32 – Janet Helena Henao Lopera

Janet Helena Henao Lopera nació enYarumal, Antioquia. Tecnóloga en Sistematización de Datos, Politécnico “Jaime Isaza Cadavid”. Asistente al Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto.

Cuento publicado en la colección Líneas cruzadas (cuentos)
Hilo de plata editores

Las letras de Inri

La mudanza de la familia Mazacote Ocanga fue todo un acontecimiento en Chorro Bendito. La algarabía en las calles rompió la tradición de des-aconteceres y el tedio tuvo un perfume diferente. No así la “jaula” de don Ulpiano Conú, cuyo agrio olor remembraba adioses y predecía despedidas. Era el único transporte de los chorrobenditeños, cuando las distancias superaban el tope mínimo de cien cuadras. Para las otras, las menores de diez kilómetros, las carretas de Cleto Riero eran las propias, pues la lentitud de sus mulas, tan viejas como el polvo, marchaba acompasada con la vida misma del villorrio. Los vecinos, arremolinados alrededor de la “jaula”, presenciaban los detalles del trasteo. El cura párroco, erguido en su dignidad de 1.80 metros y apoyado sobre los hombros de Querubín, el sacristán, observaba, desde su sitio de honor, los pormenores del suceso, aprovechando la coyuntura para entregar el programa de la Semana Santa, impreso en la máquina de escribir del despacho parroquial, que estaba más vieja que las mulas de Cleto y cuya letra S había comenzado la marcha fúnebre del abecedario —empezó a borrarse en la tecla, luego el tipo se aplanó, hasta que perdió por completo su identidad. Pasó entonces a formar parte del mausoleo de las eses, mayúsculas y minúsculas (muertas sonaban igual)—. No olviden, hijos míos, que Dios los está esperando. El próximo domingo comienza la Semana Mayor y es deber de todos asistir a los actos litúrgicos. Arengó el cura.

Domingo de Ramo :  solemne celebración eucarística. Conmemoración de la entrada triunfal de Jesús  en Jerusalén. Lectura de la pasión,  según  san Lucas.

Así rezaba el primer numeral del programa que, en voz alta, parecía ser leído por boquinos, aunque todos lo hacían con natural desenfado, pues ya sabían de la muerte lenta de las letras parroquiales. Pero la atención seguía fija en la “jaula” de Ulpiano Conú y en la casa Mazacote Ocanga. Vieron salir los muebles de la sala: cuatro sillas redondas forradas con cuerdas amarillas de vinilo y cuyo esqueleto de hierro había soportado los rumbosos traseros de tres generaciones Ocanga; los ochenta centímetros de diámetro no fueron por azar, sino por disposición de don Severo Ocanga, el abuelo de Candelaria, quien enterró su corazón entre las enormes nalgas de Edicta Bambara, la primera vez que la vio caminar por la plaza; la conexión fue tan precisa que, en adelante, ella caminó “pumpumes” y en él latieron meneos.

Candelaria Ocanga es la esposa de Inri de la Cruz Mazacote y la madre de Cruz del Cristo e Inriana. A sus 63 años, no conoce más transporte que las mulas de Cleto. Es la primera vez que requiere los servicios de don Ulpiano Conú. Las fibras de sus enormes glúteos se vuelven sopa al ver salir las sillas del abuelo; su alegría se destiñe con el amarillo de las cuerdas que se van opacando entre las fauces enormes del hediondo camión. Inri y Cruz del Cristo las apilan al fondo, una sobre otra, como preparándolas para la nueva realidad de escasos 3 metros cuadrados que las espera —una antesala al cementerio—. Los muebles del comedor: una mesa cuadrada de tablón de ébano, cuatro taburetes del mismo material y un estante para guardar la vajilla salen desnudos por la puerta de la casa, pues la oscuridad de la madera se escabulló hacia el monte. La familia Mazacote Ocanga tendrá que adoptar otra manera de comer, con las piernas muy juntas y bien pegados a la mesa. Sólo con la justedad para sentarse. Las charlas en las comidas, el algo en las tardes y el jugo a la media mañana serán reducidos a su más mínima expresión, hasta que desaparezcan, como las letras del abecedario parroquial.

Inri de la Cruz Mazacote, el esposo de Candelaria, cumplirá 72 años el mes próximo. La última vez que estuvo en la ciudad fue cuando su hijo se presentó al ejército. De eso hace ya 27 años. Por fortuna, y gracias a una hiperlordosis lumbar, Cruz no resultó apto y pudo conseguir la libreta militar sin contratiempos. Ahora, Inriana, la otra hija de Inri, acaba de enviudar y requiere con urgencia el apoyo de la familia. Había resultado muy apta para procrear y no pudo evadir el servicio maternal. La pobre está sola con sus cuatro hijos —el menor de ellos con un defecto congénito que lo obliga a estar en tratamiento médico especializado—. Esta vez, la jaula de don Ulpiano los llevará sólo de ida, pues, para cuando sus nietos crezcan —el mayor tiene 6 años— ningún optimismo alcanzará para retornarlos vivos a Chorro Bendito. La esperanza, que sólo se transporta en las mulas de Cleto, se queda colgada en el portallaves junto a la puerta, abriendo de vez en cuando una ventana a la nostalgia, para mirar sus propias cenizas diciendo adiós con las manos de humo de un horno crematorio citadino.

La cama matrimonial Mazacote Ocanga también se queda. Fue imposible desarmar sus largueros; los tornillos, las tuercas y las arandelas se fundieron en una sola pieza; los orificios se sellaron y 46 años de amor y de pasión desfogados sobre sus maderas se encapsularon junto con las maromas de circo y los gemidos de entrambos. Aquí se queda mi hombría —pensó Inri, quien se jactaba aún de su potencia descomunal—. La fama de arrecho insaciable había comenzado con los curiosos ejercicios de estimulación que su madre le hizo, cuando estaba pequeño, para que nunca pasara la vergüenza de no responder como un verdadero macho: todas las mañanas, después del baño, Celestina Mazacote embadurnaba con sebo el pene de Inri y lo estiraba veintisiete veces, mientras que iba recitando el alfabeto, para que el niño lo aprendiera bien, antes de entrar a la escuela. El ritual duró hasta que él cumplió 7 años. Como resultado, el pene de Inri se convirtió en una larga tira de carne que, en su infantil estado, colgaba libre y serena entre las bermudas de algodón, en ocasiones superando el ruedo que se hallaba a la altura de las rodillas. Inri se aprendió el abecedario en todas sus combinaciones y una curiosa relación comenzó a gestarse en su temperamento; pero no fue descubierta sino hasta que las hormonas endemoniaron su adolescencia.

Celestina Mazacote, la mamá de Inri, fue la primera madre soltera de Chorro Bendito. Del responsable del título, aún se especula. Para entonces, muchos rumores corrieron por las cocinas del pueblo. En la de la casa cural se alcanzó a guisar una excomunión, en prédica escrita a máquina y con todas las letras vivas. En ella se conminaba a la susodicha a no dejarse ver en el templo, so pena de ser “pulpiteada” y sometida al escarnio. Celestina decidió sentarse todos los días, media hora antes de cada misa, bajo el frondoso níspero de la plaza, haciendo de su embarazo una visión obligada para feligreses, cura y sacristán. Fueron seis meses de espera productiva, entre las elucubraciones de una mujer preñada y las bajezas de la “infalibilidad” ajena. El segundo domingo de mayo, a las 8:40 de la mañana, las raíces del níspero se estremecieron bajo una fuente de agua tibia, mientras que los dolores del parto gritaron bajo sus ramas; el templo prestó su eco y los parroquianos se apiñaron alrededor de la parturienta, afanosos de presenciar el final de una película que habían estado viendo por entregas diarias, durante veinticinco semanas. El parto se sucedió y la misa de 9 de la mañana no tuvo cura; murió sin comenzar con el réquiem llorado por un niño de tres minutos de edad. Doña Nemesia, la partera, cortó el cordón y, después de envolver a la creatura en su chal color mugre, embutió en la pequeña boca del nacido uno de los enormes senos de Celestina que ya suplicaban por ser vaciados. El cura y el sacristán no tuvieron más remedio que ceder a la presión del público y bautizar al recién nacido, no sin antes protestar por el nombre “blasfemo” que la madre había escogido para su hijo. Se llamará Inri de la Cruz Mazacote —dijo Celestina— ¡Pero mujer… ese no es un nombre, es un título que sólo puede llevarlo nuestro Señor Jesucristo! —replicó el cura—. Ella insistió, con el mejor de los argumentos: vea, curita. En ninguna parte está escrito que ese nombre sólo lo pueda llevar Jesús; además, a Él nadie le dice Inri. Así es que, o bautiza a mi muchacho como yo quiero o se devuelve para su púlpito a predicar el gran amor de Dios por todos sus hijos. Una hora más tarde, la máquina del despacho parroquial, con la letra ese apenas advertida, pues ya vestía de fantasma, tecleaba el texto del acta de bautismo del nuevo hijo de Dios:

ACTA DE BAUTISMO

Parroquia de Jesús Nazareno

Libro 12 de Bautismos folio 89 nro. 4

“En 11 de mayo del año del Señor de 1928, Yo, Don Juan Roberto Manosalva, presbítero, cura de la parroquia de Jesús Nazareno de este municipio de Chorro Bendito, bauticé solemnemente a un niño que nació en la fecha y le puse por nombre Inri de la Cruz. Es hijo natural de Celestina Mazacote. Padre desconocido”.

Abuelos paternos: Desconocidos.

Abuelos maternos: Don Odón Mazacote y Doña Blasina Cantor.

Fueron padrinos Don Lesmes Mena y Doña Nemesia la partera, a los que advertí el parentesco espiritual contraído.

En fe de lo cual firmo,

Libro 12 de Bautismos folio 89 nro. 4

Lune   anto: Reconcíliate con Je ú . Confe ione  todo  lo  día  de 3 a 5 p.m. Ejercicio del  anto Viacruci .

Varias cajas de cartón esperan apiladas en la entrada de la casa. Los trastos de la cocina, caso delicado, debieron ser envueltos con mucha curia para evitar que se rompieran. La vajilla de loza de seis piezas, distintas cada una, necesitaba una caja bien provista de amortiguación. Eso lo tuvo muy claro Epifanía, la sobrina de Candelaria, quien solícita llevó a cabo la labor, doblando con esmero las cobijas de Estalin, el gozque criollo que acompañaba la familia desde hacía 12 años, y poniéndolas en el fondo de la caja para que recibieran, en su orden, los platos pandos, los soperos, los dulceros y, por último, los pocillos, desorejados casi todos. Por último, cubrió el delicado encargo con las cobijas que acababa de levantar de la cama de Inri y Candelaria. Optimizó el espacio metiendo cucharas, tenedores y cuchillos por los lados. ¡Ya está! —Se dijo orgullosa, mientras llevaba la caja para que el tío Inri la amarrara con cinchos—.

La mudanza había comenzado con la “desparedada” de los cuadros. Eran treinta y dos, de tamaños variados. La Sagrada Familia, sometida por tradición a emprender rutas obligadas, tendría que huir por enésima vez. Por lo menos antaño, destinos más fascinantes como Egipto endulzaban la amargura de la partida. Pero hoy, al igual que Inri de la Cruz, San José debía sentir un peso tan opresor como el nombre del señor de la casa. Los demás santos y santas, compañeros de pared, siguieron la procesión en pos de la celestial familia; con tono suave y solemne, cánticos y rosarios animaron el éxodo sacro de la casa Mazacote Ocanga. No así las fotos, que evidenciaron sin pudor su mundanal origen, degradando el desfile, hasta convertirlo en marcha; las oraciones y los cantos se volvieron arengas en contra de Inri. Las cicatrices ocres del tiempo deshonraron las paredes, remarcando, con alevosía, su piel resquebrajada. Las fotos olvidarían que, por muchos años, aquellos muros sostuvieron su miseria, ayudados por el priapismo útil de un oxidado clavo.

La adolescencia de Inri fue un escándalo para la mini sociedad de Chorro Bendito. A sus catorce años, el inquieto joven decidió estrenarse como hombre en uno de los bares de la zona de tolerancia. Había cambiado sus bermudas por pantalones de dril color caqui; un bigote, no tan tímido, definía la frontera entre los labios gruesos y la ancha nariz que amenazaba con aspirarse el mundo. Su estatura ya alcanzaba los 1.69 metros y el músculo adquirido por cargar bultos en el depósito de don Lesmes Mena, padrino del muchacho, lo hacían aparecer como un hombre joven, mayor de edad. La cantidad de prostitutas era proporcional al tamaño del pueblo; no había mucho de dónde escoger; la mayoría —cuatro de seis— sobrepasaban los cuarenta años; las otras dos ejercían su oficio con cierta exclusividad, para la cual no calificaban ni el bolsillo ni la pinta de Inri. En aras de su urgencia, el intrépido novato se arriesgó con la primera que le guiñó el ojo. Pasión era su nombre. La fama de su destreza manual certificaba una larga experiencia en las artes “cariciosas”. Cuando su mano no halló el otro extremo de la tira de carne de Inri, Pasión apresuró la entrada a la pieza. Debía calmar su curiosidad y comprobar lo que ya imaginaba: era una de esas escasas ocasiones en las que aparecía un hombre bien dotado con quien variar la monotonía del oficio. El muchacho, ya más entusiasmado, se dejó llevar por su maestra, quien no dejaba de alabar las magnitudes de su amante. Cuando la faena estaba a punto de llegar al clímax, Pasión detuvo la cadencia: Inri, en medio del delirio, recitaba a vivo grito las letras del alfabeto, con el efecto consecuente de los gemidos del sexo. Aaaaa… Beeee… Ceeee… Deeee… Iba llegando a la eme cuando notó que la mujer se había detenido. ¿Qué pasa? ¿Hice algo mal? Ella se sentó en el catre y, después de encender un cigarrillo, se echó a reír a carcajada suelta. ¡Ay mijo, ¿quién iba a decir que lo que no aprendí con la tiza en la escuela, lo haría con el polvo de un novato?! ¡A duras penas me sé las vocales! Jajaja… Inri, que seguía sin comprender, le quitó el cigarrillo, dio varias chupadas y, armándose de valor, comenzó de nuevo, decidido a no salir del bar hasta que el sueño lo venciera. Por seis años, llegó a ser tan asiduo que las chicas, incluyendo las exclusivas, aprendieron a leer. Algunas llegaron a escribir versos, inspiradas en el ardor por Inri. Muchas noches no le fueron cobradas, con la promesa de que las amara desde la A hasta la Z.

Marte    anto.  anta Mi a. La entrega  alvadora. Vía Cruci .

Las fotografías familiares que pendieron orgullosas en las paredes de la casa Mazacote Ocanga fueron descolgadas contra su voluntad. Los muros parecían asirlas con manos invisibles, aferrados a una historia de evolución hogareña cuyas páginas no querían dejar partir. La foto de Candelaria, por ejemplo, ya no la mostraba vestida de novia; un día encontraron en el suelo, justo debajo del cuadro, pétalos de lirio blanco del yugo de flores; luego fueron los azahares de su corona, los canutillos del vestido, el perfume de jazmín… hasta que la fuerza de la costumbre se impuso y cualquier cambio se volvió normal. Lo mismo ocurrió con las fotos de sus hijos: los pequeños Cruz del Cristo e Inriana habían crecido tanto que sus piernas colgaban del marco y oscilaban al ritmo del reloj de la iglesia. Al cambio de hora, hacían un pataleo, para luego retomar su posición. En el retrato de Primitiva y Silvestre, los padres de Candelaria, posaban dos esqueletos, sentados en las sillas amarillas de la sala, entrelazando sus huesos y luciendo la más cadavérica de las sonrisas. El resplandor del diente de oro del abuelo se cuela por entre sus fosas nasales y se proyecta por las cavidades orbiculares, mientras la abuela lo mira absorta, sin más cuencas que para su esposo.

Para guardar los cuadros, Inri y Candelaria se vieron en duros aprietos; sobre todo cuando trataron de doblar las piernas de las fotos de sus hijos o cuando los huesos de los abuelos amenazaron con derrumbarse. Todavía quedan dudas acerca de si el diente de oro de Silvestre estaba en el maxilar superior o en el inferior, pues rodó por todo el corredor, junto con los otros. Cruz del Cristo, en los afanes de la mudanza, no puso suficiente curia en la reubicación de las piezas. Muchas cajas de cartón se necesitaron para conservar indemnes aquellas memorias.

Miércole   anto.  anta Mi a. La traición de Juda . Vía Cruci .

El día en que Inri de la Cruz cumplió veintiún años, un bamboleo exuberante absorbió su existencia. Por el medio de la plaza, cerca al árbol de níspero, las nalgas de Candelaria tuvieron el mismo efecto que las de Edicta Bambara en don Severo Ocanga. Arriba abajo, arriba abajo, cada paso se daba en dos tiempos y el roce de la pollera blanca producía un susurro suave que encerraba todo el alfabeto. Vocales y consonantes se mezclaban en aquél caminado y, tal como la flauta encanta a la cobra, la tira de carne de Inri de la Cruz supo que había encontrado el papel preciso para recitar sus letras. Desde ese momento, el amante de las seis prostitutas de Chorro Bendito renunció a las alfabetizaciones en el barrio de tolerancia. En adelante, dedicó todos sus esfuerzos a conquistar a la dueña del sensual vaivén. Candelaria, por su parte, hizo la tarea pues, conocida la fama de su pretendiente, quiso asegurarse de ser la última mujer que escuchara el abecé de Inri. Tres largos años de ser sólo amigos, pero alimentando, con esporádicos coqueteos, la posibilidad de algo más serio. El hombre se mantuvo firme, hasta que fue aceptado como novio. Las visitas a la casa de don Silvestre y doña Primitiva se hicieron más frecuentes; todas bajo la supervisión estricta de los dueños quienes acudían prestos a dar rondas preventivas. La fama de Inri era bien sabida y no iban a permitir que su hija sirviera de cartilla. La pareja de novios, sentados en la amarilla herencia de don Severo, programaron su boda, después de dos años de noviazgo.

El jardín debe quedarse —dijo Cruz del Cristo—. No creo que quepa en el apartamento de Inriana. Él sabía que los espacios no eran generosos y que, por mucho empeño, éste no haría mella en la porfiada rigidez de las paredes. Escoja tres maticas, mamá. Las que más le gusten y que se puedan tener en un lugar cerrado. Las lágrimas de Candelaria regaron por última vez el jardín. Sus ojos abonaron con amor líquido las mussaendas blancas y rosadas, las orquídeas, las rudas, las palmeras y las heliconias; ellas, como despedida, le devolvieron su quintaesencia. El perfume también se quedó en la casa, acompañando a la nostalgia en el portallaves, a la cama en el cuarto y a la oscuridad de la madera que lloraba en el monte.

Jueve   anto. Inicio del  agrado triduo pa cual.  anta Mi a. La última cena del  eñor.

Si hay alguien que se oponga a este matrimonio, que hable hoy o calle para siempre.

Con Jesús como testigo, y ante la presencia de Dios, yo los declaro marido y mujer…

Inri de la Cruz alzó sus ojos, hasta encontrar su nombre dominando el altar. Estaba tan feliz que osó igualarse con el crucificado. La diferencia no era mucha: ambos estaban en la gloria y definidos por las mismas letras… aunque se sintió un poquitín superior a su homónimo: el pobre nunca tuvo una Candelaria.

La noche de bodas fue muy especulada en el pueblo. La historia de Inri de la Cruz, su popular tira de carne y el llanto de las prostitutas atizaron morbo y chisme. Por lo menos las chicas del bar sabían muy bien de lo que hablaban; pero el resto de la gente contaba sólo con las oídas. Aún así, nadie pudo siquiera imaginar lo que verdaderamente ocurrió esa noche. Luna nueva, humedad de verano; el níspero florecido, a punto de dar cosecha. Candelaria y su esposo decidieron permanecer en el pueblo y estrenar su nueva casa. La alcoba, regalo de Silvestre y Primitiva, había sido dispuesta con la mayor de las finezas. Inri estaba ansioso. Su sueño de amor se cumplía. Se entregaron sin temores, con el libreto bien aprendido. Al compás del amor, recitaron cada letra con la acepción propia de sus sentimientos. El abecé de su primera noche fue suspirado en cursiva. El acople fue perfecto. No hubo dimensiones. Simplemente, fueron él para ella… hasta que la muerte los borre, como a las eses de la máquina parroquial.

Las cajas apiladas junto a la puerta fueron puestas en la jaula, cuñando los muebles y las materas. Las piernas de Cruz del Cristo y de Inriana trataban de salirse por alguna abertura, pero la falta de espacio las hacía retroceder a su improvisado estuche. Las maletas de la familia fue lo último que subieron, junto con un baúl de lata en donde Candelaria guardaba sus tesoros: actas de bautismo, registros civiles, trabajos escolares de los niños, unas zapatillas de bebé que fueron azules, cuando las estrenó Cruz del Cristo y grises, cuando las heredó Inriana. Secretos escondidos con letras, recuerdos escritos con cal de las paredes, silencios de todas las formas… se unieron para alzar la voz en un papel.

Vierne   anto.  olemne proce ión del  anto Vía cruci .  ermón de la iete palabra

Antes de salir de la casa, Inri y Candelaria se amaron. Las veintisiete letras del alfabeto salieron de sus labios en un réquiem vehemente. Todas se fueron diluyendo en el aire. En la habitación sólo permaneció la zeta, zumbando como una mosca. Candelaria dejó de sentir sus nalgas y la tira de carne de Inri se encogió. Entre las piernas de ambos quedó, como recuerdo, un témpano de hielo. Fue la última vez que pronunciaron juntos las letras del amor.

La “jaula” de Ulpiano Conú enciende su motor. Las luces estacionarias se encienden de rubor. La bocina parece ahogarse de tristeza. Inri y Candelaria viajan en la cabina con don Ulpiano, mientras que Cruz del Cristo decide hacerlo sobre las cajas de cartón. Los vecinos ondean los programas bordados con poemas de hilo negro y eses muertas. Las letras murieron en la garganta de Inri. Candelaria cerró sus ojos y se inundó por dentro. El motor no para de sonar. En la Curva del Olvido, los Mazacote Ocanga ven, por última vez, las mulas de Cleto Riero.

 ábado  anto. Día del gran  ilencio y la  oledad.

Zzz…

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