31 – Silvia Ximera Álvarez

Mutiscua, Norte de Santander. Estudiante de quinto semestre de Derecho, Universidad de Medellín. Cuento ganador en el concurso RCN, grados 10 y 11, 2015. Asistente al taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto.

Encontrar un hermano

Cristina disfrutaba ayudando a mamá a tejer los diminutos escarpines y el mameluco para Marco, el bebé que toda la familia esperaba con ansias y que llegaría a llenar la casa de alegría. A Cristina le encantaba alcanzar la lana pues podía escoger los colores que iban a llevar los delicados pies de nuestro hermanito. Le fascinaba la combinación de muchos tonos. Quería que el niño vistiera muy alegre.

Yo esperaba mi turno de ayudar, sentada en la butaca de madera que mi abuelo me había regalado, siempre la acomodaba para que no se balanceara sobre el piso de ladrillo ya desgastado por los años, en el zaguán frente al jardín de geranios, rosas y claveles que mamá tanto cuidaba. A mí me gustaba ayudar a tejer la cobija de lana que cubriría el frágil cuerpo de Marquitos. A diferencia de mi hermana mayor, prefería la lana de tonos más oscuros y no me agradaba combinarlos demasiado.

A pesar de ser hermanas, tener un gran parecido físico y no llevarnos mucha diferencia de edad, chocábamos con nuestros gustos y formas de ser. Aunque hubiéramos crecido en el mismo ambiente, no podíamos acomodarnos a lo que en realidad era cada una. Los celos nacían entre nosotras, había ocasiones en que ella quería hacer las cosas mejor que yo, y a mí no me gustaba reconocer que por ser la mayor, ella era más fuerte.

Papá salía muy temprano hacia el trabajo. Antes de  abrir su pequeño negocio lo primero que hacía era agregarle detalles al mueble de Marco. Se la pasaba pensando como engalanar la repisa para su hijo varón y no veía la hora de tenerlo en sus brazos, de comérselo a besos, y de expresarle de mil maneras todo su amor. Cuando alguien preguntaba por su nuevo bebé, su corazón se ablandaba.

Al llegar la noche, nos reuníamos en la sala a contemplar el vientre de mamá. Estábamos tan emocionados que se nos pasaban las horas junto a ella. Llegaba media noche y éramos como esclavos supervisados por las estrellas que se alcanzaban a divisar desde la ventana que miraba a la calle. No me gustaba que Cristina quedara al lado de mamá, ella nunca me dejaba hablar con Marco.

Pasaban los días y las noches, la panza de mamá se hacía cada vez más grande. El sueño de la familia se iba hacer realidad. Habíamos aguardado mucho tiempo para que mamá quedara embarazada, siempre esperamos con ansia la noticia que fuera un niño. Y así fue. La felicidad de la familia se centraba en Marco, era nuestro centro de atención.

Ya faltaba poco tiempo para que Marco Antonio saliera del vientre de mamá, los días se nos hacían eternos. Cada día que pasaba, era uno menos para ver sus ojos.

Una de las últimas mañanas con Marquitos en la panza de mamá, estábamos tan felices desayunando y haciendo preguntas locas, sobre cómo sería el bebé. En ese momento tuvimos una fuerte discusión con Cristina. Al escuchar la voz dulce y a la vez enfadada de mamá dirigimos las miradas hacia la cocina donde ella estaba parada, frente al hueco que tapaba una cortina casi transparente ya acoquillada por la humedad. Tenía la mirada perdida, sus ojos mostraban tristeza y sus mejillas un aspecto paliducho. La ignorancia de nuestra infancia no vio más allá de la actitud molesta de mamá.

Al terminar el desayuno, sin cruzar más palabras con Cristina, nos fuimos para la escuela, cada una por una acera distinta. En la escuela siempre era como si no nos conociéramos, era como si tuviéramos  una familia diferente, ninguna tenía la confianza para pedirle algún favor a la otra.

Al llegar esa tarde a casa, busqué a mamá de inmediato, no veía la hora de saludar a Marquitos. La encontré en su habitación, estaba acostada e igual que en la mañana su mirada seguía pérdida y afligida. Le pregunté si estaba bien, y a pesar de que su respuesta fue positiva, pasó por mi corazón un presentimiento. Se veía más triste y no me contó la razón. Ya no escuchábamos sino el silencio, que en pocos días se adueñó de todos.

Era extraño encontrar a mamá descansando, ella nunca lo hacía. Al contrario, parecía una hormiguita y aunque tuviera problemas, los sabía ocultar muy bien, para no preocuparnos, pero esta vez fue inevitable: la melancolía fue más fuerte que ella.

Se hizo de noche y al despedirnos de Marco como las noches anteriores en la sala, nos fuimos a dormir. Compartíamos la misma habitación. Todas nuestras cosas estaban separadas por signos, señalando lo que pertenecía a cada una, era prohibido tocar los objetos de la otra, y aún más, dejar algo sobre la parte contraria.

 Sin hablarnos todavía, apagamos la luz y supongo que pronto nos quedamos dormidas. No habían pasado más de cuatro horas cuando en medio del silencio, escuchamos partir el viejo Renault 9. Asustadas nos levantamos y ya estábamos solas. Mamá y papá se habían ido sin avisar.  Ya no podíamos conciliar el sueño, eran como pesadillas reales, mi mente imaginaba mil cosas.

Al llegar la mañana el teléfono sonó más duro que nunca, Cristina corrió a contestar y era papá. Me senté en la grada de piedra que conducían a la cocina y envuelta en mi cobija térmica de piolín, esperé que le diera alguna noticia. Por el rostro de mi hermana supe que la voz de papá se había apagado. Un suspiro interrumpió el misterio y, con voz entrecortada, habló. Todo se había acabado, ya no había esperanza de nada.

Las lágrimas brotaron de nuestros ojos y sin nada más que hacer, Cristina soltó el teléfono y me abrazó. Me estrechó tan fuerte que en ese momento sentí que me amaba, sentí que no estaba sola. No pasó mucho tiempo para que empezara a llover y el frio entró en toda la casa. Duramos largo rato abrazadas, llorando desconsoladamente, esperando que fuera una más de nuestras pesadillas, pero no lo fue. En realidad Marco, el bebé de nuestros sueños ya no estaba, había dejado de existir en esa noche, había desaparecido.

El dolor de la ausencia de Marco lo compartimos todos, pero nunca me había sentido tan cerca de Cristina, no había podido conocerla realmente.

 La noche siguiente, bajo la estrella más brillante del cielo, se hizo mágica. Cristina me abrazó, y era como si Marco estuviera ahí. Nos miramos. Habíamos perdido el hermano tan esperado pero en ese instante descubrimos que contábamos con una hermana.

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