32 – María Isabel Abad Londoño

María Isabel Abad Londoño. Medellín, 1980. Estudió antropología y Derecho e hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos (Universidad Autónoma de Madrid). Ha trabajado en periodismo y en proyectos editoriales. Hoy dirige Piñón de Oreja, una agencia de proyectos culturales en Medellín. Hotel París es su primera novela.


Editorial: Penguin Random House.  2017

Hotel París

Capítulo primero

A Germán

La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.

Heinrich Heine

1985, Medellín (Antioquia)

En la madrugada de un sábado llegó la noticia: Sebastián estaba preso. Al enterarse, mi mamá revoloteó en la cama repitiendo el gesto que acostumbraba hacer cuando estaba nerviosa. Consistía en rastrillarse las uñas contra el cráneo una y otra vez a costa de desbaratar el peinado que Jorge Humberto, el peluquero, le ponía sobre la cabeza todos los martes.

Desde mi cuarto sólo oía fragmentos:

“¿Preso?, ¿el niño está preso?”.

Sí, decía así: el niño, así mi hermano ya bordeara la mayoría de edad y los dos metros de estatura, a veces me parecía que eran tres, sentía que pertenecía a otra familia, la de los gigantes.

Tal vez al preguntárselo una y otra vez encubría la esperanza de que mi papá le dijera “No, Inés, el niño está dormido en el cuarto de abajo”, que le dijera “Mejor volteate, Inés”, y le contestara “No me importunés más Inés con tus pesadillas”.

Pero él no le dijo nada. Todo lo contrario, tras tirar la bocina agitó un tarro de pastillas, se precipitó por las escaleras arrastrando sus pantuflas de pana y llegó hasta el mueble del bar para sacarle el último trago a una botella de ginebra.

“¡Por Dios!”, dijo después de tragar, “¡a ese muchacho, a ese muchacho lo va a matar la ambición!”.

Mientras él maldecía yo miraba perpleja toda la escena sin entender bien qué pasaba, pero antes de que pudiera abrir la boca para preguntar, para ordenar en mi mente ese alboroto de media noche, me sorprendieron por la espalda unas órdenes en ráfaga:

“Todo esto es un malentendido, hija, vuelve a tu cuarto, quédate quieta, no digas nada”.

“¿Nada de qué?”.

“Nada de nada”.

Era mi mamá.

Debía ser éste de la misma familia de los malentendidos que la acompañaban cada tanto. Conocido del que tuvo alguna vez con el policía de tránsito que la acusaba por pasarse un semáforo en rojo,

“¡Pero si estaba en verde, señor agente!”.

Hermano de aquel de hace unos años cuando le insinuaron que la Mona se iba para siempre,

“Pero qué cosas dice, Piedad, si la Mona está perfecta. ¡Piedad, por favor, Piedad!”.

Mamá de ese de un día de junio cuando el médico le anunció en la sala de partos que su hija menor había nacido con displasia de cadera,

“¡No, doctor, eso no me puede estar pasando a mí!”, le dijo aquella vez al médico como si tanto ella como yo, recién nacida en aquel entonces, fuéramos inmunes a la adversidad.

Pero no era un malentendido, ni aquellas veces ni ésta: el semáforo estaba en rojo, la Mona nunca volvió, yo nací coja, Sebastián estaba encarcelado y ella debía ir con mi papá lo más pronto que pudiera a rescatarlo.

Por eso, cuando vi que se apresuraban a salir y que no iban a invitarme, regresé a mi cuarto para dormirme, pero al advertir que ya no podía, corrí hasta el carro a riesgo de contrariarlos, lo cual era, desde luego, mejor que quedarme despierta contestando las llamadas de los amigos insomnes de la familia, quienes seguro oirían la noticia en La Emisora Antioquia.

A mi casa, sin embargo, la noticia no había llegado con la voz del radio sino con el timbre intempestivo del teléfono.

“Contestá rápido, Francisco, que ese debe ser el niño”, había dicho mi mamá. Ella no había podido dormirse temiendo que algo le hubiera pasado a mi hermano.

“¿Aló?”.

“Soy yo, papá, me detuvieron… u-n-a-i-n-j-u-u-u-sticia”, se oyó Sebastián, a pesar de la onda distorsionada del teléfono.

“Eso no importa, hijo”, le respondió mi mamá arrebatando la bocina de un solo tirón, “solo dinos dónde estás que allá llegamos”.

La dirección quedaba detrás del río, el cual brillaba bajo la luz de la luna como un espejo borroso. Si en creciente o menguante, no lo sé, hay un punto en el que se ven igual. Nuestro destino, la inspección, sobresalía. Era un edificio en un barrio de casas pequeñas, cuya pared se veía desde afuera de un azul casi dulce, cercano al blanco, a esas horas altas o más bien bajas de la madrugada. Pero esa dulzura no se correspondía con lo que había en su interior: un despacho viejo de paredes agrietadas en donde colgaban una cruz, un escudo y un cartel en el cual Simón Bolívar aparecía desdibujado pero sobrevestido y altivo solapando con un fajón rojo el desengaño por sentir que todos sus anhelos se habían hecho agua.

Fue a este despacho donde mi mamá entró intempestivamente, con un grito apagado, exigiéndole al inspector que le entregara inmediatamente a mi hermano.

“No se me apresure”, le contestó el señor. “No se me apresure”, volvió a decirle él marcando con lentitud sus palabras, convencido de que su parsimonia la ofuscaba aún más.

Sólo cuando nos hubo echado el humo del cigarrillo en la cara a los tres mientras lo mirábamos expectantes, y cuando pudo darse cuenta de que había ocasionado el suficiente suspenso, le respondió:

“El menor fue sorprendido en flagrancia en una discoteca de la ciudad”.

“¿Cómo?”, dijo mi papá.

“Sí, y si lo quieren ver libre van a tener que esperar a que pague unos añitos de cárcel”, agregó antes de mostrarnos sin vergüenza una sonrisa amplia de dientes curtidos.

“¿La cárcel?”, exclamó mi mamá a punto de perder el sentido. “¿La cárcel?”, dijo otra vez más bajo mientras palidecía.

“Sí señora, cómo más le digo: la guandoca, la cárcel”, le reiteró molesto el inspector a ella, que no soportaba que su hijo estuviera compartiendo el aire con quién sabe Dios qué demonios.

Para equilibrar el ambiente, Francisco, mi papá, intervino en ese momento. Con toda la calma ventiló a mi mamá, la sentó en un rincón y le dio un par de pastillas. Luego se dirigió al inspector y con un guiño le ofreció otro cigarrillo para que se lo fumaran en la sala contigua.

Y aunque todo aquello me pareció muy extraño, no intervine, ni le pregunté nada, ni me hice en la mitad, ni puse la oreja en la puerta, solo comencé a recorrer la galería de celdas oscuras marcando con el bastón el compás de mis pasos cojos hasta llegar al final del corredor, donde vi a un grupo de presos adormilados.

“Sebastián”, llamé varias veces desde la puerta, pero apenas pude oír el eco de mi propia voz. “Sebastián”, me oí a mí misma y el sonido de vuelta trajo su imagen a mis ojos: lo vi allá, recostado en una de las gradas de la celda del fondo, durmiendo con una cara apacible, como quien hace una siesta después del almuerzo del sábado. Tanta paz cambió súbitamente de signo apenas oyó mi voz y advirtió que estaba rodeado de extraños. De repente, como un animal amenazado, comenzó a otear el calabozo y a desafiar al resto de los detenidos: a la gorda que roncaba a su lado, al mendigo vestido de mugre y hasta a los dos perros que acompañaban a este último.

Y entonces, al verlo así, temí por todos, pero sobre todo por ese par de chandocitos temblorosos porque bien sabía que hombre mata perro así como “Coca-Cola mata tinto, don Francisco”, como en ese momento le decía el inspector a mi papá en el ritual de justicia privada que se llevaba a cabo en el despacho contiguo.

Y justo ahí en la mitad de la celda y del despacho, en medio del arrebato de mi hermano y la negociación de mi papá, estaba yo. Yo, con mis pasos cojos, yo, con mi pierna renga. Yo, Raquel, la bella Raquel, la ingenua Raquel o aquel agujero de doce años que ya era entonces; de rutinas estrictas, sin contingencias, de mansos días e inocentes, de ambientes sanos y perfumados a los que nunca habían entrado ninguno de los olores del envés del día: el de las mujeres que chorreaban tristezas bajo sus piernas, el vacío; el del sudor que humeaban los hombres dentro de los vestidos que los travestían, el artificio; el de la sangre seca que empuñaban como un lastre los sicarios, ni ninguna otra de las pestilencias que componían ese vapor de cárcel en donde la bella Raquel, la ingenua Raquel, la coja Raquel de entonces, había ido a rescatar a su hermano de los otros presos y de sí mismo.

Por eso, al sentir esos olores por primera vez en la vida, en aquella madrugada de la llamada, en la inspección, la luna, el papá, la mamá, el hijo (Sebastián), la hija (yo), con mi bastón y los perros; ella, Raquel (yo), tuvo (tuve) que sacar una última reserva de valor del fondo del agujero que ella (que yo) era.

Pero de nada sirvió este íntimo equilibrio: unas manos salidas de los barrotes hicieron que me cayera al suelo al arrebatarme con fuerza mi bastón.

“¡Que es mío!”, lo defendí desde el piso cuando sentí el jalón, pero al oírme, la gorda corpulenta que me lo había quitado, farfulló algo incomprensible desde su lado y en vez de devolvérmelo lo levantó como un bate al aire, y miró después a su presa —mi hermano—, y dio un paso hacia atrás, y giró luego sus muñecas con toda la fuerza que le permitieron sus brazos enormes. Pero contrario a sus pronósticos, cayó al vacío porque Sebastián, anticipando el golpe, se había agachado para que sus pechos extravagantes temblaran hacia el oriente y para que así quedara ella, al menos por unos instantes, en una posición de indefensión, entera y monumental a merced de su delirio.

Pero a él también le fallaron los cálculos. Era tal el tamaño de la mujer que muy pronto mi hermano quedó inerme frente a aquella máquina de puños.

 “Que lo suelte”, dijo finalmente el inspector, interrumpiendo la riña con una voz curtida en esos oficios.

“Que lo mato”, amenazó ella, pegándole más fuerte en la cara a mi hermano, y tratando de eludir la grasa que se le desbordaba sobre la pretina del pantalón.

“Que lo suelte”.

“Que lo mato”.

“Que lo suelte”.

“Que lo mato”.

Y así siguieron, no sé cuánto tiempo porque en ese momento, en medio de la seguidilla, todo empezó a parecerme lejano y brumoso, y porque justo ahí comencé a oír por primera vez el canto, el canto de una chicharra, de una chicharrita que, extraviada de las demás, parecía buscarlas con su más fuerte volumen y anunciarme a mí la llegada de una lluvia pertinaz.

Yo no sé qué habrá sido lo que en esa madrugada animó a mi chicharrita a cantar. Si la niebla de la mañana que me entró por los oídos,

“Que lo suelte”,

o el forcejeo entre el inspector y mi hermano,

“Que lo mato”,

quizá fue el batir de las puertas,

“Que lo suelte”,

o la imposibilidad de mirar el envés de la ciudad, la crudeza así desnuda,

“Que lo mato”,

o a lo mejor fue el sopor narcótico que se desplazó o esa cantinela

“Que lo suelte”, “Que lo mato”, “Que lo suelte”, “Que lo mato”,

o la suma o la combinación o la mezcla de todo lo anterior, que cesó cuando me desmayé en el piso sucio y maloliente de la inspección.

Por eso, apenas pude percatarme de que Sebastián salió libre, gracias a que mi papá le pagó al inspector unos pesos que le alcanzaban para comprar varias cajetillas de cigarrillos, y hasta para pintar la pared del despacho desde donde desengañado y triste nos miraba el Libertador.

Por eso me quedé sin saber la suerte que correrían los otros presos, los de baja ralea, los de la ladera del frente, los olvidados de Dios, que seguro se quedarían encerrados detrás de los barrotes por un tiempo indefinido. Seguro se quedarían allí compartiendo sus miserias en tajadas perfectas, construyendo un sistema de honor para mí indiscernible, prolongando la noche en el día, y cargando de pesares, de chistes, de riñas y de historias esa pequeña celda antes de volver a ser polvo de la calle.

Por eso sólo más tarde, montados los cuatro en el carro —el papá, la mamá, el hijo, la hija (yo), mientras el primero hablaba sobre cualquier tema liviano para no tocar alguna verdad que al hilvanarse delgado lo comprometiera con el tercero y hasta con la cuarta—, pude despertarme y ver cómo el río, que ahora atravesábamos en sentido contrario, resplandecía como un espejo nuevo con el sol encima, que ni mengua ni crece.

Y por eso fue sólo en la casa, al superar del todo los efectos del desmayo, cuando alcancé a oír a mi mamá exclamar por el teléfono:

“Sí, ya se aclaró el malentendido, Martica, y no, al niño no le pasó nada. ¡Gracias a Dios! Sí, lo mismo de siempre: la policía corrupta de este país”.

“¿Nada?”, protesté en la mente, “¿no pasó nada?”. No creía aquello después de recordar lo que recordé.

Entonces salí corriendo al cuarto de mi hermano, entré de improviso hasta su cama, lo zarandeé y advertí, después de meterle los cuatro dedos dentro de la boca, que tenía todos los dientes en orden y ninguna marca reciente sobre su cara.

“¿Y a qué horas se recuperó?”, le pregunté extrañada. Él me miró y antes de girar sobre su espalda más desconcertado que molesto, me dijo:

“Raquel, estoy dormido”, y sin responderme me empujó con brusquedad contra la pared.

Entre perpleja y adolorida salí del cuarto, di un golpe seco sobre el piso de madera con mi bastón, que retumbó, si no por toda la casa, sí por toda mi cabeza, que era para aquel entonces también una casa llena de ventanas por donde se me escapaba la cordura y por donde me entraba la alucinación.

No, yo no entendía bien. Mejor dicho: yo no entendía nada.

No lograba discernir hasta dónde había llegado la locura ajena y desde cuándo había comenzado a obrar mi propio delirio en ese extraño amanecer.

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