31 – Adonaís Jaramillo

De sheriff a jardinero

En el último año de mandato del alcalde Fico Gutiérrez  se deja ver su acento, en  lo que constituyó su propósito  al comienzo de su ejercicio,  al menos en  dos cosas: su empeño por mejorar las condiciones de seguridad y remediar la problemática ambiental de la ciudad.

Por lo  primero –pese al esfuerzo–, se puede decir que no fue afortunado, y para muchos se percibe que  fracasó en ese propósito si nos atenemos a lo que expresan las estadísticas comparadas con hechos delictuosos de años anteriores que muestran que la criminalidad se disparó.  Y eso se percibe por el incremento delictuoso  que se extendió  del foco de la comuna del conflicto, al resto de la ciudad.  Ha operado una especie de  metástasis de los actos violentos que ensombrecieron la ciudad dos décadas atrás y que siguen gravitando por los intersticios de la droga y del dinero de la minería ilegal y extorsiones que la ciudad lava a torrentes.

La vigilancia electrónica se multiplicó.  Y por el aire, un helicóptero, le da vuelta a la ciudad, y nos parece que desde arriba, Federico, como en el panóptico de Bentham, vigila cada uno de los pasos de los habitantes de esta ciudad y le pone el ojo a los transgresores. La invitación  de la  Alcaldía: “la ciudad cuenta con vos”, parece haberse trocado en: “la ciudad cuenta con SOS”, por lo que ocurre a diario. Y por el temor que origina la violencia desatada. Por las redes se le ha visto, al lado de la policía, capturando malandrines o apoyando procedimientos, no siempre eficaces, porque esa especie conocida como fleteros, se reproduce en Medellín sin tregua. Y los “ajustes de cuentas” de que habla la policía, no alivian los temores que provocan las balas perdidas.

Al joven Tobón, su secretario, se le ha visto activo dando partes de actuación a los medios para responder y apaciguar la opinión ante la ola de criminalidad que rebosa la portada de Q’hubo, el periódico por donde respira El Colombiano.

Sectores donde se impone con el miedo el bandidaje, la autoridad responde, pero no siempre se logra el control. Y esta realidad para Fico Gutiérrez,  le ha demostrado que su tesón, su empaque de sheriff, (al que solo le falta el sombrero de Andrés Guerra), no es suficiente para afianzar   la promesa de devolverle la tranquilidad de Medellín. Esta quedó incumplida.

Pero el otro propósito, el de mejorar las condiciones ambientales de la ciudad, su resolución se vio amparada con acciones que están a la vista. La ciudad con él ha florecido. Pero sigue respirando mal.

Con el desmantelamiento de las pirámides de la avenida Oriental, sin reprocharle a Fajardo el desatino, aunque la ciudadanía si lo hizo;  esas pirámides en línea, forradas con cristanac, enchape anacrónico  del que solo se tenía noticia por una muestra en el viejo orinal del café Pilsen, ya desaparecido, al lado de la puerta del Perdón de la Candelaria, olía en las pirámides

Fajardo que instaló el dispositivo para “disciplinar a los habitantes de la calle” (matemáticas foucoltianas) y recrear –de manera simbólica– las montañas devoradas por la urbanización, se peló en ambos cálculos; el monumento que algunos advertían como un signo de culpa por la destrucción de las laderas,   fue reemplazado por un jardín lineal que ha hecho de ese sector hostil, un paseo agradable por el  microclima que creó para habitarla de nuevo.

Pero el centro de la ciudad va tomando un aire coqueto con la fuerte inversión que se ejecuta con nuevos espacios para el peatón: amueblamiento y restitución de las zonas verdes endurecidas arbitrariamente. Cuando se camina por el  nuevo Paseo Bolívar por ejemplo  –que multiplicó su arboleda–, nos encontramos con una nueva ciudad, un espacio realmente ameno para caminar  que ojalá no sufra el colapso de Carabobo, que no pudo llegar con una  ciclovía   hasta la U. de A., porque lo interrumpió el nudo de  motos que invadieron el paso  cerca al desmantelado bazar de los puentes.

Materos con “lenguas de suegra” y otras plantas silenciosas, adornan y disimulan mitigar –a falta de árboles necesarios por su biomasa generosa–  calles y avenidas duras hechas para los carros,  como el hervidero de Palacé,  vía ayuna de árboles,  al que la administración le abrió ciclovía, para ponerle un contrapunto a esa “exposición mundial del automóvil”.

Se multiplicaron los arcos con macetas de lluvia de oro y pintura en el piso como  para jugar “golosa” en muchos puntos de la ciudad;  se sembraron  árboles y adecuaron jardineras en los corredores de vida como en las canalizaciones de las quebradas. Sin duda, un buen balance para un asunto urgente,  necesario para  mitigar el ahogo que padece la ciudad a causa del aire de su parque automotor, que de la superficie donde ya no caben, se trasladó a las nubes.

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