31 – Juan Manuel Roca

Vacaciones en saxofonia

Hace un par de años, con Andrea y Nicola y en camino terrestre de Bélgica a Italia, nos tropezamos con Dinant, una pequeña ciudad belga enclavada en medio de acantilados junto al río Mosa. Por allí (provincia de Namur), anduvo Henri Michaux y sobre todo, nació Adolphe Sax, el inventor del saxofón. Me impactó el culto que la ciudad le rinde en calles y parques a ese músico y fabulé entre realidades e intuiciones la ciudad de Saxofonia.

Juan Manuel Roca

Tras recorrer en la memoria un sitio ideal para vivir, mi mapa de viajero me conduce a muchos lugares visitados o por visitar. La mayor parte de las veces en que viajamos, en navidad o en otras vacaciones, resultan ser mejores los sitios que ofrecen lo que habitualmente no nos acompaña.

No voy a mencionar un sitio paradisíaco de mi país al que fui en pasadas vacaciones y del que tuve que huir por una sencilla razón: los timpanicidas. Los timpanicidas son esos seres que cuando no hacen ronronear sus motos, ponen la música, si así se puede llamar a ciertas cantatas para taladro y martillo, con un volumen que de manera ensorsedora no dejan un solo resquicio de silencio. Vivimos buena parte de nuestras vidas en una especie de “infierno musical”, en un planeta que podría llamarse Sordalia, y en ciudades ruidosas que suenan como la caída de un platillo en medio del silencio de un velorio.

Pues bien. Fui una vez a una ciudad belga llamada Dinant, donde nació Adolphe Sax, el creador del saxofón, y aunque iba de paso hacia Italia vi el culto que hay al señor Sax, un lutier que fabricó ese bello instrumento de viento y madera. Quizá porque era un domingo de navidad me resultó una pequeña ciudad asordinada donde los pies rastrillados de los caminantes se podían oir de forma mesurada. Agradecí ese pequeño recreo de silencio en el pequeño museo erigido al músico que le aportó un sonido más a la escena del jazz. Hay allí, en muchos parques y calles, esculturas de saxofones y un culto no a un guerrero o a un político sino a un hombre que murió en París en la más franca miseria, a un patriota del sonido enterrado en Montmartre sin fanfarrias. Nadie hizo un discurso en su entierro, pero me hubiera gustado estar allí para pedir un bis resurrecto por su vida.

Ese paseo transitorio por Dinant me hizo pensar en lo bueno que resultaría un lugar donde lo más destacable, más que el goce de una buena mesa y jugosas frutas de temporada, más que ríos bien lavados y cielos limpios, buenas calles y mejores parques, fuera una ciudad donde la buena música acompañara las horas.

Así imagino la ciudad de Saxofonia que quiero visitar en esta y otras navidades: ella limita con Timbalia, una ciudad de acentos percutivos pero que también carece de estridencias. Muchas de las escaleras de sus amplios edificios en lugar de peldaños tienen teclas de piano, de manera que se hace música al subir o bajar sus escalas musicales. Hay un amplio hospital donde antes del momento de hacer un diagnóstico, los camilleros que saben que no hay mejor prótesis que la música, interpretan una música sanadora dependiendo del estado del enfermo. En vez de suturas, pentagramas.

Saxofonia fue fundada un 9 de Atril, no de Abril, que según un poeta norteamericano “es el mes más cruel”. El arquitecto que hizo su alcaldía, antes de pensarla como un edificio de poder de simbología impenetrable, pensó que sus espacios gozaran de una perfecta acústica para escuchar la voz de los habitantes.

Al alcalde de Saxofonia lo eligen, no por su capacidad de mando como por su expesión corporal y el buen manejo de la batuta.

Los pocos guardias de la ciudad no llevan en el cinto una pistola o una macana, llevan una flauta de pico, los que tienen un menor rango militar, pero los oficiales portan con orgullo un lustroso clarinete. Desenfundan sus instrumentos cuando ocurre un choque de trenes o alguien vocifera la prensa. Lo hacen con la serenidad de un músico de Benarés cuando hipnotiza una cobra. Todo indica que estas anómalas y hasta cómicas muestras de autoridad dan buenos resultados pues la mayoría de las cárceles ahora son conservatorios o talleres de lutiers. Hasta las palabras han cambiado de sentido, como si bandoleros fueran los que tocan la bandola. Cuando alguien dice que un poeta delira se refiere a un bípedo, a un humano que simplemente toca la lira. Son tan musicales los saxofonios o habitantes de Saxofonia que cuando una pareja contrae matrimonio, se aceptan el uno al otro con un Sí bemol. Luego se miran con ojos bulliciosos.

Para fundar una ciudad de esta naturaleza silente en nuestro país, siempre regido por timpanicidas en serie, una ciudad silenciosa y a la vez musical, valdría la pena recordar que música quiere decir algo así como arte de musas. No será fácil convencer a sus autoridades de que no canten “a capella”, que oigan y vayan al unísono con otros intérpretes. Y que no suenen el esperpento del himno nacional. ¿Será mucho pedir que al menos haya en nuestras urbes unas demarcadas zonas de silencio?

Seré el primero en viajar a ellas.

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