32 – Crónica de Luis Tejada

Desconocidos

Voces, la dinámica revista que dirige Hipólito Pereira en Barranquilla, acaba de dedicar un número a la juventud antioqueña. Allí, al pie de diversos ensayos, poesías, apuntes, están los nombres de León de Greiff, Aurelio Peláez, Eduardo Vasco, Carlos Mejía, Juan Yanos, Javier de Lis y otras juveniles intelectualidades que son promesas; hay también algunas plumas robustas y menos desconocidas, como las de Abel Marín y Libardo López, vimos algo de Farina, de Abel Farina, el poeta simbolista, extraño y hundido en la penumbra de la impopularidad; faltan muchos, entre los nuevos: Luis Bernal, Fernando González, Ramón E. Arango, Jaramillo Medina, de quien dijera Tomás Márquez que es el poeta del porvenir, y otros.

En verdad, merece un elogio la iniciativa de Voces. Ella ha dicho que es una corneta; ¿y no es eso lo que necesitamos hoy, cornetas sonoras que griten a los cuatro vientos lo que exista de bueno, de malo, de característico dentro de la Patria? Inútil será decir, porque es bien sabido, que nos desconocemos perfectamente unos a otros. Aquí, en Bogotá, existe un cenáculo de intelectuales que se citan y elogian mutuamente, que saben algo de Francia, poco de España, casi nada de América y nada absolutamente de Colombia. Nadie había dado, hasta hoy, el primer paso para iniciar un intercambio espiritual entre aquellos pedazos de la patria que están separados por abismos de incomprensión, de indiferencia.

Allí está el mérito de la revista de Barranquilla. Voces, curiosa e insaciable, ha querido desnudar el alma adusta y recóndita de Antioquia. ¿Qué sabemos de Antioquia, de sus hombres? Que es un pueblo donde se come arepa y se toma peto, que sus hijos son rudos y trabajadores.

Murió hace poco Francisco Rendón[1] y todos los que comentamos a Alberto Samain y leemos a Paul Fort no dijimos una palabra de él, porque no la sabíamos. Nadie conoce la robusta y originalísima personalidad de Efe Gómez, Gabriel Latorre, Alfonso Castro, Antonio J. Cano, Gaspar Chaverra, Saturnino Restrepo; son nombres extraños a nuestros oídos. Tomás Carrasquilla vive hace muchos años en Bogotá. ¿Quién ha leído a Tomás Carrasquilla? Hoy no gusta la literatura regional. Sin embargo, estamos acordes con lo que dice recientemente Ramón Vinyes y que es esto, más o menos: Tomás Carrasquilla, a fuerza de ser regional llega a la universalidad. Hay muchos, en cambio, que a pesar de una pretendida universalidad no llegan a ser ni regionales.

A Tomás Carrasquilla, que, en nuestro concepto humilde, es uno de los primeros novelistas de América (allí está Salve Regina que no nos dejará mentir) no se le ha hecho un mínimo comentario en pro o en contra de su obra, no se ha examinado si es un valor negativo o positivo en la literatura nacional.

Sin embargo, hay que confesar que un pueblo se conoce y se comprende a través de sus libros, de sus folletos, de su prensa, porque prensa, folletos, libros, son la historia, el proceso de su vida verdadera, íntima, cotidiana, el reflejo de su carácter, de su alma.

Tal vez, en otra época había menos indiferencia, se comentaba más lo propio, se hacía un poco de crítica. Por eso, sin duda, éramos más conocidos en otras partes.

El Espectador, “Día a día”, Bogotá, 20 de mayo de 1918.


[1] Francisco de Paula Rendón (1855-1917), escritor antioqueño, autor de relatos costumbristas.

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