32 – José Luis Garcés González

“Cien años de soledad”:
Una novela montuna
más allá de Macondo

Publicado el 28 de septiembre de 2019 en El Espectador y reproducido con autorización del autor.

Como abrebocas al VII Festival Gabo, que se realizará en Medellín entre el 2 y el 4 de octubre, esta revisión de la máxima novela de Gabriel García Márquez para nuevos lectores.

1. Novela regional y montuna

Transcurridas cinco décadas desde su primera edición se puede hablar, en forma reposada, para los nuevos lectores de la novela Cien años de soledad. Se ha leído, se ha discutido, se ha interpretado. Los lectores jóvenes, y los jóvenes lectores, tendrán que iniciar su proceso y sacarán sus propias experiencias. No obstante, la lectura de Cien años de soledad se reactualiza. Ahora, en los años recientes, la reafirmamos como una novela montuna, como una novela regional. Y no da vergüenza decirlo, porque regionales son, entre muchas otras, Don Quijote de la Mancha, Emma Bovary, Papá Goriot o La casa verde. Los temas que toca la novela, los personajes que la caracterizan, el lenguaje con que se aborda la narración y la atmósfera cultural que la rodea hacen que este texto se ubique en el concepto de literatura montuna, que he venido desarrollando hace algunos lustros, y que no es costumbrismo. (Más: García Márquez desde las cenizas).

Después de los destellos, después de los aplausos, después de las críticas laudatorias, después de todo ese Macondo de bendiciones y de asombros, nos percatamos, pues, de que esta novela universal, que influyó para la obtención del premio Nobel, es un libro que pertenece a la antropología, a la sociología, a la politología y a la metafísica de la zona caribe colombiana, donde incluimos la caracterización de literatura montuna. Ello debe permitirnos afrontarla con la conciencia de que estamos revisando una parte importante de nuestra propia historia. La mágica y la trágica. Con la convicción de que, no porque se hable de “realismo mágico”, es una obra exótica o plétora de realidades foráneas, distante o distinta de nuestras esencias. Todo esto se asume después de que la hojarasca de la publicidad se ha equilibrado. Cuando Macondo, como pueblo de la imaginación y como estado de ánimo, quizás está en sus justas proporciones.

Pero podría surgir la pregunta: ¿qué es literatura montuna? Pueden adelantarse algunos elementos. Bien, montuno viene de monte. Y monte es la raíz, fue lo que tuvieron, vieron o vivieron nuestros antepasados. Es decir, lo montuno es nuestro pretérito, nuestra procedencia, mediata e inmediata. Es lo nuestro más auténtico. Así, la literatura montuna expresa una temática raizal con un lenguaje de estética universal. Entender esta relación es un asunto capital para lograr una ubicación genuina en el mundo, y más en el mundo de la literatura. Hace varios años, por ejemplo, Pedro Badrán, narrador del Caribe anclado en Bogotá, en forma convincente afirmaba en este diario: “Soy un escritor un poco anacrónico. Creo que todo artista siente alguna incomodidad frente al mundo en que vive y al mundo que perdió. De alguna manera soy un narrador de mundos perdidos. Y eso es muy normal en un escritor de la costa. El pasado nunca se cierra” (El Espectador, Bogotá, octubre 5 de 2003, página 2 C).

2. Macondo y el yo

Si Macondo es una expresión colectiva, el Más allá de Macondo podría ser el realismo individual, que es, o debería ser, la confrontación del yo con la realidad que lo circunda. El yo neurotizado o esquizofrénico. El realismo individual sería la expresión que desborda lo mágico y lo trágico. Lo trágico, por su parte, es la manifestación dolorosa de lo mágico superado. Y lo individual, que es muy fuerte y muy característico en la trama de la novela, trayendo a colación las palabras del maestro Baroja, es lo único que existe. Es el principio y fin de todas las cosas, y no puede disolverse en lo amorfo y confuso de lo colectivo. Para reforzar lo anterior tomemos las palabras del mencionado novelista vasco don Pío Baroja: “Lo individual es la única realidad en la naturaleza… Solo el individuo existe por sí y ante sí. Soy vivo; es lo único que puede afirmar el hombre… Porque lo individual constituye la originalidad, y la originalidad es siempre un elemento perturbador y revolucionario”.

Por otro lado, un pensamiento plano podría argumentar que solo el anti-Macondo tiene futuro. Y para ello está a la orden del día la negación del Macondo mágico y su reemplazo por el Macondo urbano, contemporáneo o trágico. Pero la vida es sinuosa y contradictoria. Y entonces Más allá de Macondo podría significar, en otra opción, el regreso a un nuevo Macondo. Inserto no en los tiempos del hielo, sino en la época de las guerras, las noticias falsas, la manipulación, la crisis ecológica y el calentamiento global del planeta.

3. Lo trágico es la humanización de lo mágico

Al parecer, el realismo mágico quedó, en gran parte, sometido a la literatura y al arte. La realidad nuestra está caracterizada por el realismo trágico. ¿Qué es realismo trágico? Intentando simplificar: no es más que la humanización deformada del “realismo mágico”, el “realismo mágico” encarnado. Pero, a su vez, es la fractura de una lógica. Cuando la naturaleza mágica o maravillosa da el salto hacia el hombre, nuestro hombre, mestizado y torcido, no la disfruta, sino que la padece como drama o como tragedia. La que podría ser compatibilidad o comprensión se convierte en trauma. La estructura de la sociedad nuestra no está en capacidad para tornar la abundancia de la naturaleza en abundancia para el hombre. Naturaleza exuberante-hombre famélico, es la dolorosa dicotomía histórica.

Por desdoblamiento, lo que en la naturaleza, por ejemplo, es “realismo mágico”, en lo social, por los desniveles y contradicciones, se convierte en “realismo trágico”. Un realismo que menoscaba lo mágico y se queda con el flanco desnudo del realismo. Un realismo, el nuestro, que se sustenta en la mezquindad, la abulia, la farsa, la ignorancia o la indisciplina individual y social. Un realismo que convierte el absurdo en norma de conducta y en proyecto de vida ciudadana. El mismo realismo trágico que lleva, por ejemplo, a que en los colegios de secundaria le obliguen a un muchacho de segundo de bachillerato a chapotear en El Quijote, con lo cual lo conducen a adquirir el fraude de los resúmenes o a conseguir que alguien (el novio de la hermana, verbigracia) le haga por interpuesta persona la lectura que a él le fue encomendada. Así, desde jóvenes, propiciamos la estafa académica, por un lado, y la aversión a la lectura, por el otro.

Una de las expresiones del “realismo trágico” la señala García Márquez cuando sostiene que siempre tiene la sensación de que le faltan cinco para el peso. De que aún no lo ha abandonado la idea de ser el que está de más en una reunión o en un ágape. Y no era solo la sensación de que le faltaban sino que casi nunca los tenía, ya fuera para la cerveza, para ir a toros o asistir al cine. La sospecha en él era dura realidad.

Pero en términos pragmáticos, como podemos avizorar, el realismo trágico no es espontaneísmo ni surge como un eructo de la divinidad. En casi todas las ocasiones es producto de la ignorancia política, la corrupción, la carencia de ética o la improvisación, ya sea en el estado llano o en las cumbres del poder. Cuando algunos de estos factores se conjugan se produce el desastre no anunciado, la derrota que no se creía posible, la postergación chocante e injusta.

Estos son, para señalar referencias históricas, el caso de la separación de Panamá en 1903, que tiene como uno de sus factores desencadenantes la indiferencia con que el centralismo mira hacia la periferia y por el apetito desaforado de comer todo y no compartir nada; o la ironía de que algunas de nuestras ciudades no disfruten de suficiente agua potable poseyendo ríos mayores hiriéndoles los costados; o que en tierra plana las carreteras sean caminos de herradura, y que el índice de analfabetismo en la región que dio el Nobel de Literatura y la música más popular de Colombia, sea el más elevado de la nación. O si usted quiere, hay realismo trágico en el hecho de decirnos demócratas y legalistas, pero en desconocer los fallos judiciales cuando no nos favorecen o en presionar para acomodarlos a nuestra conveniencia. O en proclamar la legalidad y practicar la ilegalidad. O en la paradoja de ser un pueblo religioso, que cree en Dios (en un Dios que sirve para todo y para todos), pero que no respeta la vida, y en donde los asesinos se santiguan y le encomiendan su puntería a la Virgen antes de ir a matar. El realismo trágico en esta zona se nutre de la ironía, pues el nuestro, hasta ahora, es un pueblo bullanguero asfixiándose en la tristeza social.

4. Macondo se desmitifica a sí mismo

Cuando Úrsula regresa a Macondo —luego de ir tras los gitanos en búsqueda de José Arcadio— viene acompañada de gente igual a ella, lo que sorprende a su esposo, quien creía que después de Macondo había personas y ciudades fabulosas. Pero no, la realidad le demuestra lo contrario. El pueblo se tropieza con seres aquejados por las mismas miserias y los mismos portentos. Incluso el propio José Arcadio Buendía (ese quijote costeño) expresa su inconformidad por el atraso cultural en el que se encontraba Macondo. De ahí que alguna vez haya pasado por su mente la firme idea de trasladar a sus habitantes a un lugar más cercano de la civilización. En Cien años de soledad, entonces, se desmitifica el mito de Macondo: más allá de este hay otros posibles Macondos, tan limitados o inexplorados.

Macondo inicial es la realidad poéticamente bella. La belleza canónica (y con esto no se le está restando ningún mérito). Aunque también cobija lo trágico, lo decadente, lo moderno, en Macondo se impone la realidad balsámica. Un hecho fehaciente es el de la masacre de las bananeras, que queda cubierto bajo el manto metafórico de la “verdad oficial”. En Macondo las excrecencias humanas no priman sobre la realidad estética (como pueden primar en las obras de Rojas Herazo). Cierta alegría colectiva, cierto aire de fiesta, de evidente costeñidad, la permea. Sin importar demasiado las catástrofes individuales o familiares.

5. La futurización de Macondo

Mirando otra opción, en tiempos ecológicos, Más allá de Macondo, dadas las circunstancias ambientales, sería el regreso a lo elemental y bucólico, tal vez a lo slow. En ese retorno estaría la salvación del planeta, incluyendo personas, animales, agua, vegetales y cosas. No se trata de remedar el estado físico de Macondo, con sus casas de cañabrava pintadas de blanco. Se trata de aproximarnos al contenido del símbolo, manteniendo la simpatía inmodificable por su río de aguas cristalinas defendido por enormes piedras que semejaban “huevos prehistóricos”.

Macondo sería la premodernidad. Más allá de Macondo, la modernidad. Pero estas sociedades, si le creemos a Octavio Paz, no han conocido lo moderno. Han dado el salto de lo premoderno a la supuestamente postmoderno. Y si nunca hemos tenido sociedades modernas, lo que nos aguarda es el Macondo deformado, sin asidero en la lógica científica o social. Parece contradictorio, pero no lo es.

6. Los Macondos paralelos

Más allá de Macondo, en la novela del Caribe, está Cedrón, el pueblo de Héctor Rojas Herazo, signado por la debacle, la angustia y la degradación. Está San Bernardo del Viento, el ethos de Juan Gossaín, con su solidario sentido de la unidad y el amor disparatado; otra epopeya familiar. Está la Cartagena aquelárrica de Los cortejos del diablo, de Germán Espinosa, la asfixiante y demoledora Cartagena. Está el Sinú de Zapata Olivella: naturaleza violenta y humanidad supersticiosa y violentada. O el Sinú de Guillermo Valencia Salgado: el del pájaro que anuncia la muerte, el de la manatí que enloquece a los pescadores, el del niño que come de un fruto maravilloso y se convierte en hormiga. El Sinú del mito y de la leyenda.

En cronologías, vale señalar, Macondo tuvo sus precedentes. Cuando en 1946 se publica Tierra Mojada, de Zapata Olivella, se da en ella una manifestación mágica: al final de la novela, cuando las aguas lo inundan todo, una de las casas se separa de la tierra y levita: hecho que sucede 20 años antes de que lo hiciera Remedios La bella en Cien años de soledad.

CODA

Más allá de Macondo quedan nuestro bagaje cultural, nuestra historia, nuestras tradiciones. Macondo es magia, pero también realidad cultural. Cuando Macondo encarna en el hombre presente se vuelve trágico. La tarea nuestra parece ser retornar a Macondo, no en un ingenuo retroceso del tiempo, lo cual no es posible, sino en un retorno a lo bello, un regreso a la estética, una vuelta a lo hermoso, tanto en el paisaje como en lo humano. Es decir, más allá de Macondo nos espera la fundación y la práctica de un nuevo humanismo, de una nueva sensibilidad, de una real solidaridad con los que sufren, pero que aún mantienen la esperanza.

Macondo, también, nos deja en el epicentro de la profecía. Como se sabe, al final de la novela, los cuatro amigos (Álvaro, Alfonso, Germán y Gabriel), azuzados por el sabio catalán, que fue el primero en escapar, deciden irse de Macondo. Marcharse más allá de Macondo. Primero, se fue Álvaro, quien vendió el tigre cautivo y se fugó hacia el Norte. Luego, tomaron rumbo Alfonso y Germán. Un año después sólo quedaba Gabriel en Macondo. Y ese orden, coincidencialmente, se ha dado en la vida y en la muerte: la profecía se ha cumplido. El primero en morir, en Estados Unidos, fue Álvaro Cepeda Samudio. Y, luego, han fallecido otros dos: Germán Vargas Cantillo y Alfonso Fuenmayor. El único de los cuatro que resistió más al tiempo y a las enfermedades fue Gabriel José, que murió en 2014.

Es decir, entre los avatares de ese Macondo, que caía irreversible en la desgracia, estaba la posibilidad de la revancha. Venganza contra los que se marchan y lo olvidan. Parece decir: quien se vaya de mí, pagará la ingratitud; quien huya de mí, cancelará con su vida el éxodo infame. Esto puede leerse como la revancha de la madre tierra contra sus hijos inconsecuentes. La venganza de la raíz contra las ramas que hacen de pájaros y se marchan hacia otros aires sin remordimientos de conciencia. Y todo se inicia en Macondo y se proyecta Más allá de Macondo.

* Escritor, catedrático universitario y director del periódico cultural “El Túnel”, de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al eslovaco, alemán, francés e inglés. Su libro más reciente es “El abuelo Bijao ha regresao con otros cuentos de lao”. E.: jlgarces2@yahoo.es

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