31 – Georges René Weinstein

La Biblioteca Pública Piloto por dentro y por fuera

El 20 de diciembre pasado –era el año 2018– se dio inicio a la reinauguración de la segunda sede de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

La importancia de ese reinicio moderno, actualizado, acogedor y atractivo para muchas poblaciones de lectores y adictos a los computadores, a las conversaciones y al ocio (aún en cojines prestados, que al usarlos hacen ¡puff!) es innegable.

Sobra hablar acerca de la bienvenida que le dimos los que hemos pasado gran parte de la existencia entre sus acogedores muros. ¡Un aplauso para el equipo de trabajo!

Ahora, deseo abordar la historia real –y ya olvidada–, para algunos reciente y para otros tan arcaica como un recuerdo relegado o no vivido nunca.

La Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina –lema con el que se identifica  en los documentos escritos, desde su fundación en el año 1952– inició el servicio al público en octubre de 1954, en un apacible lugar que muy pocos recordamos.

Hace unos años, buscando una foto de la primera sede, pude constatar que no existía alguna. De la sede física –en la avenida La playa con la carrera Córdoba– no había rastros. En la BPP, en su archivo fotográfico, que atesora cientos de miles de fotos  (1.700.000 imágenes), no aparecía. Nadie dio razón de la existencia de la sede o, siquiera, de una foto.

Los muchos y afamados fotógrafos de la época, que revelaron miles de negativos de edificios, lugares, monumentos, personas, matrimonios… ¿nunca descubrieron que la cultura existía en Medellín, y que aquí –¡aldea privilegiada!, en un pequeño valle entre montañas, semejante a una cóncava vasija– se disfrutaba de la segunda biblioteca del mundo –después de la de Nueva Delhi– creada por la Unesco?

Algunos, de oídas –como el cronista de indias Juan de Castellanos– han afirmado, escrito y rubricado que la primera sede estuvo en el edificio de Bellas Artes (Calle 52 No. 42–37) (foto 4). Allí, hasta hace poco, enhiesto, en la terraza y agitando su osamenta de 10 a 20 tubos metálicos, posó un aviso propagandístico: Unesco. Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Por analogía, me recordaba a otros anuncios, con las mismas intenciones, como el del Confortativo Salomón, cercano a la iglesia de San Antonio, sitio donde siempre han transitado juntas las carreras Palacé y Junín.  ¡Qué ironía!: en la actualidad sí aparece el soporte gráfico del confortativo milagroso, presente y destacado, en una fotografía ubicada en un pasillo del segundo piso de la Torre de la memoria de la BPP (foto 3).

Otras personas, todavía más alejadas de la realidad, aseguran que la biblioteca estuvo en otro sitio, cerca de las carreras Sucre o Girardot.

¿Así serán todas las historias que nos han contado, si para ésta –con apenas 64 años de abierta su vetusta puerta de color café y unos 59 de cerrada– la BPP ya oficializó el olvido y aceptó una historia soportada en arenas movedizas?

Busqué la foto para un apéndice de un libro –que lleva años esperando ser finiquitado–  y, por casualidad, Daniel Ramírez, en ese entonces funcionario de la biblioteca, me suministró un recorte del periódico El Espectador que en una de sus páginas mostraba la –quizás– única evidencia visual que persiste de la desaparecida casa vieja (foto 1).

Mas no importa…, ahora hablemos de recuerdos gratos. Apuntalado en los testimonios de algunos amigos que también sorbieron lecturas en sus salones: Rodrigo Bohórquez, Jairo Trujillo (cuyo hermano Guillermo trabajaba allí), Oscar Machado y Álvaro pareja, tratamos de mezclar nuestros olvidos, latentes aún en las profundas raíces que guardan la alegría de la literatura sorbida en la niñez. De esa, nuestra estadía, allí, en distintos momentos, entre 1954 y 1960, logramos tejer un retazo –débil, pero extraordinario– de la sede primigenia de la BPP.

Entre ese quinteto de lejanos lectores recreamos la memoria gráfica: la imagen fresca de la casona amada, de puerta y ventanas arrodilladas de color café,  incrustadas en una fachada amarilla. Entrando a mano izquierda quedaba el salón infantil, que se recostaba contra una de las ventanas que miraba siempre hacia la calle 51 (Avenida la Playa); los corredores plenos de estanterías y de libros; los salones de lectura para grandes;  y atrás el sitio más preciado: la sala de la lúdica, en donde escuchábamos música brillante y jugábamos, con una imaginación desbordante y desbordada.

De las estanterías extrajimos los primeros libros: Sandokán, el tigre de la Malasia; la serie de Dick Turpín (El defensor, con capa roja y el caballo siempre a galope); los doce trabajos de Hércules y las creencias de los griegos, romanos, egipcios y asiáticos (La Ilíada, La Odisea, La Eneida, El Ramayana, Amón Ra, Las mil y una noches…). A mediodía y en las tardes, luego de las jornadas escolares, estábamos allí, presentes, en los salones de lectura o en la sala de la lúdica practicando el origami. Continuaba la jornada con los tesoros que llevábamos para entretenernos y soñar en nuestros cuartos, luego de los crepúsculos nocturnos.

Este relato pretende, como una analogía a la edad perdida de los griegos, reconstruir la historia olvidada de La Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina.

La sede actual inició funciones a principios de la década de los 60; y acaba de ser remodelada.

Quedan las fotos de referencia y redimida la sede inicial de la BPP: calle 51 No. 40 – (entre 150 a 200), tal vez donde hoy está el colegio militar José Manuel Ospina (foto 2). Y, como algo bastante paradójico, quedaba en una calle distinta a la de Bellas Artes, pues la avenida La Playa –al menos en esta parte– son dos calles diferentes: la 51 y la 52.

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