33 – Leonardo Gómez Marín

Yarumal, 1978. Técnico en Gestión de Recursos Naturales del SENA, asesor en proyectos ambientales y de formalización con diferentes empresas y organizaciones. Escritor, docente de formación técnica, consultor en proyectos ambientales y de movilidad entre 2012 y 2015. Ha publicado textos literarios, artículos de interés general en revistas especializadas y medios digitales. Actualmente se desempeña como Director Administrativo de la Cooperativa RECIMED.

La vida sigue

I

No es tristeza ni rabia, es una desazón permanente la que gobierna sus días. Por más que intente maquillar una sonrisa en el rostro nada logra borrar la cicatriz en su aliento. A veces siente ganas de encender un cigarrillo, para tenerlo un momento en los labios y fingir que inhala el aire viciado. Pero se contiene, no tanto por las indicaciones de la cartilla o el video de la última cita médica, sabe que con el cigarro vendrán los recuerdos y lo que menos desea ahora es recordar.

Piensa en las palabras de su tío Hugo, el que iba a ser sacerdote, «una vida nueva es una nueva vida». Aunque que en su caso la frase no encaja totalmente, ahora su vida es casi su «vieja vida» antes de que llegara la enfermedad de Jean Paul y que ocurriera lo de Juan Felipe.

Intenta asirse a algún pensamiento nuevo para que esa idea del pasado se aleje, pero sigue ahí presente, entre el ruido monótono del concentrador de oxígeno. ¿Y si decidiera huir? ¿Si el deseo «paterno» de que Linda Mar abriera los ojos frente a la Costa Pacífica tuviera la posibilidad de convertirse en sueño, en vigilia, en recuerdo? Aún es temprano para que Linda Mar tenga recuerdos, los recuerdos son asunto de viejos. ¿O será que ella es como una «niña vieja»? ¿Será que todo es una trampa del tiempo para hacernos creer que la vida empieza y termina, cuando en verdad sigue su curso? «La muerte es solo un accidente» bromeaba antes Jean Paul.

Al fin un buen recuerdo, el de su abuela Margarita, que era como una niña llena de arrugas. Quizás la única muerte que ha podido asumir con absoluta tranquilidad. La abuela Margarita murió sonriente, en medio de un sueño agradable. Pero otra cosa es nacer, venir al mundo es como caer en medio del océano con el sol en su cénit. ¿Habrá algún niño que abra sus ojos sin proferir una maldición por su desgracia o, todos, sin distingo de raza, vacían

sus pulmones en un grito desgarrador de auxilio? Tal vez auxilio es lo que Alba necesita para salir de ese pozo de miedos y recuerdos que la ahogan. No tiene mucho a qué aferrarse, aunque la relación con su tío es buena, hace mucho tiempo perdió la fe y las recetas que él le propone para el alivio incluyen siempre ese ilusorio ingrediente.

Desde la adolescencia solo se ha tenido a sí misma. Y ahora a Linda Mar. Aunque siente que aquel deseo pasajero de «dar a luz», como a veces le decía Jean Paul bromeando con los significados de su nombre; aquel embeleco de adolescencia de acunar en sus brazos fue también una mentira, o por lo menos un deseo muy débil que de algún modo fingió avivar cuando sintió que cumplir treinta años la lanzaba al vacío y la podría hundir en soledad tormentosa. Lo paradójico es que ahora, tres años después, cuando se ve en el espejo y sabe que allí está «ella» se siente igual que si no tuviera a nadie cerca. Cuánto añora la tranquilidad de su madre que, sin ser una cantera de ternuras y abrazos, las dejó ser y hacer a ella y su hermana, casi todo lo que estuvo a su antojo, no por desinterés o apatía sino por la convicción profunda de que ambas debían vivir su propia vida.

Falta ver si Linda Mar querrá también «hacer su vida» o buscará cobijo en sus alas. Apenas tiene seis meses de vida y es pronto para las cábalas o para los pronósticos astrales de Jean Paul. Además, después del «accidente» de Juan Felipe nada empezó a tener sentido para ninguno de los dos; o mejor para ninguno de los tres. Ahora cualquiera de los escenarios y mundos posibles que baraja en su mente incluye a Linda Mar como protagonista. Hace cuatro meses se tenían ellos dos y se abrió un universo de posibilidades para el momento en que Jean Paul partiera, después llegó Juan Felipe, luego Linda Mar y algo empezó a cobrar sentido pese a lo absurdo que fue todo aquello de la «sangre de mi sangre» y el último deseo. Ahora están solo ellas dos y Jean Paul, que en cualquier momento podría salir del coma o podría convertirse en un punto final.

Es tarde, el ruido de la calle es casi imperceptible y la llovizna parece que se ha detenido. Mira el rostro que a veces se congestiona para balbucear algo ininteligible. Suspira. Las líneas saltarinas de la pantalla no muestran ningún cambio como para llamar a la enfermera y sentirse menos sola en aquel cuarto en penumbra.

Mira el reloj, son las ocho de la noche. Se calza las sandalias que dejó a un lado del sillón. Entra al baño y evita encender la luz para no «despertar» a Jean Paul, mientras acomoda un poco el cabello. Un retoque con el pintalabios. Toma el bolso de flores color lila que Juan Felipe le obsequió en el segundo encuentro. Alista la sombrilla y el dinero para el taxi.

‒Hasta mañana, mi amor ‒murmura al oído del hombre dormido mientras le acicala la cabeza y la mejilla sin afeitar.

Nadie contesta. Cierra la puerta con cuidado y se aleja con los pasos imperceptibles de un felino al acecho.

II

Cuando lo dijo por primera vez sonó como un buen chiste; o por lo menos un comentario menos amargo pese al veneno que Jean Paul solía diluir en su humor refinado y recurrente.

‒Es en serio ‒dijo suavemente, mirándola firmemente a los ojos.

‒¡Estás loco!

‒Enfermamente loco y locamente enfermo ‒añadió en un tono acongojado.

En ese instante ingresó Juan Felipe a la habitación y ambos lo miraron al tiempo, como si en su rostro fuesen a encontrar la respuesta a todas sus preguntas. Era la tercera o cuarta vez que Alba lo veía, pero sabía casi tanto de su vida como de Jean Paul.

‒¿Pero qué coño os pasa? Tenéis una cara de tragedia que no la soporto. Venga acá esos cinco, chaval, que te vas a levantar muy pronto de esa puta cama.

‒Eh, dejad esas putas palabras Caballero de Los Osos que escandalizáis a esta bella dama ‒contesta jocosamente el enfermo e intenta levantarse para el acostumbrado abrazo.

‒Si no puedes escuchar mis… ‒ve el gesto de amoroso regaño en la cara del enfermo y cambia repentinamente el sentido de su expresión: ‒mis lindas palabras, te pierdes estas bellas rosas que son para una mujer preciosa, no para una nena con barba de náufrago, que lleva más de dos meses haciendo moña.

Se acerca a Alba y la abraza con generosidad sin soltar las flores. Ella se dispone a recibirle y a cederle la única silla de la habitación.

‒Tranquila, Albita, no te muevas que yo pongo estas flores por allí y me voy a meter entre las sábanas de este tío a ver si no le da vergüenza que le coja las bolas y se levanta de una buena vez. Recordadme luego que en la maleta me he dejado vuestro regalo.

Jean Paul y Alba se miran de nuevo. Pese al entusiasmo que representa tenerlo cerca, en sus rostros sonríe la tristeza. Juan Felipe es un tipo agradable, que logra acomodarse sin mucho esfuerzo en el corazón de la gente. Tiene un porte y un encanto natural que los años de residencia en España le han ayudado a decantar, pese a que todavía conserva el «mal hablado» de su padre y sus tíos. Entre el castellano y el antioqueño arrastrado hace unas mezclas tan variopintas como sus platos «a la medida», que combinan los sabores más exquisitos de ambos continentes. Es chef en un restaurante de Barcelona, donde vive hace dieciséis años.

Jean Paul es colombiano, también, su abuelo fue un fotógrafo y aventurero francés que nadie sabe cómo vino a parar en el altiplano del norte de Antioquia y allí fijó para siempre sus ojos memoriosos de paisajes y rostros. A los diecinueve años, Jean quiso encontrar los rastros de su abuelo en Nantes; su nombre compuesto y su apellido hicieron más fácil todo el papeleo de pasaportes y aduanas, lo difícil fue adaptarse a una región tan cerrada culturalmente que no escatima en sutilezas de tono y sintaxis para rechazar a aquel muchacho de cachetes rojos que si bien parecía holandés resultaba auténticamente latinoamericano con sus hijueputazos y el «Sí, güevón» en cada respuesta; además de un atisbo de barba que le confería ese aire de campesino colombiano, acostumbrado a ver la salida y puesta del sol desde un ordeñadero. Por eso migró a España, donde se sintió más a gusto al escuchar su lengua, así fuese tan distinta en acentos y giros. Y luego de vagar entre un empleo y otro fue a dar al restaurante donde trabajaba Juan Felipe.

Mientras vivieron en Colombia ni «por casualidad» se vieron en el pueblo o supieron de sus familias, pero en la distancia entablaron una amistad tan cercana que rayaba con los lazos de sangre. Si bien el chef pudo ejercer un rol dominante sobre el encargado del aseo y las encomiendas, el hecho es que desde los primeros meses de haber coincidido en aquel lugar se trataron como iguales, cómplices y confidentes en el exilio. Se quisieron con el amor de dos hermanos o dos primos pequeños cuya edad difiere muy poco, pese a que, al inicio de esos años en Barcelona, Jean Paul tenía treinta y cuatro y Juan Felipe apenas veintitrés años.

El mayor acolitó el tardío despertar sexual de su amigo, presentándole a varias amigas de fiestas y farras. Hicieron dos viajes por el centro de España y alguna vez estuvieron juntos en Marruecos, sin que para entonces ninguno mostrara interés en formar una relación estable con alguna de las mujeres con las que flirteaban frecuentemente.

Siete años después, en uno de sus viajes que solía hacer en motocicleta cuando estaba de vacaciones en Colombia, Jean Paul quedó prendado de una trigueñita de ojos verdes a quien conoció en un pueblo del Quindío. Y como si la genética de su abuelo lograra de nuevo su efecto en América, decidió abandonarlo todo en España y regresar al país para vivir con Alba el mayor número posible de atardeceres venideros.

Lo que no imaginó era que tales días estaban contados y por alguna de esas extrañas alineaciones planetarias que él tanto mencionaba para justificar sus yerros, sumado a sus excesos con el vino y las carnes frías, el idilio habría de durar apenas tres años, al cabo de los cuales un cáncer de esófago vino a truncar sus propósitos. En esos treinta y seis meses podría decirse que se gastaron las reservas de vida que él tenía y el cúmulo de sueños que en ella apenas afloraban. Viajaron por todo el país conociendo cientos de pueblos, hicieron amigos desde Buenaventura hasta la Orinoquía, fueron a cuanta fiesta o baile se organizó en las ciudades donde vivieron, lograron alguna prosperidad económica con varios negocios en los que invirtieron los ahorros de Jean Paul y hasta un par de intercambios culturales en México y en Ecuador.

Un deseo dormido estaba en su mapa de sueños cuando el cáncer mostró sus dientes: Jean Paul quería tener una hija. Al principio tuvo miedo y no supo descifrar si era un profundo temor a la responsabilidad que demanda una familia o era, tal vez, un presentimiento incubado en su pecho de enfrentarla a un vacío como el que dejó el padre de Alba cuando las abandonó.

También pensó que a su edad sería un abuelo y no un padre para Linda Mar. Y hablaba de aquella hija con nombre propio mucho antes de concebirla, desde los veinte años tenía claro que así se llamaría. Lo que no tenía previsto era que su enfermedad se agravaría en menos de veinte días, reduciéndolo a una cama de hospital y cambiando su aspecto radicalmente.

Entre cirujanos y dietas insípidas, el sueño de ver a Linda Mar saltando a su alrededor, o por lo menos sentirla jugueteando en el vientre de Alba, se esfumó por completo. Hasta que luego de mil enredos y complicaciones en aduanas y oficinas de inmigración, llegó Juan Felipe aquel sábado de noviembre a la habitación 201 de la Clínica CES, cerca de la Estación Prado del Metro.

III

‒Pero, ¿cómo coños quieres que haga eso? ¡Joder! ¿Tienes el cerebro hecho tortilla, Jean? No puedes tragar tanta heroína, güevón.

‒Eres sangre de mi sangre y mi último deseo…

‒No seas gilipollas, tío, que te vas a parar de esa puta cama, hombre.

‒…

Las lágrimas resbalan por el rostro congestionado. Intenta ser adusto y tiene la ternura de un muchacho imberbe. Se siente incapaz de soportar la mirada impasible de su

amigo. Sabe que a él no logra llevarle la contraria o defender al menos el más nimio de sus argumentos. Si hasta borracho, Jean fue siempre un hombre totalmente cuerdo y obstinado.

‒¿Ahora quién es la nena que no merece flores? ‒dice entre risas que le producen algo de tos y le hacen estremecerse en un gesto de dolor. Tiene una postura fetal, con las manos a la altura del pecho en una especie de ruego.

‒No puedo… no puedo hacer eso. Pídeme cualquier otra mierda de deseo, pero no ese. Prometimos no enredarnos en las mismas faldas. ¿Ya te olvidaste?

‒¿Es por eso que no quisiste venir el año pasado? ¿Te daba miedo enamorarte también de Alba?

‒A ver, cabrón, cuando te vas por la derecha yo me voy a la izquierda. ¡Primero una paja que una maja!

‒¡También te encanta, gilipollas!

‒Pero qué coños dices…

‒Venga, tío, que es una mujer hermosa e inteligente, no te estoy pidiendo que te acuestes con una bruja. Es con Alba que…

‒¡Por eso, güevón! Es tu luz, la bella razón por la que dejaste la vida de putas que llevábamos en España. ¿Cómo esperas que te diga que sí?

En ese instante ingresa Alba a la habitación. Juan Felipe abandona la silla y la abraza sin decir nada. Luego se acerca a la ventana y contempla por un momento el paso del Metro en dirección Niquía, bajo la luz ambarina del sol que se oculta en el cerro del Padre Amaya.

Ella viene de reclamar los últimos exámenes y hablar con el médico de turno. El tumor está más expandido de lo que imaginaban. Intenta una sonrisa, pero cuando ve que en los rostros de ambos hay lágrimas también rompe en sollozos.

Se quedan por un momento en silencio, mirando hacia el vacío. No necesitan decir nada. Ella sabe de qué hablaban y ellos intuyen lo que le ha dicho el médico.

‒Venga, Albita, tomemos un café y dejemos dormir a este tío, que se le está floreando la cabeza ‒dice Juan mientras se acerca hasta la cama y acaricia suavemente la barbilla de Jean Paul. Él extiende su mano huesuda a la que está adherido un catéter estorboso, y agarra los dedos como un niño a su padre. Tiene una mirada de súplica que Juan Felipe no puede soportar. Y agrega con voz de fingida molestia: ‒Ya deja la maricada, Jean, que nos puede ver tu esposa.

Ella sonríe, se acerca y besa a Jean Paul en los labios. Lo besa con ternura, pero es como si besara la estructura metálica de la cama.

‒Aquí esterilizan hasta los besos, van a tener que buscar a Linda Mar en tierra caliente ‒dice Jean Paul intentando una broma, y agrega poco antes de que ambos cierren la puerta: ‒Eh, chicos, recuerden que la vida es un deseo, la muerte es un accidente.

Septiembre de 2019.

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