33 – Carlos Alberto Velásquez

Nació en Medellín en 1966. Médico y cirujano. Especialista en Administración de Servicios de Salud y en Epidemiología. Autor de un blog dedicado al conocimiento, el arte y el humor

(www.elblogdeloslagartijos.blogspot.com). Obtuvo el primer puesto en el Concurso Nacional de Cuento (Guatapé, Antioquia versiones 1987, 1988), y en el Primer concurso de Literatura y Humor Jorge Franco Vélez (Comedal, 2003), ha obtenido varias Menciones de Honor entre las que se destaca la del Ministerio de Cultura en la categoría de Obra Inédita (2018). La más reciente fue en el IV concurso de microrrelato EAFIT 2019.

Ha publicado seis libros:   Ane-Doctas de un médico desmemoriado (2012), La monja sin cabeza y otros cuentos (2012),  La fuga del paciente y otros cuentos (2013), La historia clínica desde la perspectiva del cuento literario (2018), Amelia y otro cuentos (2019) y Fuga de ideas (2019).  Sus textos han sido publicados  en antologías (Antología Relata 2016) y en varias revistas y publicaciones digitales como Gotas de tinta,  Proyecto Scherezade (Canadá), Universidad EAFIT, Revista Medicina Narrativa, entre otros.

Fallidos Editores, Medellín, Colombia. 2019.
ISBN: 978-958-48-7357-6

Fuga de ideas es una recopilación de seis cuentos fantásticos, donde el factor común es lo extraordinario y donde cualquier cosa puede pasar.

Prólogo de Luis Fernando Macías  y Memo Anjel.

El inventor

Carlos Alberto Velásquez Córdoba

(Cuento publicado en el libro Fuga de ideas.  Fallidos Editores 2019).

Qué difícil fue conseguir la cita con el doctor Jiménez. El solo hecho de tener una cita con un psiquiatra es algo atemorizante. Y cuando este es el que define qué contratos hace un hospital mental, la experiencia es aún más terrorífica. Sin embargo tenía que acudir a esa cita.

Era mi mejor oportunidad para cerrar un contrato millonario. Desde hacía varios meses había estado investigando y me había dado cuenta de que podía ofrecer al Hospital Mental un excelente seguro contra todo riesgo, con todo tipo de coberturas y con unas primas mucho más bajas que las que actualmente pagaba a la aseguradora que era nuestra competencia. El dato me lo había dado un colega pasado de copas y quería aprovechar la oportunidad de obtener una gran comisión si lograba convencer al doctor Jiménez de que tomara el seguro con mi compañía y abandonara la de siempre.

Por supuesto, mis compañeros de oficina no perdieron la oportunidad de molestarme cuando se enteraron, gracias a la indiscreción de la secretaria de la sucursal, de que el doctor Jiménez, el director del hospital mental, me concedería una cita a las once de la mañana.

Me sentí un poco intimidado cuando atravesaba la portería externa y pasaba por el camino que llevaba al pabellón principal. A mi lado había praderas bien cuidadas, árboles frutales y una que otra banca donde se veían algunos pacientes en pijama acompañados por algunos visitantes y algún enfermero.

Me dirigí al segundo piso donde me habían informado que era la dirección del hospital. Una vez me identifiqué, la secretaria con unos grandes lentes me miró apenada y me explicó que el doctor Jiménez había tenido un percance y no llegaría a tiempo para la cita.

‒Si desea puedo darle otra cita… digamos… ¿para el mes entrante….?

‒Señorita, ¿y no hay una cita más pronto?

‒Lo siento… El doctor Jiménez se mantiene muy ocupado. La cita más próxima es en un mes. Si quiere podemos dejar tentativa esa fecha y si resulta algo antes, yo le aviso.

‒¿Y será que hoy es imposible que me atienda? ‒dije, sin perder la esperanza‒ yo puedo esperar lo que sea necesario.

‒Pues, no sé… Él me llamó y me dijo que cancelara las citas del medio día porque tenía un inconveniente y que estaría llegando aproximadamente a las dos de la tarde…

La pobre mujer comprendió que ya había hablado de más. Apenas cayó en la cuenta de que había cometido la indiscreción de revelar la llegada de su jefe, intentó remediar la situación.

‒Si quiere puede venir a esa hora. No le prometo nada, de pronto el doctor Jiménez puede abrirle un espacio. Tal vez llegue antes.

‒Sí ‒respondí con mi mejor sonrisa‒, no sabe cuánto le agradezco. Es usted un ángel. No sabe el favor que me hace ‒y agregué un guiño rápido que la hizo sonrojar‒. Vendré a las dos.

‒Mejor venga antecitos. Puede que llegue antes de lo planeado.

No tenía otra cosa para hacer. Ya no tenía tiempo de ir hasta la oficina y volver antes de las dos. Además yo había programado una cita con otro cliente a las 3 pm en esa misma zona y debía “quemar tiempo”.

‒¿Sabe qué? Mejor me quedaré, caminaré un poco por ahí… El hospital es muy bonito…

‒Sí. Lo tenemos muy lindo. Vaya tranquilo. Si el doctor llega antes, yo lo busco ‒respondió ella con un guiño que pareció un coqueteo.

Siempre había tenido curiosidad de saber cómo era un manicomio y no iba a perder esa oportunidad. Me habían dicho que los locos peligrosos los mantenían encerrados por lo que no creí que hubiera peligro en dar una vuelta por ahí.

Era un día soleado y con pocas nubes. Caminé durante unos minutos feliz de sentir la grama bajo mis pies. Los vendedores de seguros vivimos rodeados por concreto. Fue agradable sentir el olor del pasto recién cortado en mi nariz, y la sensación blanda que da la hierba.

Luego de deambular un poco vi que al frente del sitio donde había dejado mi carro había una banca de madera sobre un prado verde. Un frondoso árbol le ofrecía su sombra. Fui a sentarme allí para disfrutar del trino de los pájaros y el olor a hierba.

Dos figuras que se acercaban captaron mi atención. Un hombre de saco y corbata con un maletín de cuero caminaba al lado de otro hombre en pijama y de pantuflas. El segundo hombre tenía un balde en cada mano. Por la forma en que este caminaba parecía que uno de los baldes estaba lleno y el otro estaba vacío.

A pocos pasos de mí, el hombre de traje le dijo al de pijama que se iba a sentar un rato a descansar, y señaló mi banca; el otro hombre, que parecía un paciente asintió y se sentó en la hierba. Descargó sus baldes y comenzó un extraño ritual: tomó un trapo del balde vacío y lo sumergió en el que parecía estar lleno de agua. Luego lo sacó, lo sostuvo sobre el balde vacío y lo exprimió para echar el agua allí.

Repitió el procedimiento mientras que el hombre de traje se sentó a mi izquierda. Dejó su maletín al lado, sobre la hierba recostado en la pata de la banca. Luego de unos incómodos segundos se dirigió a mí.

‒Bonito día.

‒Sí, muy bonito ‒respondí.

‒Parece que hoy no va a llover.

‒No, parece que no.

Después de algunos otros segundos, mientras que yo observaba al paciente empapar el trapo en el balde y escurrirlo en el otro, el hombre de traje volvió a hablar.

‒Siquiera el clima ha mejorado.

‒Sí ‒respondí‒, estos últimos días ha llovido mucho. Al menos hoy está soleado.

Mientras hablaba conmigo el paciente nos miró, sonrió y dijo algo que no pude entender, como una especie de balbuceo, mientras mostraba el trapo empapado en agua. El hombre que estaba a mi lado lo animó a continuar. “Muy bien, muy bien. Lo estás haciendo muy bien”.

‒¿Es familiar suyo? ‒pregunté en un acto de indiscreción.

‒No, no somos familiares.

‒Perdone, no quise molestarlo.

‒No, no me molesta para nada. Ahí donde lo ve, ese hombre es el ser más inteligente sobre la tierra.

Miré al paciente. Un hombre de unos sesenta o setenta años, canoso, piel arrugada, despeinado al estilo de Einstein. Menudo y casi desnutrido, vestido con una pijama a rayas y unas pantuflas. Parecía empeñado en pasar toda el agua de un balde al otro a fuerza de mojar un trapo y volverlo a escurrir. Su acompañante no tendría más de cuarenta años. Muy elegante, bien peinado y con corte de pelo clásico. Traje impecable, zapatos bien lustrados, un anillo de oro en su mano derecha que parecía una insignia de alguna universidad.

‒Perdone mi falta de modales ‒dijo el acompañante del loco‒, me llamo Claudio. Él es Antonio ‒dijo señalando al paciente‒. Antonio es mi amigo. Éramos socios, antes de que enloqueciera. Él no tiene familia y solo me tiene a mí.

‒¿Y qué es lo que hace con esa agua?

‒¿Eso? El agua es su vida, y también fue su perdición.

‒No comprendo.

‒Verá ‒dijo Claudio‒, ahí donde lo ve ese hombre hizo el invento más grande de la humanidad.

Quizá fue porque lo miré con escepticismo. Quizá porque en ese momento Antonio logró llenar el otro balde y río a carcajadas y comenzó a aplaudir, que Claudio pareció un poco arrepentido de haber dicho que ese hombre era un genio. Sin embargo ya había picado mi curiosidad. Mis años de entrenamiento para leer los gestos de las personas me hizo saber que Claudio estaba ansioso de contar la historia de Antonio.

‒Sí, a veces los genios parecen personas normales ‒dije lanzando el anzuelo

‒Usted no me creería lo que inventó Antonio… ‒y mirando a todos lados para cerciorarse de que nadie más escuchaba, Claudio se acercó un poco más a mí y me dijo con voz muy queda‒, ese hombre que usted ve ahí inventó el agua en polvo.

‒¿EL AGUA EN POLVO?

‒¡Shhhhh! ‒me reprendió Claudio tratando de que nadie lo escuchara.

‒¿Cómo así que el agua en polvo? ‒repliqué también susurrando‒ ¿Me está usted tomando el pelo?

‒No, cómo se le ocurre. Perdone usted si lo he ofendido. En ningún momento quise molestarlo.

‒Pero es que el agua en polvo no existe.

‒Eso es lo que la gente cree.

‒No entiendo.

‒Verá. Antonio era ingeniero químico. Yo lo conocí porque él trabajaba en el laboratorio farmacéutico que tenía mi papá. Cuando empezó allí, Antonio tendría unos cuarenta años. Varios años después, a mi papá le dio una embolia y yo asumí el manejo de la empresa.  La obsesión de Antonio era el agua. Una vez me llamó aparte y me mostró un frasco con una sustancia extraña. “Es agua en polvo” me dijo. Yo tuve la misma reacción de usted. Sin embargo, cuando vació ese extraño polvo en un vaso y lo toqué con los dedos quedé maravillado. Era la cosa más extraordinaria que hubiera visto en mi vida. Agua en polvo. Eso resolvería todos los problemas del mundo.

Claudio me miró y me descubrió haciendo una mueca de incredulidad.

‒¿Se ha puesto usted a pensar las ventajas que tendría el poder disponer de agua en polvo? En primer lugar, si se riega, no mojaría nada. Imagine usted que tiene un vaso de agua líquida en su escritorio. Si se le regara, le dañaría todos sus documentos, le dañaría el computador si le cae encima. En cambio con el agua en polvo lo único que tiene que hacer es recogerla con un papel y volverla a echar al vaso.

Ahora imagine que usted necesita hacer un viaje y desea llevar agua para el camino en una maleta. Si se rompiera una botella con agua líquida, la ropa quedaría mojada. Pero con agua en polvo lo único que tiene que hacer es sacudir la ropa y listo. Estaría seca.

Imagine las aplicaciones en la industria farmacéutica, tan solo piense en la industria automotriz. Trate de dimensionar las aplicaciones a nivel mundial. Poder llevar agua sólida a los sitios donde no llega el agua.

‒Pero si existiera el agua en polvo, ¿de qué serviría? Eso no se podría tomar.

‒En eso se equivoca, mi querido amigo. El agua en polvo que Antonio sintetizó sirve para quitar la sed y tiene los mismos usos del agua normal, pero solo que en forma sólida.

‒¿En forma sólida? ¿El hielo no es acaso agua sólida? Yo puedo hacer agua sólida en la nevera de mi casa.

Claudio me miró con odio como si le hubiera irrespetado su ser más querido sobre la tierra. Luego me miró con dulzura como si yo fuera un niño que no comprende la ley conmutativa de la multiplicación.

‒Una cosa es el hielo. Otra cosa es el agua en polvo. El agua congelada se derrite y moja lo que toque. Además requiere que haya una cadena de frío para que no se descongele. No amigo mío, esto es muy diferente. El agua en polvo es un agua que viene en pequeñas partículas como el azúcar o la sal. Se puede empacar en una bolsa de tela sin que se filtre, puede tolerar cualquier temperatura sin derretirse y sin mojar el recipiente que lo contiene. ¿Se imagina comerse una cucharada de agua en polvo para calmar su sed? ¿Tiene una fruta y no tiene agua para hacer un jugo?, pues simplemente toma dos o tres cucharadas del agua en polvo… ¡et voilà!

‒Entonces, si el agua en polvo es tan maravillosa, ¿por qué nadie la conoce?

Mientras conversábamos, Antonio sentado en la hierba continuaba pasando agua de un balde a otro con la única ayuda del trapo, tratando de evitar que ni una sola gota se desperdiciara. A veces reía a carcajadas o en ocasiones tarareaba una melodía desconocida para mí. Cuando un balde se vaciaba y el otro quedaba lleno, invertía el proceso para devolver el agua al balde del cual había salido.

‒Nadie lo conoce porque fuimos bloqueados por las grandes potencias.

‒¿Cómo así?

‒Verá. Cuando Antonio me contó de su invento, yo comencé a calcular cuánta inversión necesitaríamos para producirla en grandes cantidades. Estaba como loco frente a la perspectiva económica de vender agua en polvo a todo el planeta. Antonio por el contrario quería que su invento no tuviera un dueño. Quería hacer públicas sus investigaciones. Finalmente lo convencí de esperar unos años antes de regalar su invento al mundo.

Presentamos al INVIMA en Bogotá los estudios preliminares para que nos autorizaran montar una planta para completar los estudios de estabilidad de la molécula antes de iniciar la producción de agua en polvo para el público. Mi función era conseguir los inversionistas y socios para la empresa.

‒¿Y qué dijeron en el INVIMA?

‒Primero, nada. Luego de muchas cartas sin respuesta, decidimos viajar a Bogotá. Allí un funcionario que no entendía nada de lo que le decíamos, dijo que ellos no podían autorizar ningún producto para consumo humano que no tuviera el aval de otros organismos internacionales. Definitivamente ellos no darían en permiso “porque ni siquiera los americanos que eran tan inteligentes habían pensado en hacer agua en polvo”.

Ese fue un duro golpe para Antonio. Entonces lo convencí de abrir otras puertas y buscar ayuda en otros sitios. Estuvimos en Colciencias y nos cerraron las puertas. Necesitábamos el aval de una universidad reconocida. Escribió a Harvard, Oxford, Cambridge, el MIT y otras universidades buscando la ayuda de colegas. Casi todos guardaron silencio. Unos pocos respondieron que lo que pretendía era una locura. Que no era posible obtener el agua en polvo. Antonio quería dar la fórmula para que fuera reproducida en otro laboratorio pero yo lo convencí de que guardara el secreto hasta no tener el permiso por parte de alguna agencia internacional para su producción a gran escala. Quizás cometí un error…

Me pareció que sendas lágrimas asomaron a los ojos de Claudio mientras rememoraba hechos pasados. Mientras hablaba miraba con cariño al pobre viejecito que jugaba con agua como si fuera un niño de dos años.

‒¿Y qué pasó después?

‒Acudimos a la FDA en los Estados Unidos, la EMA en Europa. Todo fue una pérdida de tiempo. Nadie respondía nada. Entonces acudimos a los japoneses. Enviamos una carta solicitando una cita para exponer el proyecto. Ya no teníamos dinero. Nos lo habíamos gastado todo intentando abrir puertas en Europa y Estados Unidos, pero había que intentarlo. Fueron muchos años de tocar puertas y encontrarlas cerradas.

Un día Antonio me llamó a la una de la mañana. Estaba muy asustado. Me pidió que fuera a su casa. Me contó que unos hombres con acento norteamericano lo habían visitado y lo habían amenazado por haber seguido intentando. “Mejor olvide lo del agua en polvo”. Antonio me contó que hacía varios meses había estado recibiendo llamadas ordenándole que dejara sus pretensiones, pero él había pensado que eran otros colegas celosos y nunca pensó que su vida corriera peligro.

Aunque fuimos a la policía nos dijeron que no podían hacer nada sin evidencias concretas de quién lo estaba acosando. Se rieron de nosotros cuando dijimos que podía ser la CIA.

Como Antonio no tenía familia, le ofrecí mi casa para que se quedara unos días.

Una semana después volvió a la suya. Todo transcurrió con tranquilidad por un tiempo. Antonio quería completar sus estudios de estabilidad del agua en polvo para poder demostrar que era segura para todos.

Tres meses después de aquella madrugada, fue él el que se apareció en mi casa. Unos hombres, esta vez con acento ruso, lo habían contactado. Debía suspender la investigación: “el agua en polvo acabarría con la economía mundial”. Lo que más le sorprendió a Antonio fue que los rusos le habían dicho que “no querrían a Coca‒Cola en quiebrrra si salía al merrrcado una bebida en polvo”. Antonio no entendía que tenían qué ver los rusos con la Coca Cola Company.

La historia no me parecía coherente y se lo hice saber a Claudio:

‒Un momento, ¿y por qué a los rusos les puede preocupar que se quiebre una empresa norteamericana? ‒dije.

‒El mundo, amigo mío, no es lo que parece ‒respondió Claudio.

‒¿Y entonces, qué hicieron ustedes?

‒Decidimos que trabajaría en secreto. Empecé al día siguiente a buscar una bodega en algún pueblo cercano donde estuviera lejos de miradas indiscretas mientras que podíamos tener más estudios que sustentaran la seguridad del Agua en polvo. Mientras tanto le sugerí que se mudara al laboratorio. Para ser sincero, me dio miedo ofrecerle mi casa para que viviera allá.

Una semana después a las tres de la mañana recibí una llamada de los bomberos. Mi laboratorio se había incendiado. Un vecino había dado mi teléfono. Se necesitaron tres máquinas de bomberos para controlar el incendio. Pregunté por Antonio. Me dijeron que no sabían nada. Que necesitaban que me presentara.

Cuando llegué solo encontré ruinas humeantes. El que parecía ser el jefe me dijo que al parecer el incendio había sido provocado por un corto circuito. Me aseguraron que no había nadie adentro, pero no me dejaron entrar.

Yo insistía que Antonio estaba viviendo en el laboratorio, pero ellos aseguraban que no había indicios de que alguien se hubiera calcinado adentro. No había víctimas, dijo el informe final.

Hablé con la policía, la fiscalía, la defensoría del pueblo, la personería. Todos decían que harían lo posible por encontrarlo. Nunca perdí la esperanza de hallarlo. Lo busqué como si fuera mi propio padre.

Aproximadamente un año después del incendio, durante la inauguración de un pequeño laboratorio que abrí con lo que me había pagado el seguro, recibí una llamada anónima con un acento extranjero que no pude distinguir: “su amigo Antonio está debajo del puente del metro junto la estación de San Antonio”

Dejé al administrador a cargo y salí como un rayo para allá.

Casi no lo reconozco. Estaba tirado en el suelo entre un grupo de indigentes. Tenía varios dedos de las manos con fracturas. Las uñas de sus manos y pies habían sido arrancadas. Lo peor de todo: Parecía un ente. Por supuesto, se alegró de verme pero no era el mismo Antonio. Había perdido su chispa. Tan solo reía y cantaba canciones infantiles mientras jugaba con una botella de agua. Nunca me contó lo que le había pasado. Nunca volvió a tener una conversación coherente. Tan solo dejaron el ente que ahora ve usted.

Me quedé mirando a Antonio. Se veía tan feliz jugando con el agua. Quién pensaría en semejante tragedia. Cuánto bien hubiera podido hacer un invento como esos. Pero también, cuántas personas influyentes se habrían sentido amenazadas por ese invento extraordinario. ¿Cuántas multinacionales hubieran sucumbido ante la posibilidad de que el agua en polvo reemplazara el agua líquida y esta ya no fuera imprescindible para la vida?

‒Qué gran tragedia ‒murmuré.

‒Sí. Una gran tragedia ‒respondió Claudio con un dejo de nostalgia mientras Antonio riendo le mostraba el trapo empapado y comenzaba nuevamente el proceso de trasladar el agua de un balde al otro.

Solo en ese momento me percaté de que los dedos del pobre hombre estaban deformes.

‒¿Fue torturado?

‒No lo sé. Nunca ha hablado de lo que pasó en esos meses que estuvo perdido.

‒Y dígame una cosa. ¿La fórmula? ¿Quién quedó con ella?

‒Todo se perdió cuando el laboratorio se quemó. El único que sabía el secreto era Antonio y ya lleva diez años encerrado en este manicomio. Su secreto quedó sepultado en su cabeza.

‒Y sáqueme de una duda, ¿cómo era el agua en polvo?, ¿A qué sabía?

‒Solo le puedo decir que es lo más maravilloso que ha existido sobre la tierra. Una sola cucharada de agua en polvo puede quitarle a usted la sed durante una semana. Y su sabor es algo que jamás podrá repetirse. Sabe a todas las frutas del mundo y sabe a agua al mismo tiempo. Es algo indescriptible.

Antonio seguía con su proceso de pasar agua de un balde a otro con el trapo. Una enfermera salió del pabellón más cercano y miró en derredor como buscando a alguien; al ver a Antonio se acercó apresuradamente por la grama.

Súbitamente Claudio pareció tener una idea.

‒¿Le gustaría ver el agua en polvo?

‒¿No me dijo usted que la fórmula se había perdido?

‒Toda la fórmula se perdió, pero me quedó un botellón en mi casa ‒y tomando el maletín que tenía al lado lo puso en sus piernas.

‒¡Pues claro!, usted ha despertado mi curiosidad.

Con mucho cuidado Claudio destrabó el broche dorado de su maletín y lo abrió con extrema delicadeza. De reojo miré en su interior. Tenía una serie de documentos que parecían de carácter legal. En un lado había un frasco de plástico blanco muy parecido a los de antiácido. Lo tomó y lo agitó en el aire. Sonaba como si contuviera arena.

Cuando se disponía a abrirlo, la enfermera llegó hasta nosotros. Primero se dirigió a Antonio y le dijo algo al oído. Antonio se paró, recogió sus baldes y echó en uno de ellos el trapo, y comenzó a caminar torpemente hacia el pabellón.

Luego la enfermera dirigiéndose a mí, dijo:

‒Veo que ya conoció a don Claudio ‒y sin esperar respuesta se dirigió a él‒. Don Claudio, espero que no esté molestando al señor con sus historias. Ya es hora de la pastilla ‒ extendiendo en su mano un pequeño vaso plástico con una tableta la entregó a mi compañero de conversación.

Claudio me miró como disculpándose. Se encogió de hombros, recibió la pastilla, la echó en su boca, abrió el frasco que tenía en su mano y tomó un pequeño sorbo.

La enfermera le tocó el hombro y le recordó que ya era hora del almuerzo.

‒Despídete del señor, Claudio ‒dijo la enfermera tendiéndole su mano en espera de la suya.

Claudio cerró el frasco, lo guardó y se levantó de la banca con el maletín en una de sus manos. Me hizo un gesto de adiós con la otra mientras la enfermera lo conducía por el brazo caminando por la hierba en dirección al pabellón.

En ese preciso momento apareció la secretaria del doctor Jiménez y me dijo que el psiquiatra ya había llegado y me podía atender. Preferí decirle que no, que lo dejara para otro día. Por alguna razón yo ya estaba sospechando de la enfermera que había ido por Antonio y Claudio. Me había parecido que la mujer tenía acento ruso.

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