32 – Jesús Dapena

Amour de Michael Haneke

(2012)

¡Uh la la! Cuando éramos aún unos adolescentes, Jean-Louis Tritignant y

Anouk Aimée, nos hicieron temblar de amor con su interpretación de Un hombre y una mujer de Claude Lelouch y la hermosa música de Francis Lai, en la que yo considero la mejor película del director:

Eran jóvenes y bellos, aunque un poco mayores de nosotros:

Y, además, oíamos canciones como éstas:

En el placer de la primera salida.

Y en la intimidad del encuentro:

Cuando aún cantábamos con Raphael:

Y la ya difunta Emanuelle Riva, nos hacía disfrutar de ese extraño e intenso idilio con un japonés, que la lleva a la reviviscencia y la catarsis de una situación amorosa muy traumática vivida en la Segunda Guerra Mundial, del drama de Marguerite Duras, Hiroshima, mon amor.

Ahora vuelven, antes de la muerte de la protagonista, envejecidos, al igual que nosotros, como los fantasmas del Roxy, de la mano de Michael Haneke, director de cine austríaco, pese a haber nacido en Münich, en pleno nazismo y que se ha caracterizado por ser un director sombrío, perturbador e inquietante, al enfocar problemas de la sociedad contemporánea, que generan polémicas, alguien que acude al deconstruccionismo, para lograr un distanciamiento brechtiano, que impida una identificación inmediata del espectador con lo que es llevado, más que a sentir a reflexionar y sacarlo de cierta zona de confort en un mundo convencional, al empujarlo a cruces de caminos, donde todo podría suceder, en un cine del que salgan constantes cuestionamientos, un poco a la manera de Michelangelo Antonioni, sin respuestas fáciles, que establezca distancias y que, finalmente, invite a un diálogo provocado, sin importarle resultar tedioso, irritante y decepcionante, con un realismo bastante simple, en una sociedad, que no sabe qué hacer con las ambivalencias entre el amor y el odio de Empédocles y Freud, para tratar al fin, de afinar el sentimiento de su público, algo que se requiere tanto en estas sociedad  líquida, con amores y odios, igualmente líquidos, como bien lo señalara Zygmunt Bauman, para que la gente tenga una posición distinta frente al mundo, como la que impone este tipo de sociedad contemporánea e hipermoderna.

Puede haber, en sus filmes, momentos de pasividad, de vacío, de frustración y rabia, con un manejo bastante mesurado de la violencia, que resulta bastante innovador, sin extravagancias, es como si lo brutal se fuera metiendo por los poros, sin subrayarla demasiado; pero, que al final, resulta más seca y más cruel, ya que es más sugerida, que mostrada, para señalar ese odio líquido, lo cual incómoda a mentes conservadoras que reciben sus mensajes sociales,  políticos, históricos, culturales y morales, sin dar respuestas preestablecidas, con un trasfondo filosófico bastante denso.

Usualmente, una fuerza malévola se introduce en la comodidad de la vida burguesa; crítica los mass media y, en especial a la televisión, en medio de la incomunicación, que vivimos los seres humanos de ahora.

Para él, el amor es un sentimiento por el que un ser humano puede llegar hasta el final, hasta la muerte; en él conviven el sufrimiento, la ternura y la compasión, que parece que es el tema del que trata en Amor, cinta a la que Europa le dio la Palma de Oro en Cannes, a pesar de su crudeza, mezclada de generosidad al enfrentar el sufrimiento de un ser querido, en el desamparo de la tercera edad y ver el enfrentamiento con la enfermedad cuando envejeces o cuando la sufre alguien de tu alrededor, como situaciones, que se dan en la vida real y emocional, que se refleja en los diálogos, con los que intenta a dar a conocer la verdad, ya que la palabra transmite más las emociones, mientras la vista nos puede engañar.

Heneke habla de amar la sencillez, por lo que busca grandes simplificaciones técnicas, hasta hacerse casi minimalista, como, por ejemplo, sólo reducir el rodaje a un piso en el que una mujer deambula por su apartamento en una silla de ruedas, actuación que impresionaría muchísimo a Emanuelle Riva, que se sentía perfectamente sana.

Pero, más del horror encerrado en los acontecimientos, que se dan en el piso, entran otros horrores, que provienen del exterior, como el empobrecimiento relativo, que implica la crisis económica en Europa, después del 2008, hay una tensión, que entra y sale del departamento.

El joven Tritignant del romanticismo de Un hombre y una mujer, con todo su idealismo, se va desbaratando con la llegada a la vejez, una nueva narrativa, que empieza a penetrar a Hollywood.

La película comienza con un fondo negro, sin música alguna, quizás también por el minimalismo de Heneke, para, de repente encontrarnos con unos bomberos, que abren el portal, entran a un apartamento, con una habitación cerrada, donde aparece el personaje femenino muerto, con flores, alrededor de su cabeza, como puestas por alguien.

Y, enseguida, pasamos a la platea del Theatre des Champs Elysées, en París, de tal modo, que solo vemos al público y la vista se me dirigía a la primera fila, mientras una voice in off, nos introduce a un espectáculo sin que abandonemos la platea, el público aplaude, quizás el inicio del espectáculo; se inicia un concierto de piano y en el pasillo de entre actos, están los ancianos protagonistas, quienes al volver a su casa, encuentran que han intentado abrirles la puerta, algunos cacos apartamenteros, cosa que los preocupa porque parecen ser unos verdaderos profesionales de ese delito específico.

El viejo es galante aún y le dice que estaba muy linda aquella noche en el teatro. Ella le comenta que las semicorcheas del presto fueron increíbles, llenas de delicadeza, algo que yo no podría percibir, ya que no son tantos mis conocimientos musicales como para hacerlo.

Al día siguiente desayunan en un comedor sencillo, dentro de la cocina; pero, ella no es muy atenta con él, quien propone comprar el CD del concierto; pero, ella calla, lo cual le resulta extraño al marido, quien no sabe que le pasa a su mujer; ella está como ausente, lo que angustia a su cónyuge, que trata de animarla, se va y vuelve, cuando la encuentra hablando, él cree que está loca; pero, ella no recuerda que haya perdido la conciencia por unos minutos.

Tan confusos y desconcertados están el uno como el otro; hasta que él decide llamar al doctor Bértier para que la examine; pero, ella no tiene consciencia de que ha pasado nada y se siente bien.

Ella, con su amnesia, piensa que su consorte la está torturando y no quiere que la lleven al médico.

Pasa el día y viene la noche.

El hombre va donde una mujer joven, quien le dice que él ya sabe como ees su mujer de testaruda y que es empecinada hasta llegar al final de lo que se propone y, al final, todos tan contentos, lo cual no está mal para las finanzas; la joven es música y parece que va a salir de gira con su compañero. El señor pregunta por los niños; la una está en un internado y el otro vive su vida, ya tiene veintiséis años, trabaja y es muy independiente, por lo que no lo ven mucho, lo que me hace pensar en la modernidad  líquida de Zygmunt Bauman, irremediablemente, como si estuviese ante un ejemplo de ella; tiene sus propias ideas y no se la va bien con el padre, de quien no quiere recibir consejos, aunque es un muchacho bueno, menos impulsivo; pero constante y tenaz ¿cómo la abuela? Empiezo a sospechar que esta mujer joven es la hija de la anciana pareja. Es distinto al padre, es tranquilo; pero obstinado; también es concertista; tocó a Haydn en el Conservatorio; el padre fue a verlo y, al final, lo felicitó.

Parece que ha habido conflictos de pareja entre los padres del muchacho y que el compañero se encapricho por una intérprete de viola, que tocaba en el conjunto de ellos; se armó todo un drama y la chica casi termina suicidándose; lo cual, hizo recular al seductor, quien volvió cargado de remordimientos donde su mujer.

El padre anciano escucha; sólo hace preguntas.

Ella continúa diciendo, que ha tratado de acomodarse a la situación, aunque es embarazoso, que los del conjunto, todos, hayan terminado por enterarse.

El padre pregunta que si su hija lo ama y ella dice creer que sí.

Al fin a la anciana terminaron examinándola y tenía una carótida obstruida, por lo que la operaron, a pesar del miedo, el susto y la desorientación de la señora, ya que siempre ha tenido miedo a los médicos; ellos le aseguraron que era una intervención poco riesgosa y muy necesaria para prevenir otro ataque peor; pero, salió mal, un fracaso total; el marido está muy conmovido; se acuesta temprano, con grandes hipoglicemias, lo cual, lo desalienta muchísimo.

La hija le pregunta qué puede hacer por ellos; el padre le responde que nada, que ella  ha sido muy amable en ir a casa, con todo el estrés, que la joven tiene, lo que refleja la soledad de los ancianos en esta sociedad contemporánea, en la que muchos van a parar a una residencia; francamente el viejo piensa que, francamente, ella no puede hacer nada, quizás volver cuando su madre haya vuelto a casa; pero, como el se siente confuso, con todo lo que ha sucedido, quizás, contraten a una enfermera o se las arreglará sólo; ya se verá; como pareja han pasado juntos, durante muchos años y una situación como la que está viviendo siempre resulta demasiado novedosa y extraña.

La hija le confiesa, que al llegar a la casa paterna, recordó cuando era niña y los oía hacer el amor, escena primaria escuchada, que la hacía sentir tranquila porque le aseguraba que se amaban y que estarían siempre juntos.

Se cambia de secuencia, cesa el diálogo paterno-filial y aparecen los técnicos, que van a poner un catre de enfermo sobre la cama de la señora y luego él llega con su esposa en silla de ruedas, la que tanto impactara a Emanuelle Riva; el conserje les comunica, que si necesitan algo no duden en pedirlo a él o a su mujer.

Ella dice que quiere ser llevada a la sala, cuando se quedan juntos; él le pregunta si quiere un té; pero, ella quiere primero conversar con él.

Se la ve hemiparética del lado derecho y le solicite que la ayude a sentarse en la silla normal, sin dejarla deslizar, lo hacen en un movimiento, que parece un tierno abrazo mientras el cónyuge le dice que se alegra mucho de tenerla en casa; ella misma se siente contenta de volver y le pide que no vuelva a llevarla al hospital.

Luego él la acuersta en su catre de enfermo; ella le pide que no esté pendiente de llevarla a todos lados, ella quiere ser lo más autónoma posible y que él no vaya cargado de remordimientos, que resultan absurdos e incómodos. Él le asegura que no los tiene y le pide que se vaya, que ella no está discapacitada, lo que me parece una negación neurótica; puede estar sola unos minutos, sin derretirse; pero, antes de que se vaya le pregunta si compró el nuevo libro sobre Nikolaus Harnoncourt, un director de orquesta austríacos, quien procuraba dar sus conciertos con instrumentos originales o réplicas muy fieles, especializado en la música clásica y barroca y murió hace tres años, en el 2016; como él ya lo ha leído se lo ofrece y ella acepta y él se lo lleva.

Ella le ordena, que ahora se ocupe de él y no se quede ahí, para ver como sostiene el libro y una vez sola se pone las gafas y se dispone a leerlo, con la mano izquierda.

Los conserjes se encargan de hacerles la compra diaria.

Él se pone a fumar en la ventana y ella lo llama para que le ayude a salir del baño y se abrazan para poder ella moverse; almuerzan en la mesilla de la cocina y hablan de anécdotas de la cotidianidad, recuerdos. Hay muchas historias, que aún, él no le ha contado. Ella se pregunta si en la vejez va arruinar la imagen, que ella tiene de él.

Él le pregunta cómo es esa imagen.

A veces, le resulta un monstruo; pero, es amable.

Luego él hace fisioterapia; luego, en la biblioteca, ella tendida en un diván y él en un sillón, lee cada uno un texto distinto y ella quiere contarle lo que dice su horóscopo, al día siguiente será el entierro de una persona y él debe asistir.

Ya tarde, después del funeral, él vuelve y la lleva de la ventana a la sala, por pedido de ella, quien quiere anécdotas de esas honras fúnebres; fue un poco raro para su marido; el cura resultó ser un imbécil, un antiguo colega del difunto hizo un discurso patético e indecente, su exsecretaria fue con una mini grabadora, y puso el Yesterday de los Beattles, toda la gente la miraba, ya que era algo imprevisto, los nietos del muerto empezaron a reír al oír aquella canción, luego pusieron la urna sobre una camilla enorme como para un féretro y salieron bajo la lluvia, después pusieron la urna en un pequeño aparato eléctrico, que la bajó por un hueco diminuto y la gente reía, algo horrible para la viuda.

Ahora hablan de sí mismos, ella sabe que morirá pronto y no quiere afligirlo, ya que siente que lo hace; él le dice que va a mejorar; pero, ella replica que no quiere hacerlo y no quiere ser atendida por él, no por él, sino por ella misma y cuando el alega que para él no es ningún tormento y le pregunta qué haría ella si la situación fuera al revés, ella le dice que no quiere hacer esfuerzos de imaginarse en la situación del otro; se siente cansada y quiere acostarse.

Se la nota insomne y preocupada.

Un joven concertista va a visitarlo y le lleva flores a su mujer; el muchacho observa la sala mientras espera que el anciano vuelva con su mujer, quien lo recibe encantada; a ella se le nota una gran mano derecha en garra, por el daño del hemisferio motor izquierdo; era el concertista, que fueron a oír en el último concierto, el de las fascinantes semicorcheas, que tanto los satisfizo y ella le cuenta que Georges quiso ir a comprar un CD suyo. Él declara que lamentablemente se olvidó de traerles uno; pero no lo tuvo presente, dada la prisa, que tenía por verlos; pero, va a hacerles llegar uno de regalo; pero, ella replica, que quieren contribuir con su éxito, por lo menos con veinte euros. El le comenta que ella ya lo ha ayudado mucho; pero, si eso es cierto, se debe a su talento y creatividad.

Ella lo estimuló a salir adelante desde los doce años, al hacerle tocar Les bagatelles, cosa que él no valoró desde su arrogancia puberal y no entendía por qué precisamente esas piezas; después de aquél último concierto al que la pareja asistió dio conciertos en Londres, en Copenhague con los Impromptus de Schubert y sus Momentos Musicales, pues, su vida actual la ha dedicado a Schubert, quisiera hacer todas las sonatas de dicho compositor; pero, requieren aún años de trabajo.

Ella le pide que interprete para ella la Bagatelle en sol menor, supongo que de Beethoveen, que es un allegro; pero, hace mucho que el joven concertista no la toca y no la recuerda bien; tal vez podría intentarlo y la señora le ruega que lo intente en el piano de cola de aquella casa de abuelos.

Ensaya una silla de ruedas manejable por ella y se la ve en la noche meditativa; el marido va a tocar el piano; pero al día siguiente la mujer del conserje aspira la alfombra, mientras el lava la cabeza a ella en una escena, que nos evoca aquella de Lejos de África.

Él come solo cuando oye que su mujer se cae de la cama, al tratar de hacer algo de una manera autosuficientes.

En la noche, el tiene la pesadilla de un atraco, el temor que se expresó de los apartamenteros al volver del concierto, esa realidad externa, que llega a través de comentarios y penetra en las capas profundas de lo inconsciente, como sucede con la violencia social; ella lo despierta y pregunta qué pasó; pero, él no le responde.

A la mañana siguiente, Eva, la hija, anuncia una visita al mediodía; pero, la madre no quiere recibirlos, no le parece que sea necesario, que venga su yerno, ya que no quiere comentarios sobre su estado y su humor inglés, sólo es soportable a pequeñas dosis.

Ahora, ella, con ayuda, camina mejor y el marido es un magnífico enfermero, le pone el CD, que les ha mandado Alexandre, el joven concertista; pero, ella le pide que detenga el disco y se van a cenar. Ella le pide que le traiga los álbumes de fotografías, le pide el favor encarecidamente; al verlas, ella piensa que es hermosa una vida tan larga; él la mira, pero Madame Laurent, le pide que no la observe tanto, aún no se siente idiota hasta punto.

El lee las noticias de una alianza entre los gobiernos de Estados Unidos de América e Israel, el mundo que entra a casa desde afuera.

Ahora se fatiga para pasarla de la cama a la silla de ruedas, aunque ella la conduce.

La hija viene a plantearle a su madre, quien está con venoclisis, si no sería mejor invertir el dinero en un bloque de apartamentos, pues, si la inflación aparece de nuevo, la propiedad es lo único seguro. La economía que viene a penetrar el hogar, por encima de circunstancias, de una manera desafectivizada, ya que en esos momentos las cuentas de ahorro sólo pagan un 1,75%, en el mejor de los casos, cuando pareciera que lo más impropio en dicha situación sería hablar de dinero y números. La madre escucha el discurso económica, impávida; la hija continúa hablándole de una pérdida, que tuvo al invertir una determinada cantidad de dinero, lamentablemente, es cosa de preocuparse, mientras los bienes inmobiliarios están por las nubes. La señora responde con un discurso inconexo,inninteligible, que la hija no entiende.

La hija angustiada va al lugar donde están reunidos su padre y su marido, para advertir, que mamá está hablando incoherencias y no está bien; no sabe qué pasa y piensa que no se la debe dejar tirada en una cama así; le resulta irreconocible su madre; pero nada puede hacerse por el momento; está recibiendo tratamiento y le dan medicamentos; de momento, no hay otras opciones.

La hija pregunta por qué no está en el hospital.

Hubo un segundo ataque, el doctor Bértier la examinó y piensa que hay que evitar todos los procedimientos hospitalarios; se podría enviar a un asilo con atención médica; pero, lo que hacen allí, puede hacerse en casa y ella no iría al asilo, porque él se lo prometió; el yerno le pregunta si no es una carga demasiada para el señor.

La hija no puede creer que en la actualidad no haya una manera más eficaz de tratar a estos enfermos, ya la han visto dos especialistas y ambos son de la misma opinión y una enfermera irá tres veces por semana.

El señor Laurent evoca cuando ella tocaba el piano y el marido la escuchaba; pero sale del ensueño, para ir a alimentarla, con una paciencia infinita, tiene alguna dificultad para tragar y tiene recuerdos antiguos, como cuando la mamá la llevaba al concierto, pura memoria retrógrada, como la de cualquier demente senil, por microinfartos.

Al ser bañada por la enfermera se queja, quien ilustra al señor que este tipo de enfermos pueden hablar de su mamá, casi como un automatismo.

Lo cierto es que la vemos sufrir más a ella; van a contratar otra enfermera; pero ella se queja de dolor. Los conserjes siguen muy considerados y atentos, además lo felicitan por como ven que está manejando la situación.

Ella canta la canción de infancia y el marido la estimula con el eco:

Sur le pont d’Avignon…

On y danse, tous en rond…

Una paloma llega por la ventana y se entra a la casa; para nada es esquiva y luego vuelve a irse; el señor no la quiere; la enfermera ha dejado abierta la ventana y la echa, una mujer bastante desconsiderada.

Y cada vez vemos deteriorar más a Anna, cada vez más envejecida; el marido le propone llamar al doctor Bértier, para una alimentación parenteral; ella se niega a beber y escupe lo que la ha forzado a tomar el señor, quien por primera vez, le da un bofetón, aunque enseguida, le pide perdón.

Se cambia el punto de mira y vemos los paisajes de los cuadros de la habitación sin que sepamos, de momento, quién los mira.

Eva vuelve; pero, el padre la hace esperar, para cerrar la puerta de la habitación donde yace la madre, postrada en cama; le abre tras un cariñoso saludo y la invita a pasar a la sala; ella se pregunta qué psa a la madre y él no contesta y están preocupados; pero, el padre replica que su preocupación es lo de menos con todo lo que tiene que hacer; ella considera que su hija y su marido tienen su vida; la hija se va a la habitación materna.

La situación ha empeorado; pero, él no quiere hacer dramas; se hacen los ejercicios de habla, cantan juntos, cambia la sábana, le cura las escaras, ella cuenta historias de su infancia, se ríe a carcajadas o llora, con el afecto lábil de los pacientes con síndromes cerebrales orgánicos.

La hija va a acariciarla; pero, la madre sólo emite sonidos guturales, sin conciencia de que la hija está allí.

La hija vuelve a la sala conmovida, sabe que no puede hacer nada por mamá y llora frente a un ventanal, que da a una calle parisina.

El padre le trae un té, que si no está muy caliente, le hará bien, cosa que la hija agradece y bebe, la enfermera va tres veces por semana, el doctor la ve cada quince días; pero, todo irá de mal en peor, será largo, hasta el día de la muerte; ellos se comunican de alguna manera, ella es cariñosa con él, le toma la mano y pareciera sentirse contenta con esa pobre conversación, llena de emoción, sin melodramatismos.

Él va a afeitarse y ella se queja, aldo le duele, sin que sepa decir donde, elle propone contarle una historia de cuando él era pequeño, al final de la escuela primaria y fue enviado a una colonia de vacaciones en un castillo por la Auvernia, se levantaban a las seis de la mañana y se bañaban en un lago glacial, había actividades  todo el día, como para reprimir las pulsiones adolescentes, al almuerzo les dieron arroz con leche en una mesa inmensa y él no quería comerlo; pero lo obligaron o si no quedaba arrestado en medio del llanto; pero, se lo hizo saber a la madre y logró que lo retiraran de allí. Así, con ese relato, la tranquiliza, entonces comete un uxoricidio por sofocamiento.

Va y compra flores, que va recortando, sella las puertas de la habitación, hace una nota y vuelve la paloma hasta que la atrapa con una frazadita y vuelve a escribir y anota:

No te vas a creer, que una paloma entró por segunda vez, a través del tragaluz. Esta vez la atrapé. De hecho, no fue difícil en absoluto. Pero la dejé libre otra vez.

Se acuesta en otra habitación; pero se lo ve débil, con paso inseguro y ve a su mujer sana en la cocina, dirigido por unos ruidos, que oye; ella le anuncia, que terminará pronto, que puede ponerse los zapatos; el se retira, se pone los zapatos, ella pasa y vuelve a salir, él le pone el abrigo y le pregunta si no llevará el suyo y se alejan de la casa, a la que vuelve Eva y la encuentra vacía.

Uno encuentra a aquellos actores, tremendamente viejos, quizás algunos rasgos suyos, si miramos con mucho detenimiento, podamos distinguirlos; sin embargo, yo no encuentro la película tan violenta, como otros comentaristas la viesen.

Hay tensión, angustia; si él le da un bofetón, cuando ella le escupe la comida, uno lo ve humano, demasiado humano y el hombre tiene la suficiente autocrítica para pedirle perdón a riesgo, de que ella pueda no comprenderla y la doble escena de la paloma, que llega a la ventana y huye la primera vez y luego cuando se empeña en atraparla, es un símbolo, de la liberación, que el hombre, por amor, le provoca la muerte por ahogamiento, para que no vaya nunca a un hospital o a un asilo como ella lo había deseado cuando hablaba, algo que recuerda un poco la escena final de Uno vuela sobre el nido del cucú, en el que el indio mata a un hombre, al que la psiquiatría autoritaria y manicomial, ha convertido en un estúpido. Pero, el indio huye hacia la libertad, sin que sepamos el destino del señor, solo vemos la casa vacía a donde llega la pragmática hija a tomar posición de la heredad.

Tampoco sé si sea la mejor cinta de Heneke, porque jamás había visto una de él, ya que críticos como Alberto Abuín[1], le parece que casi alcanza la perfección como la mejor obra fílmica estrenada en mucho tiempo, con su absoluta sencillez, cuando siempre Heneke le había parecido tan perturbador, que lo detestaba; pero, vencidos los recelos y prejuicios, se aproximó a esta película con cuidado e interés, en un continente europeo, que envejece, como la pareja, que viene a simbolizarlo.

Los bomberos llegan a penetrar un apartamento, que genera un olor putrefacto y nauseabundo, sellado por alguien donde la señora yace difunta en la cama, sola y entonces se abre un flashback, que es el relato de la historia de una pareja de ancianos, que nos ocupa hasta el final de la cinta, cargado de dolor y angustia; pero, sin efectismos innecesarios, tan sólo, la cotidianidad de la vida, mediante un rodaje, que se desarrolla con un ritmo lento, como el de la vejez, con una mujer, quien sufre un accidente cerebro vascular, queda hemiparética; pero, con el habla intacta, hasta irse deteriorando, supongo yo, para ir entrando en una demencia por microinfartos, hasta quedar con una mirada perdida, a quien Georgs, su marido atiende con calma, respeto y resignación, siempre a la espera de prolongar su partida.

Anna y Georges son los protagonistas, ya que sólo aparecen otros personajes bastante secundarios, con las magníficas interpretaciones de Emanuelle Riva y Jean-Louis Tritignant; ella es tranquila y sin histrionismos de ninguna naturaleza, una mujer bastante elegante y racional y el soporta el dolor como un estoico, cumpliendo quizás el compromiso del matrimonio católico de estar siempre en la salud y la enfermedad, para dar cuenta de la bondad, en medio del dolor, a pesar de que ambos tienen la consciencia heideggeriana de que son seres-para-la-muerte, hasta que ésta los sorprenda en el camino.

Para Jean-Louis Tritignant, inmerso, en la realidad en una depresión por su envejecimiento con ideación suicida, fue difícil decidirse a aceptar tal papel porque temía que se agravara aún más su estado de ánimo; pero, la admiración del actor por Haneke le disipó todas las dudas, dada la mutua reconocimiento del uno por el otro, ya que el director consideraba que sólo Tritignant podría expresar una profunda y calurosa humanidad; además, deseaba trabajar con la vieja Emanuelle Riva, a quien recordaba de años atrás cuando ella hiciera el filme de Resnais, con base en el drama de Marguerite Duras, Hiroshima, mon amor, con lo cual tuvo un total acierto con ambos actores, aunque la memoriosa Riva del relato de la Duras, pase aquí a una angustiante pregunta: ¿Cómo el paso del tiempo se lleva los recuerdos más hermosos?

Estamos entonces en una reflexión profunda sobre la vejez, la enfermedad y la muerte, en la que nos aísla de cierta manera del cine que nos tiene acostumbrados sobre una sociedad convulsa y contradictoria, que sin embargo alcanza a penetrar a una cinta filmada prácticamente a puerta cerrada hasta llegar a plantearnos el problema de una eutanasia amorosa y liberadora, en medio de una gran soledad, entre la cercanía a los personajes y cierto distanciamiento, como ya he señalado, que no deja de resultar interesante, sin que lo metafórico me resulte impstado, sino más bien, como si se tratara de cierto realismo mágico.

Ante lo cual, expectantes, los amantes del buen cine, hemos de mantenernos en un silencio respetuoso, no exento de inquietud, ante esa experiencia existencial, porque como yo digo en buen antioqueño, lo miedoso no es la muerte sino la morida, la forma de morir, y ahí nos vamos yendo con el aséptico y sin dramatismos relato de Heneke, ante una situación vital tan concreta, en la que el director, muy sutilmente nos hace vivir el dolor, que nos resulta tan cuestionante a nosotros mismos sobre nuestras relaciones con el otro, pero sin masoquismo, como si pudiéramos mirar desde la distancia ante una película paradigmática por el tema tratado y la música del pianista Alexandre Tharaud, que la pareja va a escuchar al Theatre des Champs Elisees y luego va a visitarlos cuando sabe que ella está enferma; pero, aún habla esta elegante, amable y generosa señora Anna, que tanto le ayudara en sus inicios con sus sabios consejos, un lujito, que se permitió Heneke, como un juego permisible, ya que es el famoso ejecutor del piano, quien hace la banda sonora de la cinta.

Los simbolismos y analogías son disfrazadas de realismo, como si fueran asuntos de la cotidianidad, de la vida común y corriente en una cinta más centrada en Georges, quien con su infinita paciencia ante la adversidad deviene colosal, mientras ella nos resulta sobresaliente al recrear con el máximo detallismo el proceso de deterioro de la salud física y mental, con una gran verosimilitud y realismo, como podemos verlo en las personas, que solemos encontrarnos en la vida con trastornos semejantes, sin querer convertirse en una carga, a pesar de los momentos lúcidos en que tiene consciencia de sus limitaciones in crescendo hasta finalmente desconectarse del mundo de la vida, para cumplir con sus necesidades más primarias.

Isabel Huppert será la hija, quien no tiene tiempo para ellos, con la terrible soledad de los ancianos, ya descrita por Simone de Beauvoir, en su gran ensayo sobre la vejez.[2]

Al volver del concierto y la pareja encontrar la llave forzada, es como si Haneke, nos advirtiera, que íbamos a entrar en la casa, con una violación de domicilio, para adentrarnos en su hogar, poco a poco, a la medida, que los personajes nos lo permiten, como si fuéramos nosotros mismos la muerte, que se acerca hasta adueñarnos de todo, en ese mundo sutilmente sórdido, donde escucharemos esporádicamente a Schubert, Beethoven y Bach, en medio de un silencio general, interrumpido por algunos parlamentos de los personajes, en una cinta, que no generó en mí ningún reproche, a pesar de ser entre despiadada y humanista, en un ámbito claustofobígeno, que, a mí no me resultó asfixiante sino más bien tierna sobre la soledad de una pareja de esposos, cultos y elegantes, al final de sus días juntos, así algún crítico considere que a Haneke, más que importarle la piedad, gusta de mostrarnos la decadencia, porque, para nada, me resultó un filme tremendista sino más bien con un tono bergmaniano, con un toque muy europeo con planos largos, profundos y llenos de austeridad,  con un guión sencillo tampoco podría decir como algún critico, que es una putada, por el director someternos a tanto dolor.

Más bien, acuerdo con aquellos que consideran a Michael Haneke, un verdadero autor, con sus planos largos, por desasosegantes que resulten, con un excelente manejo del espacio, mientras asistimos a un sentimiento trágico de la vida, como diría yo con cierto distanciamiento brechtiano, que no nos permite la identificación con ninguno de los personajes, para darnos una lección sobre el final de la vida, sin que las escenas nos aterren en lo visual, aunque algo nos toque el corazón, porque tampoco el distanciamiento es tanto, que nos haga permanecer impávidos, ya que uno también tiene su corazoncito y, tal vez, nos permita pensar y llegar a nuestras propias conclusiones sobre los seres con quienes convivimos, con toda honestidad, con la amarga plenitud de un Ingmar Bergman, con una música excelente, sin excitarnos demasiado como las películas de acción, realizadas para que la gente salga del tædium vitæ; me parece una cinta hecha con muy buen gusto, cine culto, lo que la hizo ganadora del premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, en San Sebastián, el año de su lanzamiento, un organismo con doscientos veinticinco críticos del mundo y además la Palma de Oro del Festival de Cannes, ese mismo año, por lo que Heneke se consagra al nivel Aki Kaurismaki, Jean-Luc Godard, Pedro Almódovar y Roman Polanski, entre otros.


[1] Abuín, A. “Amor”, el último suspiro. https://www.espinof.com/criticas/amor-el-ultimo-suspiro

[2] Beauvoir, S. de. La vejez. 2a. ed, Suramericana, Buenos Aires, 197, 667 pp.

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