33 – Juan José Hoyos

Manes y desamanes
del paro del 21 N

El paro nacional del 21 de noviembre organizado por las centrales obreras, los maestros, los estudiantes, los empleados judiciales, los indígenas y los partidos de oposición superó todas las previsiones.

A pesar del miedo y las noticias falsas desvirtuando la legitimidad de la protesta, cientos de miles de colombianos salieron a las calles de las principales ciudades a marchar en forma pacífica para expresar su inconformidad con la política económica y fiscal del gobierno del presidente Iván Duque y su proyectada reforma al sistema de pensiones presentada al Congreso por dirigentes de su partido, que busca desmontar Colpensiones y entregar el sistema a los fondos privados.

También, para defender el derecho a la vida, protestar contra los asesinatos de líderes sociales e indígenas y mostrar su desacuerdo con los bombardeos a grupos disidentes de las guerrillas en los que han muerto niños. Así mismo, para rechazar la débil implementación del acuerdo de paz, el desconocimiento de los compromisos en materia de financiación de la educación pública y el abandono de las comunidades indígenas que ha propiciado el asesinato de sus líderes y malogrado los proyectos de sustitución pacífica de cultivos ilícitos.

El presidente Duque y los dirigentes de su partido sostenían que las marchas de protesta hacían parte de una conspiración internacional que buscaba desestabilizar a Colombia y convertirla en un nuevo foco de revueltas parecidas a las que se han desatado en Chile y en Bolivia.

Sin embargo, con contadas excepciones, las marchas transcurrieron en forma pacífica hasta el final de la tarde, cuando empezaron algunos enfrentamientos entre encapuchados y agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía -Esmad- en la Plaza de Bolívar, en Bogotá. Horas antes, también se habían presentado incidentes parecidos en las universidades de Antioquia y del Valle.

Después vino el caos. El Esmad obligó a los manifestantes a despejar la Plaza de Bolívar. Los desórdenes estallaron con violencia en Suba y en los alrededores de la Universidad Nacional. Varias estaciones de TransMilenio fueron atacadas. En Cali, el alcalde decretó el toque de queda. Los disturbios en Bogotá y sus alrededores continuaron el viernes y, al final del día, el gobierno decretó el toque de queda.

Es cierto que una marcha de protesta no es una procesión de semana santa, pero son lamentables los saqueos, el vandalismo y los excesos cometidos tanto por las bandas de encapuchados como por algunos agentes del Esmad que atacaron injustificadamente a ciudadanos que protestaban de manera pacífica.

En medio de los desórdenes, me llamaron la atención algunas imágenes: por ejemplo, el puñado de muchachos que se dedicó a limpiar algunas estaciones de TransMilenio, casi destruidas por los vándalos; los estudiantes universitarios, empleados y comerciantes que el viernes salieron a limpiar fachadas, barrer calles y recoger vidrios por el centro de Bogotá; los estudiantes que se pusieron a recoger la basura en la Plaza de Bolívar y a limpiar los muros del Capitolio Nacional y el Palacio de Justicia, manchados con pintura durante los desórdenes del jueves. Al caer la noche sonaron las cacerolas. Desde las ventanas y los balcones de muchos edificios de apartamentos, la gente sacó sartenes, ollas y cucharones para seguir protestando de manera pacífica. Algunos volvieron a salir a las calles en pijama, cantando y gritando como si fuera una fiesta. El concierto empezó en Bogotá y luego se extendió a Medellín, Cali y otras ciudades.

Todavía es muy temprano para vislumbrar las consecuencias de esta protesta que no se veía en nuestro país desde hace más de 40 años. Lo que sí se puede comprender a simple vista es que Colombia es hoy un país distinto en el que la gente está haciendo oír con fuerza su voz. Ojalá el Gobierno tenga oídos para escucharla.

Publicado con autorización del autor en El Colombiano el 25 de noviembre de 2019

¿Un diálogo de sordos?

Mientras miles de manifestantes siguen marchando por las calles de Colombia por décimo día consecutivo, el gobierno del presidente Iván Duque ha intentado sin éxito iniciar una Gran Conversación Nacional para poner fin al malestar político y social que se ha apoderado del país.

Las marchas y las protestas con cacerolas han sido pacíficas en su mayoría, aunque han sucedido hechos lamentables como la muerte de un estudiante a manos de un agente del Escuadrón Móvil Antidisturbios, en Bogotá, y las graves heridas que recibió un policía durante un enfrentamiento con estudiantes ocurrido en Neiva.

La Gran Conversación empezó el lunes en la Casa de Nariño, cuando el presidente se reunió con los gobernadores y los alcaldes electos de los departamentos y las ciudades capitales.

Allí el presidente defendió el Plan Nacional de Desarrollo y la reforma tributaria de su gobierno. Camilo Romero, gobernador de Nariño, cuestionó la orientación que Duque dio a la reunión y acusó a su gobierno de “dilatar la solución de los problemas y convocar a unas charlas, pero no a un diálogo”.

“Son cosas muy distintas” dijo Romero. “En el diálogo estás dispuesto a escuchar y rectificar. En vez de eso, lo que ha hecho el presidente es pedir que se rodee al gobierno”.

Claudia López también dijo que los alcaldes y gobernadores electos no eran los voceros de los manifestantes y por lo tanto no era con ellos con quienes debería dialogar el presidente sino con los organizadores del paro. El martes, Duque se reunió con los representantes del Comité Nacional del Paro. En lugar de escucharlos, les propuso dialogar con los empresarios y los gremios. Molestos con su actitud, los miembros del Comité entregaron por escrito sus propuestas y abandonaron la reunión. La posición de Duque fue calificada por la periodista Patricia Lara como un intento de “dialogar con todos para no dialogar con nadie”.

El miércoles, el gobierno realizó la mesa de diálogo por la educación. Esta se llevó a cabo sin los representantes del paro, pues no asistieron ni los maestros, ni los representantes de los movimientos estudiantiles.

Ante el fracaso de los diálogos, Lidio García, presidente del Senado, promovió un encuentro de parlamentarios con representantes del Comité Nacional del Paro. Al final de la reunión, publicaron un documento en el que solicitaron al presidente reconsiderar su posición.

El jueves, tras una nueva reunión, el Comité del Paro envió una carta al presidente firmada por 300 representantes de organizaciones nacionales, congresistas y miembros de Defendamos la Paz, pidiéndole que atienda las peticiones de la ciudadanía y deje a un lado “el monólogo”. En la carta, el Comité propuso la creación de una mesa nacional de diálogo “incluyente, democrática y eficaz” en la que se traten cinco temas: 1) El pliego de peticiones de Comité Nacional de Paro sobre la política económica y social del gobierno. 2) La implementación integral del acuerdo final de paz y la posibilidad de explorar escenarios para retomar el diálogo con Eln. 3) El planteamiento de una política de seguridad donde se aborde el asesinato sistemático de líderes sociales. 4) Una reforma política y electoral para luchar contra la corrupción. 5) Medidas para garantizar los derechos de la naturaleza.

Dicen los diccionarios que un diálogo es una conversación entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas para lograr un acuerdo. También dicen que un diálogo de sordos es una conversación en la que los interlocutores no se prestan atención.

Ojalá el gobierno del presidente Iván Duque ponga fin a este diálogo de sordos en que se han convertido estos desencuentros de su Gran Conversación Nacional y acepte por fin el diálogo incluyente, democrático y eficaz que proponen las centrales obreras, los maestros, los campesinos, los indígenas y los estudiantes.

Publicado con autorización del autor en El Colombiano el 2 de diciembre de 2019

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