32 – Jairo Trujillo

Pasajes de la vida de José Felipe (Epílogo)

Jairo Trujillo M.

José Felipe cuenta sus historias. Las fui dando a conocer con cierta regularidad. El propósito es reunirlas todas en un solo volumen.

Mucha gente ha vivido experiencias similares y se pierden en el olvido. Trataré de recoger algunas de ellas en estas narraciones para que se recuerden de alguna manera.

No tienen un orden cronológico, pues la vida no es una sucesión de hechos ordenados y planificados. Y menos la de José Felipe.

La primera parte puede leerse aquí.

La segunda parte puede leerse aquí.

La tercera parte puede leerse aquí.

La cuarta parte puede leerse aquí.

La quinta parte puede leerse aquí.

La sexta parte puede leerse aquí.

La séptima puede leerse aquí.

He aquí el epílogo:

Septiembre de 2019

Epílogo

Cuarenta años después de los acontecimientos aquí relatados, estoy con uno de mis nietos que está en la preadolescencia. Él es hijo de mi hijo que nació en la selva y cuyo nacimiento lo cuento en el primer capítulo. Un poco menor que mi nieto, yo me embarqué en un viaje de sueños, de ilusiones y de realidades y fantasías, con miras a transformar el mundo. Un sueño que millones y millones de seres abrazaron.

Curiosamente hace pocos años mi nieta, que ya es adulta, me pidió que grabáramos las peripecias de mi vida. Grabamos varias horas.

‒Abuelo, couéntame una de esas historias tuyas que tanto me gustan ‒me dice mi nieto en varias ocasiones que me visita.

El niño me mira a los ojos y se pone atento, con sus manos apoyadas en la barbilla abraza su cara. Y me dice:

‒¿Entonces cómo fue eso de que mi papá nació en una selva?

‒A ver, hijo. Hace más de cuarenta años llegamos a Urrao, un lindo municipio del Suroeste antioqueño. Un pueblo grande y plano, con muchos barrios y ahora con buses urbanos. En aquella época el territorio de ese municipio era el más grande de Antioquia, con 3.500 kilómetros cuadrados. Con todos los climas, desde el páramo hasta las selvas que se extendían junto al río Atrato, en lo que hoy es Vigía del Fuerte, que era uno de sus corregimientos. Nosotros nos fuimos a vivir a esos montes que la gente llamaba El Chocó, porque sus costumbres y parte de sus habitantes se parecen a las de ese departamento.

Arriba del pueblo hay varios valles y vallecitos. El principal es el del río Pendererisco. Es una llanura larga, muy larga, atravesada de sur a norte por ese río, que nace en un cerro llamado El Plateado, en límites con Salgar. Allí también nace el río Atrato, pero éste arranca hacia el Chocó y va a desembocar en el golfo de Urabá. A medida que el Penderisco va bajando suavemente, desde pequeños valles van cayendo ríos y quebradas muy bonitas: San Carlos, Santa Isabel, Pavón, la San José y otras. Y unos cuantos kilómetros antes de descolgarse por un estrecho cañón, está el casco urbano. Y antes de que el río empiece a bajar, se descuelga por la derecha el río Urrao, por otro valle hermosísimo por donde está la vereda el Chuscal. Por ahí está la carretera hacia Caicedo. En el ángulo que forman el Penderisco y el río Urrao, muy allá, está el Páramo de Sol, al que algunos llaman Páramo de Frontino.

Cuando llegamos a Urrao en 1978, tu papá no había nacido. Veníamos de una región seca, polvorienta, muy poblada, con algunos cultivos de café, donde habíamos vivido varios años. Era la región de Altamira. Éste es un corregimiento de Betulia, pero La Choclina, donde vivíamos, pertenece a Anzá, que está en la cuenca del Cauca. A esta región llegamos después de mi despido de Sofasa en 1975. Y a Sofasa había llegado de Santo Domingo, la tierra de Tomás Carrasquilla. Y allí, del Valle y del Huila… y sigo, tendría que hablar de San Pedro de los Milagros, del Caquetá y el Huila otra vez y de Bogotá…

Por eso me gusta mucho una canción que en Colombia se canta así:

Mi alma que vive errante y soñadora,
que sigue en pos de una ilusión lejana…

Y que, en México, como bambuco yucateco, la cantan un poco diferente.

En todas partes adonde llegábamos vivíamos, comíamos y trabajábamos como la gente de la región. Por eso pronto nos integrábamos con la población. Nos consideraban como si fuéramos de su familia. Ya te conté cómo en una ocasión en Altamira un viejo campesino recogió en un día de mercando una buena cantidad de plata para llevar a tu abuela a operarla en Medellín. Y en Urrao todos los que iban a hacernos la visita o cuando íbamos adonde ellos, nos daban maíz, plátano y yuca, y me entregaron un cañaduzal para sacar la panela del gasto. O la hija de María Antonia la del río que se iba conmigo a echar la atarraya y a pescar para nosotros. Y cuando tenía que viajar, mandaban a alguien a acompañarlos o se los llevaban a todos para sus casas. Sin lujos ni ostentaciones, jamás aguantamos hambre.

La gente humilde, cuando quiere, se entrega en cuerpo y alma. Lo hace de todo corazón. No importa el tiempo y la distancia. Y también, cuando odia, en ocasiones lo hace en forma despiadada y sanguinaria. Hace poco regresé a Urrao y volví a encontrarme con Pedro Pequeño y me recibió con el mismo cariño de siempre. Y estuve con las hijas de mi amigo el obrero carretero desaparecido en el 2000 y me sentí mejor que en mi casa. Y del Caquetá me llaman continuamente los campesinos con los que compartí tantas cosas que te he contado. Y en ese mismo viaje me enteré de que a un viejo amigo de Caicedo, dirigente campesino de la Anuc de los años 70, lo mandó matar su propio hermano por líos de tierra. Un sicario llegó a una vereda de Urrao, se bajó de la moto y mató a un “vendedor de vicio”. Inmediatamente un habitante del sector sacó el machete y le voló la cabeza de un tajo; el resto de las personas que estaban allí se abalanzaron sobre el tronco del cadáver y lo picaron y cortaron como pudieron.

Es que tanta violencia generada por factores y personas extrañas a las regiones han creado una cultura y unas costumbres de intolerancia tan severas que cualquier conflicto personal, por simple que sea, algunos lo resuelven de manera violenta. Pasada la llamada época de La Violencia de los años 50, por muchos de esos campos del Suroeste abundaban las cruces en los caminos, señalando los muertos que habían caído “horqueteados”, es decir, abaleados por una escopeta apoyada en una horqueta.

Después de casarme y tener a mis hijos, en esos años de la década del 70 siempre anduve con mi familia para donde fuera yo. Me sentía muy bien con los míos, los disfrutaba al máximo y ellos se integraron muy bien con el ambiente y con la gente que nos rodeaba. Éramos uña y mugre, como dicen, porque no nos diferenciábamos de la gente. Vivíamos como la mayoría. Y las veces que he vuelto a verme con algunos de ellos ‒pues muchos ya murieron de viejos, a otros los mataron o desplazaron, y muchos simplemente ya no están o no los he podido encontrar‒ me han acogido como si yo fuera de su familia. Me llaman con frecuencia desde la lejana Caquetá o desde Bogotá, Boyacá o el Putumayo, o desde Europa o los Estados Unidos, o cuando he ido a visitarlos me abrazan y me cuentan sus intimidades. Son realmente mi familia, la gente del alma mía. También ellos soñaron conmigo. También ellos quisieran ver la luz algún día. La realidad es dura y hay que seguir adelante, pase lo que pase.

Años después de salir de Urrao, llegaron a toda esa región del Suroeste los potros de bárbaros Atilas, esos heraldos negros que manda la muerte y cubrieron de rojo los campos y los ríos, robaron sus tierras, arrojaron a sus habitantes a la incertidumbre y se disputaron el control del territorio. Bien fueran los dos grupos rivales que usaban botas pantaneras de caucho o quienes usaban botas de cuero y helicópteros, todos a cual más cometieron atrocidades y ya no se pudo volver a pescar de noche.

‒Abuelo, no te pongas triste. Mira que es muy bonito que tengas buenos recuerdos de tus amigos y que tanto tiempo después ellos te sigan queriendo. Cuéntame cosas bonitas.

‒Está bien. Pues ahora que volví me encontré una región pujante, llena de vida. Por todas partes cultivos nuevos de aguacate, lulo, tomate, curuba, hortalizas… La gente feliz de que varios de los alzados en armas hubieran entendido que la reconciliación y las vías violentas no son la solución. Estuve en una zona de Pavón donde ya se puede salir de noche y de hecho así lo hicimos.

Pero no faltan los nostálgicos de la guerra: desde las altas esferas se oyen gritos de un energúmeno que prefiere “ochenta veces al guerrillero en armas” que a uno haciendo política desarmado. Hace poco un grupo de individuos de botas de caucho y armados llegó a la vereda donde nació mi hijo a reclamar que ahora esa región les pertenece a ellos. “Lo único que les decimos ‒interrumpió un dirigente campesino de la región‒ es que lo que nosotros queremos es vivir tranquilos y en paz, no queremos más muertos.” El grupo se retiró.

‒Bueno, abuelo ‒volvió a tomar la palabra el niño‒. ¿Cómo fue el nacimiento de mi papá? Me dicen que nació en un tambo…

Entonces saqué un relato que había terminado el día anterior y que nadie conocía. Quería una opinión y qué mejor crítico literario que el hijo de uno de los protagonistas de esa historia. Lentamente le leí Bruñó los recios nubarrones pardos, que es el primer relato de este libro. El título lo saqué de un poema titulado La nacencia, del español Luis Chamizo. Se quedó callado y pensativo. Me hizo un par de observaciones que las tomé en cuenta.

Al mismo tiempo, mi nieta en el exterior seguía atenta los relatos. Los primeros en conocer mis historias escritas eran mis nietos y mis hijos.

Tantos años después de aquellos acontecimientos aquí narrados, el mundo y mi país no son los mismos. Con todo lo que ha ocurrido, los ires y venires que se han sucedido, la puja entre la luz y la oscuridad continúa, entre el mañana y el ayer. Siempre ha sido así y en el futuro será igual. No hay una línea recta ascendente o descendente. Todo se da en zigzags, en péndulos, en subidas y bajadas. A veces se aprende, a veces se repiten los malos pasos, en unos lugares se avanza y en otros se vuelve a la oscuridad del pasado, como ocurre en esta martirizada patria mía. Y en ocasiones el monstruo que crean las fuerzas del pasado devora a sus mismos patrocinadores.

Nuestro país sigue aferrado a un conflicto por la tierra, no para ponerla a producir sino para ostentar el poder de tenerla, como si aún viviéramos en la Colonia. Somos un país urbano, con una mentalidad colonial. Como ya no existen los títulos nobiliarios, hay quienes ostentan o se inventan títulos de doctor, magister y otros y sigue el don o el horrible patrón como rezago del pasado. Somos borregos de unos capataces de finca, crueles y despiadados, que se arrodillan frente al amo del Norte y azotan a los de abajo con el látigo de púas o los ametrallan y pisotean como hormigas. Hacemos intentos por modernizarnos, logramos algunos avances, pero salen los de arriba y nos vuelven a tirar hacia el pasado y no dejan que se aplique la frase del himno nacional: que cese la horrible noche.

Y como si fuera poco, el país se ha convertido en un narcoestado, corrupto y sediento de sangre, que estimula nuevamente la guerra y sueña con enfrentarse militarmente a un país vecino y hermano. Por todo el territorio nacional, en las grandes ciudades, en los pueblos y en los campos las bandas que llaman de microtráfico los ilegales tienen permeada toda la economía y la vida de la población. Esa enorme red de delincuentes y de muerte, que tiene enredado a buena parte de la población de todos los estratos, es la base social de los políticos que gobiernan a nuestro país desde que empezó este siglo. La economía es artificial y salida de lo normal, pero logra crear una sensación de bienestar transitorio y anormal. Es un país donde la ceguera que describiera Saramago se ha vuelto una epidemia nacional. ¡Cuándo será que ese otro país que sueña con el progreso, con el mañana, con la modernidad y con la luz se hará sentir y cambiar el panorama!

Pues bien, fue por mis nietos que nació la idea de este libro y de otros que espero tener tiempo para escribir.

Y regresando a la charla con el niño, éste vuelve a intervenir:

‒¿Y qué hacías por en esas tierras tan lejanas? ¿Por qué te llevaste a mi abuela y a mis tíos tan chiquitos? ¿Por qué mi papá nació por allá?

‒Porque soñábamos y queríamos que el sol saliera para todos. Porque en este mundo la oscuridad es para la mayoría y sólo unos pocos disfrutan de la luz. Y desde que me casé y estuvimos juntos, tu abuela siempre anduvo a mi lado y los hijos siempre iban con nosotros como los pollitos detrás de su madre. Porque mi familia siempre ha sido parte de mi vida. Fue una generación que pensaba en un cambio y actuaba como pensaba.

Nada de eso fue en vano. De nada de lo que he hecho me arrepiento.

Septiembre de 2019.

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