33 – Carlos Esteban Mejía

Publicado en El Espectador el 14 de dciembre 2019

Mayo del 68 respira en noviembre del 2019

Hace ya más de medio siglo, en París, a fines de mayo de 1968, estalló una insurrección utópica, espontánea, medio hippie, medio maoísta, que estuvo a punto de dar al traste con todo lo establecido, desde el Estado hasta la Iglesia pasando por la mismísima ideología burguesa. Cientos de estudiantes de La Sorbonne, una de las universidades más prestigiosas del mundo, se declararon en huelga, salieron a la calle, quitaron los adoquines del suelo, levantaron barricadas y se dedicaron a joderle la vida al general Charles de Gaulle, héroe legendario de la Segunda Guerra Mundial y presidente de Francia. “Prohibido prohibir. La imaginación al poder. Seamos realistas, pidamos lo imposible. Debajo del pavimento, está la playa. Hagamos el amor y no la guerra”. Fue tal el tumulto que al chafarote se le escapó un gritito de espanto: “Ay, Dios mío, se soltaron todos los demonios”.

Para algunos, fue sólo una pavesa sin orden ni disciplina, ácrata, anarquista, un desahogo pequeñoburgués. Pienso distinto. Mayo del 68 fue una revolución cultural, que al cabo de 51 años aún reverbera en el mundo y resuena en los recientes acontecimientos de Ecuador, Chile, Honduras, Haití, Puerto Rico, Hong Kong, Cataluña, El Cairo (Egipto), París (Francia), Moscú (Rusia), Beirut (Líbano), Argelia, Bagdad (Irak), Yakarta (Indonesia) y… Colombia. Es la misma rabia contra el capitalismo, la misma repugnancia por el pensamiento fosilizado de patriarquitas de izquierda o derecha, el mismo sueño de reclamar lo imposible.

Casi medio país en las calles y el otro en los comulgatorios rogando por la producción. “¡El pueblo se respeta, carajo!”. Las muchedumbres no tienen muy claro lo que quieren, pero, eso sí, lo quieren todo. Mejores empleos. Mejores salarios. Mejores cesantías y pensiones. Más educación y menos represión: un país sin brutalidad policial: menos Esmad, muchísimo menos Esmad, ¡cero Esmad! “¡Uribe, paraco, el pueblo está berraco!”. Liquidar el patriarcado para erradicar el machismo, la violación, los feminicidios, “y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía”. Una Colombia multifacética: cantos y danzas sin discriminaciones. Denunciar la crisis climática y, a lo Greta Thunberg, hablar de ciencia, ética y acción política. “¡El pueblo no se rinde, carajo!”. Paz. Justicia. Libertad. Un gobierno menos bobo, un presidente menos pintado en la pared, unos ministros menos alienados de la realidad. “Qué hijueputa calor, ¡qué hijueputa calor, pero más hijueputa es el presidente de la nación!”. Blindadas con celulares y salvaguardadas por un coraje ancestral, estas multitudes de nietecillos de mayo del 68 anhelan una vida sin violencia, ni estatal ni paraestatal. Una vida en paz y amor.

Millares de ciudadanos marchan y marchan y marchan en vez de trabajar y trabajar y trabajar. Y los medios de comunicación, anquilosados y/o arrodillados, con excepcionales excepciones, se limitan a contabilizar dizque pérdidas en el comercio, a pedir que los manifestantes hagan bulla pasito y caminen por las aceras sin rayar paredes en obediencia pronta e inmediata como en el Opus Dei o en un cuartel de milicos. Hasta mí llega el eco de una consigna de esa época: “¡Cuenta bien, prensa vil, somos más de mil!”.

¿Estaré exagerando? A mí noviembre de 2019 me sabe a mayo del 68, cuando todos los demonios andaban sueltos y hasta los sacristanes de Notre Dame buscaban entre las gárgolas a Quasimodo para sobarle la joroba y recuperar la buena suerte perdida.

@EstebanCarlosM

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