33 – Luis Alberto Cruz

Acacías, Meta, 1949. Médico y cirujano de la Universidad de Antioquia. Especializado en Hermenéutica literaria, Universidad EAFIT. Cuarto puesto en el concurso nacional de cuento 2003 de UNAULA. Segundo puesto en el ensayo de historia de la Cooperativa Médica de Antioquia (Comedal). Participó en los talleres de Mario Escobar Velásquez y Luis Fernando Macías (al que asiste actualmente, en Comedal). Tiene en proceso su segundo libro de cuentos, y una novela.

ISBN: 978 – 958 ‒ 48 – 6616 – 5Fallidos Editores, Medellín,   Colombia. 2019

Muerte en la rueda de Chicago

Cae la tarde y los muchachos esperan al jefe, a la orilla del caño gramalote, saben que llega, no se pueden ir, la pandilla conformada por cuatro muchachos: Pedrito, José, Carlos y Olivo, de nueve, once, catorce y dieciocho años respectivamente. Los tres primeros estudian en la primaria y Olivo sin oficio conocido.

Sus aguas serpentean turbias, sucias y hacia los recodos se hace esferas de espumas. ! No se bañen donde hay espuma, que les salen verrugas! – dice Pedrito‒.

El caño Gramalote nace en la cordillera Oriental y atraviesa el pueblo de norte a sur, pasa cerca al Hospital San Luis de Monfort y sus aguas inocentes recogen los excrementos de los pacientes tuberculosos que llegan allá.

Los chiquillos retozan en la playa del caño y sucios de lanzarse bolas de arena se hunden en las plácidas y pestilentes aguas.

‒ Cierren los ojos, los labios, y aprieten las napias para que nos no entre la tisis‒ dice Carlos.

De pronto como un espanto aparece Olivo, iracundo, les tiene prohibido bañarse en esas aguas y como si sus manos fueran garfios, los toma de sus cabellos y ¡zas! a la orilla van a parar,  les golpea la cabeza con los nudillos de los dedos de la mano derecha y los patea varias veces.

‒¡La próxima vez que los sorprenda bañándose en estas aguas, no respondo!‒ grita Olivo enfurecido‒.

Olivo es un joven macilento, de 1.80 metros de estatura, con el ojo izquierdo desviado, su mirada refleja pánico, es el jefe de la pandilla de la “calle tapada”.

Cuando termina sus fechorías sale caminando con las manos en los bolsillos de su chaqueta, silbando como si no hubiera hecho algo malo.

Hacía poco había regresado de prestar el Servicio Militar; todos esperaban que su comportamiento hubiese mejorado, pero no, lo habían expulsado del ejército por cleptómano.

Olivo vive al final de la calle, por la parte posterior de su casa baja el arroyo Gramalote, abajo está el puente que une la carretera que atraviesa la ciudad de occidente a oriente y debajo de éste tiene su escondite. Olivo ha bajado y subido muchas veces a ese lugar y lo hace a través de un barranco empinado, en ese trajinar ha hecho escalas naturales, las cuales se camuflan con matas de Higuerilla, nadie conoce el camino excepto Olivo y su pandilla.

‒Mañana tienen que madrugar. ¿Entendieron el plan? ‒ replicó Olivo.

Ese día en la madrugada, cuando se desplazaba el carro de la panadería de Doña Concha, fue asaltado y desocupado por la pandilla de Olivo. Ella lloró amargamente y la tristeza navegó en sus lágrimas por varios días.

Es de anotar que Olivo, durante su niñez, no conoció afecto alguno, excepto el de su abuela, ella nunca tuvo conocimiento de sus travesuras;  “Mi nieto es el mejor joven del pueblo” ‒ decía la abuela‒.

Olivo decidió una noche llevarse a los chicos a una casa de furcias, llamada “La Casa de las Muñecas”. Carlos, joven lacho se fijó en Carmenza y en medio de la trapisonda se cruzaron miradas enfurecidas, entre él y su jefe. Carlos, incauto quiso estampar un ósculo en la mejilla de la mujerzuela, pero, cayó derrengado al piso, recibiendo un puñetazo. Atontado, recordaba que Olivo era su jefe, lo respetaba, pero, diferente a los otros chicos, no le tenía miedo. Se armó de una navaja y la descargó sobre la testa de Olivo. Un hilo de sangre pinceló su rostro, éste se contagió de ira y le lanzó una serie de improperios.

Ya en la calle, Olivo, con puñal en mano, arremetió contra Carlos y la muchedumbre le gritaba con sorna: ‒ ¡Aprovechado! ‒ y el puñal sin querer abrió dos heridas por encima del ombligo; luego cayó una garúa fría, excusa ésta, para suspender la pelea.

El plan estaba trazado, el próximo viernes tenían que desocupar el camión cargado de refrescos que venía de la capital. La compañía esperaba abrir plaza en ese pueblo.

El camión se estacionó sobre la calle principal, a cuadra y media de la calle tapada. Serían las nueve de la noche, el camión estaba carpado del todo, acompañado de un vigía forzudo, que se recostaba sobre un vetusto poste de la energía, cuya bombilla irradiaba una luz tenue, amarillenta. Era una noche oscura propicia para las intenciones de Olivo y su pandilla.

El vigilante hizo varias rondas al camión,  inspeccionándolo tanto en la parte trasera como delantera; prendía y apagaba la linterna, pero, la noche triste y callada invitaba a la reflexión. Iban siendo las diez de la noche, cuando la luz escasa del pueblo se extinguió al apagarse la planta eléctrica. La noche se inundó de luceros y las candelillas con su lumbre intermitente alumbraban en la oscuridad.

El cansancio y el frío de la noche hicieron que el centinela recostara su cuerpo contra la pared, deslizándolo lentamente hasta que su trasero se posó sobre el andén. Se resistía a dormirse, pero, podía más el sueño; el movimiento de su cabeza, se asemejaba a un péndulo, lo hacía en dos tiempos y cuando el mentón dibujaba el final de la parábola, gañía e instantáneamente abría los ojos y con sorpresa levantaba la cabeza.

A una cuadra estaba Olivo y su pandilla, éste gesticulaba y manoteaba con sus brazos, señalaba los puntos estratégicos:

‒Pedrito, debe quedarse aquí, si viene la policía ya sabe…haga el santo y seña. José debe estar pendiente del vigía. Carlos estará al lado mío‒.

‒Tengo miedo ‒ dijo en voz baja Pedrito‒.  Al miedo no le han puesto calzones‒  contestó el jefe‒.

‒¿Y por qué vamos a robar?, –preguntó José‒.

‒No sé, ‒dijo Pedrito‒  pregúntale al jefe.

‒ Ah sí… para que me sacuda – replicó José.

–Viéndolo bien, no quiero probar esos refrescos‒ dijo Carlos‒.

Olivo, organizó los chiquillos en fila india y les dijo con enojo: ‒¡No podemos quitarnos!‒.

Uno a uno, los miró y los bañó con una mirada fiereza.

–Jefe, ¿tiene miedo? ‒preguntaron los chiquillos‒. 

Yo…., ‒titubeó‒…, ¿por qué?  ‒Está nervioso y suda frío‒ concluyeron‒.

Los vio tiernamente, extendió sus brazos sobre los hombros de los chiquillos, les pidió que miraran al cielo y oraran. ‒ No va a pasar nada ‒ concluyó‒.

‒¿Y si nos coge la policía? – Preguntó Pedrito‒.

‒Estén tranquilos, ustedes son menores de edad y a las 24 horas estarán libres, si es que nos cogen.  Ya saben,  ocupen sus puestos‒.

Olivo y Carlos caminaron hacia el camión en punta de pies con gran sigilo, en medio de la oscuridad, para no despertar sospechas. Olivo, a menos de un metro de la parte trasera del camión sacó su navaja y cortó la carpa en un cuadrado. Se colgó con su mano izquierda de la parte superior de la compuerta, su cara se llenó de alegría al ver el camión lleno de bebidas y con su mano derecha empezó a sacar refrescos de diferentes sabores.

Carlos hizo con prudencia varios viajes cargando a sus espaldas los refrescos hasta donde estaba Pedrito y de ahí ascendía por la calle empinada y luego volteaba a la derecha por la “calle tapada”, dejaba los refrescos a un lado de la mata de Higuerilla. Olivo se encargaría más tarde de bajarlos al escondite.

Los chiquillos ascendían hacia la “calle tapada”,  acompañados del silencio de la noche, escondiendo sus pisadas. Un perro negro, enteco, no cesaba de ladrar a la luna pálida y atristada. Los chiquillos creían que el único vigilante  que los oteaba era la luna que lentamente esparciendo sus rayos de luz  blanca para convertirse en faroles de estos caminantes, pero, en una ventana carcomida por el tiempo y la desesperanza una mujer atiborrada de insomnios,   de noches incontables fue testigo de la escena. Doña Nina no salía del asombro ‒¿Pedrito? ‒se preguntaba ‒ no puede ser ‒.

Al amanecer, los chiquillos fueron presa de la policía y uno a uno conducidos a la inspección. No ocultaron su descontento por el maltrato y la falta de respeto. De verdad sentían pena por lo realizado, pero, tenían un pacto, callar para siempre.  El policía de turno escrutaba con rabia la cara inocente de éstos pequeños imberbes y ellos eludían las penetrantes miradas del policía.

‒¿Por qué lo hicieron?¿Dónde tienen los refrescos?¿Quién es el jefe? ¡Esto les va a costar muy caro! ‒y no se cansaba de repetir su estéril discurso.

Los chiquillos se quedaron dormidos, perseguidos por el miedo y el cansancio de la noche anterior, afuera llovía, los arrulló el rumor de la lluvia.

No faltó el sapo que delatara a Olivo. ‒Me lo imaginaba‒ comentó el comandante.

‒¿Con que este jovencito es el jefe?‒ preguntó en voz alta.

‒Tiene varias entradas, pero siempre sale por falta de pruebas ‒repetía el policía.

‒¡Hay que buscar la prueba a como dé lugar!, porque éste carajito no se va a burlar más de nosotros‒ vociferaba el Comandante‒

En el primer día de retención, hacia la tarde los pequeños permanecían acurrucados con la cabeza metida entre las piernas. Afuera, una turba compuesta por familiares y curiosos, esperaban ansiosamente hablar con el Comandante.

Uno a uno fueron llamados al interrogatorio, pero la consigna era callar para siempre, así que el comandante tuvo que contentarse con el silencio. En una decisión inesperada los envió al más sórdido calabozo.

Una borrasca de personas hirientes caminaban por los alrededores de la inspección y Olivo  en una vetusta bicicleta se mimetizaba entre la caterva.

Era un joven impertérrito, le gustaba embarcarse en aventuras.

‒¡Ese es! – gritó el policía señalándolo con el bolillo ‒cójanlo, por favor‒.

Absorto se quedó por un instante, montó en su bicicleta y raudo partió como una gacela. Se formó una gran confusión y la radio patrulla fue incapaz de  partir, no prendió el motor.

Tres siluetas masculinas vestidas de camuflado perseguían al jovencito, en su veloz carrera perdió la cachucha, no había tiempo de recogerla, bajó  por “La calle de las funerarias” y luego hizo un atajo para caer a la “calle tapada”, los curiosos se asomaban por las rendijas de las ventanas y lanzaban dolidos improperios a la policía. Fatigado llegó a su casa, abandonó la bicicleta y sin pensarlo descendió al arroyo apoyándose en el árbol de Higuerilla. Ya era de  noche, noche tan silente, como el agua apestosa del arroyo y se sumergió para olvidarse del miedo que le perseguía. Los faros de la policía rastreaban sin cesar, pero, las malolientes aguas eran aliadas de Olivo y en medio del silencio y la oscuridad lo llevaron al otro extremo del pueblo. Uno de los policías se rascaba la cabeza, como señal de preocupación – maldita sea la suerte, ‒ se lamentaba‒ se nos escapó ‒. Luego se propagó una capa fina de silencio absoluto que envolvió sus rostros lánguidos.

Los niños en el calabozo navegaron rápido en un sueño duradero y profundo.

Pedrito empezó a soñar que el jefe lo llamaba, le imploraba que le ayudara, le tiró de la mano derecha tan fuerte que lo despertó y expresó en voz alta:

‒¡Huy…el jefe está en peligro! ‒.

‒¿De qué habla tonto?‒ replicó Carlos–

‒Duérmete ‒ dijo José –.

Cuando Olivo emergió de las aguas, su respiración estaba alterada, se sentía cansado, recostó su cuerpo en la arena, y con los brazos en cruz y los ojos medio abiertos miraba el firmamento. El fulgor de la luna se filtraba a través  de la penumbra, su pensamiento estuvo extraviado por un instante. Ya enhiesto inició el ascenso a tierra firme, hizo una pausa, inspiró profundamente hasta llenar sus pulmones. Cuál sería su estupor cuando la noche oscura se transformó en un escenario fúlgido, era tanto el resplandor que sus ojos se encandilaron, estaba atontado con el espectáculo multicolor que se presentaba.

‒¿Es una ciudad de hierro? – se preguntaba–.

Inició el recorrido escrutando y nombrando para sí las diferentes atracciones, le bastaba con levantar su mirada y en los rótulos luminosos que caminaban en círculos veloces, leía: Carrusel, Montaña Rusa, Castillo del Terror, El Huracán y La Rueda de Chicago.

Se solazaba con el espectáculo, caminaba despacio, anonadado con la cáfila de gentes y cosas. No salía del asombro al ver que un hombracho con una máquina centrífuga le arrojaba azúcar y obtenía maravillosamente bombones de algodón rosado.

Caminaba lento, se mimetizaba entre hombres, mujeres y niños. Se detuvo por un instante y se situó frente a la máquina que hacía palomitas de maíz, se embelesó con las crispetas que saltaban alegremente al ritmo de la llama, pero, su boca se convirtió en un mar, se saboreaba, pero, se contentaba deglutiendo saliva, no tenía dinero. Continuaba con pasos sigilosos, se sentía triste, nervioso, temeroso a pesar de sentir aire de fiesta en la “Ciudad de Hierro”.

Tenía el presentimiento de que lo acechaban, volteó su mirada con disimulo y se percató de que a veinte metros la policía lo perseguía, como un tragaleguas emprendió la huida, parecía una bestia asustada. En medio de la confusión, se detuvo frente a La Rueda de Chicago, la flirteó por un instante, burló al vigilante y en una peripecia inolvidable cayó sentado en uno de los asientos colgantes, no tenia redaños, creyó haber asegurado la palanqueta, inició trémulo su viaje fatídico, Olivo era un muchacho que gozaba con el vértigo. La rueda iluminada por bombillos de diferentes colores aceleraba la marcha. El maquinista operaba los controles eléctricos, le imprimía velocidad, Olivo allá arriba se mofaba de los policías y cuando descendía sentía miedo al pasar cerca de ellos. En sus giros las ilusiones subían y bajaban, pensaba en muchas cosas, se deleitaba con la noche y el contoneo de los luceros con la luna que coqueteaba. Pero, en la vida, como no existe dicha plena, en lo alto se destrabó la palanqueta, su carita se llenó de horror, los gritos de terror inundaron el espacio, luego vino un silencio oscuro, la gente corrió a auxiliarlo, pero, él yacía en el suelo con su corazón atravesado por una varilla, lo voltearon, pero, su pecho estaba ensangrentado,  alguien levantó su cabeza y en el fondo de su mirada aleteaba la  melancolía, en los últimos instantes de su agonía lo alzaron, le daban palmaditas en la cara para aliviarle el dolor, pero el muchacho no reaccionaba, estaba muerto. La policía con pasos sigilosos se esfumó del lugar.

La abuela se encargó de las vueltas del entierro, fue velado en la sala de su humilde morada, afuera alguien tocaba el cuatro, sollozaba una mujer y unas pequeñas e inocentes niñas  jugaban a la golosa, el viento se encargó de regar la noticia de la muerte de Olivo, los curiosos entraban y salían, la gente desfilaba alrededor del féretro con caras mohínas y alargadas. No faltó la chismosa que expresara: ‒Es el primer muerto en la ciudad de hierro que yo recuerdo, viéndolo bien, es mejor muerto que vivo ‒ concluyó – y se alejó del lugar.

Los chiquillos abandonaron la inspección, ya que nada se les comprobó y como jumentos corrían por las calles. Cuando llegaron a la “calle tapada” percibieron  la nostalgia del lugar, la soledad a montones los acompañaba.

Golpearon varias veces con la aldaba la puerta de la casa de Olivo y no se abrió, a un lado, en el andén una niña de 7 años hacía de guardia, vestida de blanco angelical, jugaba con su muñeca sucia y raída por el tiempo, tenía una sonrisa mustia y en los prolongados túneles de sus ojos navegaba la nostalgia, la acompañaba un gran mocarro y en una posición incómoda mostraba su inocente crica, Carlos quiso detenerse, sus ojos se avivaron como la llama que crece sacudida por el viento, se sonrosó, pero prefirió seguir de largo.

Los carteles de la funeraria estaban recostados en la pared, los leyeron detenidamente y con el roce de la punta de los pies abrieron la puerta amablemente. En el interior de la sala, la abuela estaba recostada en una poltrona, vestida de negro, callada, no movía los ojos, permanecía en un estado de resignación y tristeza.

En un rincón estaban amontonados los ciriales, los lirios y las azucenas, su mente daba vueltas, hablaba en voz baja y se lamentaba de que su nieto hubiese muerto de esa manera, miraba fijamente un punto, parecía hipnotizada.

Se levantó y caminó hacia el solar exhibiendo su gruesa espalda – maldita policía ‒ replicaba.

Los pequeños comprendieron todo, su jefe había muerto. La pena y el dolor no les permitía caminar, Carlos apoyó su mano sobre el hombro de la abuela, pero, no tuvo palabras para expresar su dolor. Con una mueca de tristeza aprobaron su acompañamiento, cada uno estampó un beso en la fría mejilla de la abuela. Luego, se retiraron pausadamente y con asaz remordimiento.

MACEVA

Agosto, 2003

luiscruzviveros@gmail.com

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