dejó terminar.

−Recogé tus cosas y nos vamos ya para mi casa que está para salir la chiva −fueron sus palabras.

Llegamos al Hato en Pabón. Su casa quedaba cerca de la carretera en un alto muy pintoresco. Su vivienda tenía un amplio corredor en L y un patio grande, con una vista hacia la desembocadura del río Pabón. Estaban allí algunos de sus hijos y su esposa, quienes me recibieron muy calurosamente. Ya Herman se había jubilado y dirigía la acción comunal de la vereda. Me contó sus luchas por el acueducto veredal, por la conservación de los bosques −que estaban intactos después de tantos años−, por el mejoramiento de las condiciones de vida de la gente, por la salud y la educación y tantas otras cosas. Era un verdadero líder de la comunidad, entregado por completo a los demás y soñando siempre con un futuro mejor para su gente.

No quería que yo me viniera. Todos los días organizaba un programa diferente, conversaciones y visitas a sus vecinos, me mostró su huerta de fríjol y verduras y pasamos una semana inolvidable. Recordamos a los que ya no estaban, que se habían ido por enfermedad o porque la guadaña de la muerte violenta los había alcanzado. Nos identificamos en la visión de país que se empezaba a construir a partir de la nueva constitución. Y nos acordamos de aquel día en que nos conocimos en la carretera, junto con Manuel, y me contó de la muerte de Miguelito. Vi cómo los campos empezaban a llenarse de cafetos, porque el clima se estaba calentando un poco, y el fríjol y la granadilla se veían por doquier. Aquellos miles de habitantes que vivían cerca de los meandros del río Pabón seguían aferrados a sus pequeñas parcelas.

En una crónica de 1993 de un periódico nacional sobre la vereda de Pabón donde vivía Herman se lee:

“Tenía 13 años cuando bajé del monte con mi mamá y mis hermanos menores, dice Herman Herrera, un hombre alegre y de rostro cansado. El resto de la familia había muerto. Las mujeres y los niños empezamos la reconstrucción. Lo único que quedaba de lo que antes fue nuestro, era la tierra. Ninguna familia vendió un solo pedazo porque queríamos hacerla florecer nuevamente.” El periodista relataba lo que Herman y otros habitantes de Pabón le comentaron en su visita de aquel año.

Después de la Violencia de los años 50 y luego de la muerte del Capitán Franco, el famoso comandante guerrillero liberal que ubicó su cuartel general en las tierras de Pabón y que murió en extrañas circunstancias en las tierras de Julio Guerra en el Sinú y el San Jorge, la calma y la paz llegaron a aquella región por casi tres décadas. Con mis amigos del corregimiento de La Encarnación y del río abajo salíamos de noche a pescar truchas y a cazar armadillos y la gente se movía con tranquilidad por campos y carreteras. Surgían las riñas comunes en las fiestas como producto de borracheras y rencores pasados o disputas presentes, pero no se presentaban masacres ni hechos terribles como los que se vivieron después. En los años 70 los labriegos se organizaron en la Asociación de Usuarios Campesinos, la Anuc. La ola de más de 500 invasiones de tierra que hubo en Colombia en esa época llegó a Urrao. Cerca de donde vivía Herman, junto a la desembocadura de la quebrada San José y al pie de la carretera, los campesinos se tomaron unas tierras planas y muy buenas. El Instituto de la Reforma Agraria, Incora, creó empresas comunitarias, la Anuc logró que les dieran créditos y asistencia técnica y se organizaron masivamente. Un panorama nuevo se veía en aquellas comarcas. Los campesinos aprendieron un nuevo lenguaje, compusieron canciones alusivas a su nueva situación, hacían grandes concentraciones en el pueblo y en municipios vecinos como Betulia, medían su fuerza pacífica con el gobierno, protestaban, iban a eventos en Medellín y en otros lugares del país. Recibían el apoyo de los sindicatos y las acciones comunales y eran toda una autoridad entre la población, que los miraba con respeto y admiración. Algunos de los líderes de esas jornadas eran dirigentes regionales de la Anuc. Como en todo movimiento social, se presentaron enfrentamientos con la fuerza pública que trató de apaciguarlos y reprimirlos. Pero aquellas luchas eran, ante todo, políticas, incluso algunos de la Anuc llegaron al Concejo municipal. Pero los grandes políticos del país, representantes de la aristocracia feudal y retardataria, se reorganizaron y echaron al traste las pequeñas reformas promovidas por el gobierno y presionadas por la acción masiva de los campesinos y se firmó lo que se llamó “el pacto de Chicoral”, que acabó aquella hermosa primavera.

En 1976, una pequeña comisión de guerrilleros de Urabá recorrió por unos meses las tierras de Urrao y llegaron hasta San Mateo en Betulia. Pero, que se sepa, no realizaron acciones armadas y se fueron. Para principios de la década del 80, guerrilleros de otra sigla fueron importados hacia Urrao y municipios vecinos y éstos sí produjeron actividades ofensivas armadas, tomas de pueblos, como la de Urrao, secuestros y enfrentamientos militares y reclutaron habitantes de la región. Hasta que en 1991 firmaron un acuerdo con el gobierno y se reinsertaron. Luego volvieron con más fuerza los que operaban en Urabá, crearon un frente de guerra que se extendió por todo el Suroeste y llegó hasta el Chocó y conmovió al mundo con dos acciones terribles: El secuestro de dos hombres de diálogo y partidarios de la no-violencia, asesinados en tierras de Mandé, más adentro de donde nació mi tercer hijo, y la masacre de Bojayá, al frente de Vigía del Fuerte, que hacía parte antes de municipio de Urrao.

En todos esos años, heraldos negros que mandan la muerte, como en el poema de César Vallejo, llegaron a Urrao y a todos los municipios circunvecinos, y los ríos y quebradas, sementeras y potreros y carreteras y poblados se cubrieron de rojo y de cruces y de dolor y de angustia.

Fueron, pues, gentes de afuera, guerrilleros de diversas siglas, paramilitares y fuerza pública gubernamental, quienes llevaron la violencia a aquellas tierras que ya gozaban de paz y tranquilidad. La guerra no fue producto de las condiciones propias de la región, no fue idea de sus habitantes, no se dio por la pobreza ni por las luchas sociales de la zona, sino por acción de factores externos, ajenos a la población del lugar.

La vida normal se transformó en toques de queda, en asesinatos selectivos y en masacres horrendas que ensangrentaron campos y cultivos y ríos. En el miedo y la zozobra permanentes. En la desconfianza hacia el otro. No se pudo volver a pescar de noche y miles dejaron sus tierras y sus bienes abandonados. Su memoria quedó atrás, en el olvido. Y la nueva violencia superó en crueldad y en cantidad a la de los años 50.

Herman jamás se movió de su casa ni abandonó a su familia y a su gente. Siguió soñando con un mundo mejor y continuó fiel a sus ideales y al servicio de los demás. Pensionado como trabajador del departamento de Antioquia, siguió viviendo en su pequeña finca de Pabón, trabajando la tierra y al frente de la Acción Comunal de su región. La gente le pedía consejos, ayudaba a resolver conflictos entre sus vecinos, se dedicaba con amor a su familia. Era un verdadero líder de la comunidad.

Como nosotros vivíamos muy lejos del pueblo, en el río abajo, no volví a ver a Herman, pero sí tenía noticias de él por Enrique, quien era su vecino.

Luego de ser el partero de mi propio hijo en Urrao, permanecimos en esas selvas un tiempo más sin salir al pueblo. Los campesinos llaman canalón a un camino que se va profundizando en la tierra con los años por acción del paso de la gente y de los animales. En una ocasión en que íbamos por un estrecho y profundo canalón con mi niño recién nacido en brazos, una serpiente mapaná equis se lanzó sobre mi hijo. Con la misma habilidad de la fiera, que uno adquiere en esas tierras, giré rápidamente hacia atrás, logrando esquivarla. Le dije a mis dos hijos y a mi esposa que retrocedieran y se subieran a la barranca, mientras yo me enfrenté con la culebra que rodó loma abajo. Ese tipo de serpientes agreden y persiguen a su presa, a diferencia, por ejemplo, de la coral y otras que huyen cuando se sienten acosadas o ven gente. Y eran las más comunes en la región.

Cuando ya nos trasladamos a Medellín, fuimos a registrar al recién nacido en una notaría. Pero fue imposible, porque nos decían que ya tenía varios meses y no había constancia de su nacimiento por un médico y una clínica, y que había nacido en otro municipio. En vano expliqué la situación. El notario me dijo que la única solución era bautizarlo y luego registrarlo. Aunque no quería bautizarlo, era la solución que me ofrecían. Recurrimos a un cura de los llamados de Golconda, quien era párroco en el barrio Fidel Castro, hoy conocido como Moravia. Más que misa, fue una arenga política y social.

Hace poco regresé a visitar esa comunidad y a recordar aquel acontecimiento. Ya es un barrio pujante, lleno de vida y de recuerdos, donde la gente vivió grandes epopeyas en su lucha por la supervivencia, viviendo de las basuras. Pues fue durante mucho tiempo el basurero de Medellín. Y sus habitantes recuerdan con cariño a Vicente Mejía, el cura que les ayudó y guio en un trabajo el más digno y el más útil de la sociedad: el del reciclaje de las basuras. En aquel tiempo a los recicladores los llamaban basuriegos y los habitantes de esos humildes ranchos de lata y de cartón eran denominados tugurianos. Hoy el lugar cuenta con hermosos jardines, senderos donde están escritas sus memorias y fotografías que dan cuenta de su gesta.

 

Finalmente el bus arrancó de Urrao aquella mañana con algunos pasajeros. Entre ellos iba Herman con su bulto de verduras y legumbres para sus hijas. Los que fueron a despedirlo agitaban sus manos temblorosas. Hubo algunos a quienes se les encharcaron los ojos y una opresión en el pecho los acompañó todo el día. El bus pasó por la vereda La San José, por donde se desviaba la carretera a su Pabón querido. Y posiblemente Herman la miraba con un gran sentimiento, pues le dijo a quien iba a su lado:

−¡Qué vaina! Siento que es la última vez que veo a mi Pabón del alma.

Los meandros del Penderisco y los de Pabón se juntan allí en un cuadro que un pintor envidiaría. El vehículo continuó su camino, subió al Brechón, en límites con Betulia y desde allí Herman contempló aquellos cafetales inmensos que cubren aquellas arrugas del mundo, que son nuestras montañas. Entraron a Betulia, recogieron algunos pasajeros y continuaron hacia Concordia.

Entre los dos municipios, y en una cresta de la montaña, por donde se descuelga hacia Salgar, hay un sitio llamado El Papayo. Su nombre dio origen a una expresión muy común en los años de la Violencia de los años 50: “Lo pasaron al papayo”, para describir que a alguien lo habían asesinado. Allí eran arrojados los cadáveres de los campesinos que mataban los pájaros, que eran los paramilitares de la época.

En una estrecha curva, aparecieron de pronto unos hombres armados con fusiles modernos, vestidos de camuflado y con un brazalete marcado con unas iniciales que infundían pavor. El bus se detuvo lentamente, el chofer empezó a temblar. Cuentan que Herman tenía los ojos cerrados, pensativo y tranquilo.

−¡Bajen con la cédula en la mano! −gritó el que primero abordó el vehículo, blandiendo su fusil.

Afuera los esperaban otros hombres, de mirada hosca y ademanes burdos. Uno de ellos tenía en sus manos una hoja de papel. Arrebataba las cédulas que le extendían los pasajeros y las confrontaba con una lista.

−¡A un lado! −le decía a uno y a otro.

Al último que se bajó, lo miró con detenimiento de arriba abajo. Se quedó en silencio unos segundos, llamó al que parecía su comandante y rugió:

−¡Quédese ahí, no se mueva!

Los otros pasajeros se miraron entre sí asombrados, al igual que el conductor.

−Ustedes, súbanse rápido −volvió a rugir, dirigiéndose a los que habían pasado a un lado−. ¡Y arranque rápido y no se detenga, pero ya, si no quiere que también lo dejemos aquí! −le dijo al conductor.

Alguien intentó abogar por el que dejaban con ellos, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Sólo alcanzó a decirle con la mirada un adiós conmovedor a quien se quedaba con los bandidos.

Y aquel rostro siempre radiante, de sonrisa generosa, de cabellos rubios, de piel blanca que se tornó oscura, desapareció de la vista de los pasajeros. El bus arrancó rápidamente y por poco se va al abismo.

En la lista de los ochenta y seis mil desaparecidos de esta horrible guerra aparece en la letra H un nombre que siempre recordarán los de Pabón y los de Urrao: Herman Herrera.

Agosto de 2018