32 – María de los Ángeles Martínez Orea

María de los Ángeles Martínez Orea. Jaén (España) Reside en Medellín. Realizó estudios de Sociología y Diplomado en Derechos Humanos en la Universidad de Antioquia. Ha publicado textos sobre violencia y DDHH en medios especializados. Participa en el taller de Escritura Creativa del profesor Jairo Morales Henao. Su relato “Un sólo día” fue publicado en la antología de cuentos y relatos “Obra diversa 3”, de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Isaura Macual

UNO

A Isaura Macual la tienen trastornada los sueños. Los propios rondan en su cabeza como sonsonete de grillos y los otros, los ajenos que le cuentan las mujeres todos los días, agitan sus noches convirtiéndolas en un carnaval de imágenes que impiden su descanso.

Todo empezó, como si nada, un día en que andaba distraída por la calle y se le acercó su comadre para contarle con urgencia un oscuro sueño que había tenido. Isaura la escuchó atenta, con el corazón, diría ella, y de repente, un inesperado viento frío le rozó el rostro; sintió el pálpito de la ausencia, un deje de dolor en el alma y la angustia de la soledad que produce el devenir del tiempo. Con los ojos fijos en los de su amiga le dijo seria y contundente: ese sueño anuncia muerte. Y sin más explicaciones, Isaura abrazó a su amiga y siguió, diligente, su camino.

A los pocos días la comadre de Isaura vestía de luto.   

Un murmullo de asombros y evidencias corrió por los portales: Isaura Macual adivina los sueños, decía la gente.  El rumor se hizo certeza, se coló en la sala de las casas y llegó a la suya, sin que Isaura acabara de creérselo, en boca de las visitas que no cesaban.

Como una maldición inevitable, se instauró para siempre en Isaura Macual el don del vaticinio

DOS

Desde entonces, las mujeres, no así los hombres que recelosos de su clarividencia esquivan el asunto, hacen fila en la puerta de su casa con el ánimo de que Isaura les desvele el contenido de sus sueños.

Ella las recibe amorosa, escucha con celo sus relatos, despoja de sentido literal cada imagen, la relaciona, la escudriña; ve con precisión el futuro cercano y con infalible claridad regala su interpretación, trágica o dichosa, a la mujer que espera con ansiedad sus palabras.

En este devenir, una extraña emoción la hace sentirse dueña de muchas vidas. Experimenta la certeza de ser ella quién hace realidad las quimeras ajenas, la que puede prevenir sus desastres, salvarlas de peligros inesperados, vislumbrar los amores que se avecinan, impulsar aventuras, augurar fertilidad o naufragio de embarazos.

Vive en medio del goce salvífico que le produce saber que las mujeres se entregan sin resquicios a su poder de adivinación.

TRES

Con el paso del tiempo, el placer que le produce su clarividencia se transforma en obsesión y crece en ella una suerte de avidez por los sueños ajenos, que la devora sin remedio. 

Empieza a no olvidar. Vive en completo arrebato, no se despoja de las visiones, como ella quisiera, al despedir a cada mujer que le consulta. Cientos de sueños encandilados se entrecruzan como una telaraña que la envuelve, y retazos de uno y de otro llenan sus noches en una danza viva de imágenes.  Despierta calada en sudor, el cuerpo tirante.  Detrás de sus párpados le duelen las escenas de las quimeras que la poseen. Las voces ajenas ocultan la suya.
Su día a día se convierte en un mundo alucinante de fantasmas que lleva consigo a todas partes; sufre o se deleita, de acuerdo al carácter de los augurios, siempre atenta a cualquier extraña o imprevista circunstancia que impida hacer realidad los designios que descifra.

Anda por la casa distraída, con un último sueño, que no sabe si es de ella o se lo contaron, amarrado a su cuerpo como una sanguijuela.

Estoy desnuda en una casa de vidrio, sin paredes, con ventanas enormes; quiero vestirme y no puedo hacerlo sin que me vean; me desesperan estas ventanas que me dejan expuesta a las miradas de todos, recorro sin cesar innumerables habitaciones sin muros, salgo a la calle con la ropa colgada del brazo, buscando dónde vestirme. La gente me observa, cientos de ojos me persiguen desde ambos lados de la calle; un joven muy alto grita que la ropa está arrugada… sigo corriendo sin encontrar un lugar dónde ocultarme; en medio de mi loca carrera encuentro una casa con  las ventanas  selladas. Entro e intento vestirme con la ropa arrugada, siento frío y…cuando miro hacia las ventanas… ahí están de nuevo, fijos en las rendijas, los cientos de ojos  mirándome… mirándome…

Se acerca al balcón, y a punto está de ponerse a gritar su angustia a la gente, que, ajena a sus desvaríos, pasa por delante de su casa,  a ver si así, dice en voz alta, destierro de mi cabeza, de una vez por todas, este demonio que me corroe.

CUATRO

Transcurren los meses, Isaura continúa viviendo en soledad absoluta con sus premoniciones.

Recorre las calles estrechas de su barrio oyendo el eco de sus propios pasos, incapaz de contenerse, fuera de todo límite. Cruza una y otra vez por la puerta de su casa sin reconocerla; atravesada por múltiples desatinos, extraviada, sus ropas se vuelven cada vez más estrafalarias, su lengua confusa.   El alma perdida en los sueños de las demás y sus propios sueños perdidos, lejanos. Su existencia deja de pertenecerle. Las mujeres ya no le consultan, ven su desvarío con un ramalazo de desengaño.

CINCO

Hace ya tiempo que las comadres del barrio extrañan el eterno deambular de Isaura y sus voces desgarradas.  Dicen que volvió al resguardo indígena del que salió hace muchos años, que era una mujer de piel morena, ojos resbaladizos, cintura precisa y pelo lacio; que era sabia y temía a la vejez… y que, en los últimos meses, iba por la tierra en volandas, montada en sus emociones, hablando para sí en una lengua extraña.

Febrero – marzo 2017

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