34 – Crónica de Luis Tejada

La tiranía de los microbios[1]

Esta mañana he leído por casualidad una excelente crónica del doctor Alfonso Castro, publicada hace varios días. Se dicen allí cosas muy hermosas a propósito del agua y de su influencia regeneradora sobre los pueblos. Para nuestro distinguido facultativo, la fórmula del progreso se reduce a esta bella y sencilla palabra: agua.

Muy bien. Soy partidario del baño cotidiano y creo que todo buen ciudadano debe, como Poncio Pilatos, lavarse espiritual y maternalmente las manos, con cierta necesaria frecuencia. La limpieza moderada y suficiente es amable, y puede hasta ayudar a conservar la salud. Como no es dudoso que ayude a conservarla también la suciedad.

Existe la voluptuosidad de bañarse y estar limpio, como existe la voluptuosidad de no bañarse y estar sucio. Todo es cuestión de gustos, de educación y de medio ambiente. Sin que quiera yo decir que el buen gusto o la buena educación estén por una parte o por la otra. Conozco en las ciudades abigarradas de la Costa, negros humildes que viven entre el fango y retozan en el polvo, y duermen en las ennegrecidas aceras y, sin embargo, están siempre fuertes y robustos, y tienen unas bellas musculaturas de bronce que darían envidia a los hércules legendarios; también he visto en las sombrías ciudades de las altiplanicies, eminentes doctores que se conservan muy rubicundos y alegres dentro de sus gabanes grasientos, y que, sin duda, han sentido muy pocas veces en sus carnes hidrófobas la caricia purificadora del agua. ¡Y todos viven muchos años!

Pero yo deseaba hablar en general de la higiene, no de la higiene discreta y familiar que cada uno debería practicar en su persona y en su casa, sino de la Higiene, con mayúscula, convertida en tiranía oficial con sus cloros y sus gases y sus vacunas. Todo aplicado a domicilio con o sin el consentimiento de la ciudadanía.

Yo no sé si hace siglos moría más gente que hoy, a causa de endemias y epidemias; no sé si las famosas pestes de la Edad Media provocarían hecatombes espantosas como las que ha provocado la gripa ahora en pleno siglo de refinamientos químicos. ¡Seis millones de muertos en seis meses! No sé nada de eso. Sólo me han dicho que en los Estados Unidos es donde se practica la higiene con la escrupulosidad más inverosímil. Refieren que en las calles de Nueva York no es permitido arrojar una colilla de cigarrillo sobre las baldosas, y que algunos sabios inminentes han llegado hasta predicar la abolición del beso ‒ese delicioso intercambio de microbios. En la guerra inmisericorde que se le ha declarado al bacilo, se toman allá las más estupendas precauciones; los laboratorios y las clínicas se fundan con magnificencia inimaginable y cada multimillonario tiene buen cuidado, al morir o al nacer, de proveer a la creación de una, dos o tres de esas instituciones científicas donde millares de hombres buenos encanecerán buscando la huella invisible de las bacterias. Y sin embargo, ¡cuando ceñudos profesores americanos logran exterminar en el mundo el microbio de la fiebre amarilla, aparece en los Estados Unidos alguna enfermedad nueva; por ejemplo: la parálisis infantil! ¿No es esto una venganza de los dioses crueles?

Antes la vida era sencilla y plena; se ignoraba que escupir en el suelo podría constituir un atentado contra la raza; el agua se bebía en el cuenco sudoroso de la mano, tal como surge de los laboratorios nada limpios y poco escrupulosos de la Naturaleza, y los hombres eran fuertes y alegres y fecundos y vivían largos años. Hoy la vida se ha hecho compleja y deficiente; al miedo a los dioses celestes, a lo desconocido de ultratumba, se ha venido a sumar este otro terrible miedo a los invisibles dioses sanguinarios que andan en nuestras venas, que viven en nuestro vino y en nuestro pan, que acechan en los dulces labios de la amada y en la mano que nos tiende nuestro mejor amigo.

El Espectador, “Mesa de redacción”, Medellín, 12 de abril de 1920.


[1] Esta es una de las reflexiones de Tejada que ocupa varias crónicas. El tema parece tener inicio con “Este cigarro”, El Espectador, Bogotá, 6 de julio de 1918.

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