31 – Wilmar Jaramillo Velásquez

Crónicas del Camino

Las gambetas de Adalberto Vanegas por los jóvenes

Tenía una cita con Adalberto Vanegas López en una cancha del barrio Monte Carlo de Chigorodó. Llegó veinte minutos tarde, pues su destartalada bicicleta lo abandonó a su suerte en la mitad del camino y debió cruzar a pie el pueblo de norte a sur, para poder llegar.


Adalberto Vanegas López

Adalberto venía del colegio Juan Evangelista Berrío donde desarrolla su jornada laboral como responsable del aseo de los baños, a cumplir con el entrenamiento de sus muchachos del Club de Fútbol Van Van.

Adalberto es tal vez el hombre más popular de Chigorodó, reconocido por padres de familia, por deportistas, por los alcaldes y paradójicamente también el más olvidado, ninguna autoridad local, ni regional, ni la empresa privada, han entendido el valor que este hombre encierra para la formación de la juventud, o como él mismo afirma: “Mi labor consiste en trabajar para hacer mejores personas, buenos ciudadanos”.

Adalberto nació en Cáceres Antioquia hace seis décadas, pero llegó de niño a Apartadó donde estudió hasta quinto año de bachillerato; allí se formó como deportista íntegro, perteneció simultáneamente a las selecciones de voleibol, fútbol y baloncesto, diez años como titular en las tres disciplinas, diez años como el mejor delantero y cinco años invencible como el goleador de la Selección de Fútbol de este municipio.

“No llegué al fútbol profesional por falta de apoyo para instalarme en Medellín, hoy puedo decir que soy un futbolista frustrado”, dice bajo una mirada nostálgica.

De niño prácticamente fue expulsado de su tierra, tras el asesinado de su padre. Llegó a Urabá, donde se acabó de criar y aprendió el arte de la supervivencia, pero también de la verdadera solidaridad, dar sin esperar recompensa alguna y eso es lo que lo hace grande, lo que hace brillar su obra con todo el esplendor.


Construyendo futuro con la juventud

Adalberto lleva 28 años radicado en Chigorodó, donde fue trabajador bananero, administrador de fincas, aprendió todas las labores de este oficio. Hoy tiene 60 años, aunque su vida de deportista lo hace aparentar muchos menos.

Desde hace diez años comenzó su Club Deportivo Van Van. Hoy alberga 85 niños, entre los cinco y los catorce años; la mayoría no tiene ni para pagar los veinte mil pesos de mensualidad, pero para él es igual, algunos ni siquiera tienen zapatos para entrenar, y eso sí lo mortifica: “A veces lloro en solitario, al ver cómo en Urabá hay plata para tantas cosas y no para apoyar a estos muchachos”, dice en medio de la frustración y la impotencia.

Su trabajo con jóvenes en riesgo es otra triste historia, pero con final feliz. Comenzó buscando sacar a uno de sus hijos que había caído en las pandillas y la drogadicción y se encontró con el enorme problema que hoy azota el eje bananero; fuera de haber salvado a su hijo, trabaja con trescientos muchachos, con grupos de veinte y treinta, las administraciones locales lo han apoyado con psicólogos, trabajo social y desde la Secretaría de Educación.


El profe  se toma muy en serio su trabajo

Adalberto les hace seguimiento a estos muchachos y se alegra que 37 de ellos sean obreros bananeros, electricistas y hasta árbitros de fútbol. En los últimos días trabaja con ciento cincuenta jóvenes en riesgo, los guía con el deporte, charlas, mucha pedagogía. Y eso lo hace feliz.

También tiene un grupo de 43 mujeres futbolistas, entre los 14 y los 35 años; a 14 de ellas que habían abandonado sus estudios las encaminó de nuevo por las aulas escolares.

Adalberto es padre de doce hijos, como para formar su propio equipo de fútbol, diez hombres y dos mujeres. Su puntal fundamental en esta lucha desigual, es su mujer, Luz Amparo Ramos Barrio, quien fue titular por diez años de la Selección de Voleibol de Chigorodó, como quien dice, de tal palo tal astilla.


Las damas se han ganado su espacio

La rutina de este filántropo criollo la divide entre las escobas y las traperas en los baños del colegio Juan Evangelista Berrío, donde su rector Libardo Márquez le permite que modifique sus horarios para que se pueda adaptar al entrenamiento de los muchachos, tanto en la jornada de la mañana, como de la tarde. Por eso es común verlo a las ocho de la noche terminando su jornada en esta institución, luego de trabajar con sus jóvenes.


“Preparo jóvenes para ser mejores ciudadanos”

La tarea no ha sido fácil, pero ochocientos jóvenes han pasado por sus manos generosas y son mejores personas. La gran satisfacción de Adalberto es el pago moral y espiritual que recibe por sus aportes a la sociedad.

“La impotencia me ataca cuando veo que unos niños no pueden ir a un torneo a Apartadó, simplemente porque no tienen un pasaje. Hoy, por ejemplo, tengo cinco niños sin zapatos, y eso me mortifica”.

Adalberto Vanegas López ha tocado muchas puertas, pero muy pocas se abren, él mismo vive de un salario mínimo como obrero de una empresa de aseo y le es casi imposible multiplicarlo más, hacer más milagros.

Así, mientras en Urabá los jóvenes se ahogan en la violencia, las cruces aumentan en los cementerios, las madres lloran desconsoladas ante la impotencia de la muerte impune. Este hombre, de una condición humana inigualable, de una resistencia y temple de acero, sigue tocando puertas, presentando proyectos en busca de soluciones.

Su balance no puede ser mejor, son unos ochocientos muchachos arrebatados a la muerte, guiados por otros senderos menos escabrosos, unos estudiando, otros practicando deportes, otros ya trabajando en puestos dignos de empleo, y eso sí le produce una satisfacción enorme.

“Mi mejor regalo es cuando encuentro a una madre de familia, a un profesor, a un amigo y me reconoce, me agradece por lo poco o mucho que he podido hacer por esos muchachos. Esa es mi mejor paga”, cuenta con algo de júbilo en sus expresiones.


Su mujer Luz Amparo Ramos Barrio (en primer plano), fue titular por diez años de la Selección de Voleibol de Chigorodó.

En la medida que avanza el diálogo con Adalberto Vanegas López su rostro va cambiando de la tristeza a la alegría, de acuerdo con cada pasaje de su relato, con cada episodio de esta última década rescatando muchachos de las drogas, de las pandillas, o simplemente poniendo una barrera con el deporte para que otros no crucen esa peligrosa línea.

Por ejemplo, cuando dice que es el único que llena con sus torneos el estadio del barrio El Prado, no puede ocultar su sonrisa, su satisfacción. “Se llaman Torneos de los valores, y se convierten en una integración entre familias, vecinos y amigos, en días inolvidables”, cuenta.

Pero cuando recuerda la década en que más muchachos fueron reclutados por los grupos armados, entonces su rostro se apaga y las palabras no le fluyen, porque conoce el fin de muchos de estos jóvenes.

Es ésta una breve historia de uno de los hombres más importantes del eje bananero, colmado de una humildad, una paciencia sin límites, un don de gentes envidiable, que hoy pasa sus días entre la rutina de lavar los baños del colegio Juan Evangelista Berrío y salvar muchachos de la guerra, la droga, de la muerte.

Al final, y cuando la tarde calurosa de marzo cae estrepitosamente, cuando el sol se esconde raudo por entre la majestuosa serranía de Abibe, la prolongada sequía le ha convertido la cancha prestada en un polvero infernal, que quisiera tragarse a sus muchachos, Adalberto Vanegas López lo ve como una gambeta más en su vida y nos dice:

“Seguiré cumpliendo con esta tarea hasta el último día de mi existencia, sin esperar que alguien me pague o me reconozca; simplemente que apoyen a estos jóvenes. Tampoco busco figurar ni formar futbolistas para los grandes clubes; con sacarlos de sus problemas o evitar que lleguen a ellos, para mí es más que suficiente”.

Chigorodó Antioquia – Canchas del barrio Monte Carlo. Abril de 2019.

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