34 – Georges Weinstein cuento

Corvis, el elegido

Muchacho, así me decían los parceros y no me daba risa, tampoco me molestaba. Lo que si me enfurecía era pasar a solas los ratos que antes disfrutaba en el parche.

Esa tarde, y luego de dieciocho días de encierro, en plena temporada del virus, sobresaltado daba vueltas alrededor de la cama.

Estoy contando mi historia. Pero yo le cuento a un señor que sabe…, y él escribe lo que él llama «el ambiente del relato», y lo adorna con frases bonitas. El man dice que lo mío va en primera y lo de él en tercera persona. ¡Yo no entiendo nada, pero dejo que él dirija, como si fuera el chofer de la jaula que vive tres cuadras más arriba!

(Cuando la penumbra se recuesta en las noches, y el bullicio enciende la avenida central con el ruido fugaz de carros y motos, con el encuentro de gente intercambiando sus voces, con los parceros charlando en su acera de siempre… ¡eso es vida!: La esquina, reuniendo individuos y grupos que, con la brisa, socializan los chismes).

Por momentos me apartaba y mi mano izquierda dolía al golpear los ladrillos, en un borde de la ventana que entreabierta batía las alas, haciendo ruido como si se fuera a desbaratar. Para tratar de calmarme, daba saltos tratando de pegarle a una viga del techo, y aunque soy largo y ágil –flaco, como una aguja– no la alcancé. En mi desespero repetía insultos contra el alcalde que decretó la encerrona. ¡El parche es mi vida!

Ante tal alboroto la cucha exclamaba:

–Éste muchacho está loco, ¡y sin oficio!, ¿por qué mejor no se inventa la forma de hacer alguna cosa?

–¿Y cómo salgo? –respondía, no ve que estoy como ratón acechado por gato.

 –¡Siempre sacando disculpas!

–¡Pero cucha!, ¿qué hago si no me dejan ir a la esquina del parche? –Allá,  los parceros no cuestionan ni repiten consejos, como aquí.

(Ahora, con el letargo de abril que retardaba las lluvias, todo era peor. Por suerte, cada día, al insinuarse la noche dejaba entreabierta la desvencijada ventana, para que una lámpara, desde la acera del frente, apoyara su luz –tenue como la luna menguante– en el muro desnudo del fondo. Y contra la pared sus manos, como cuando era un niño, intentaban hacer sombras chinescas. Que ya no recordaba).

La cuarentena era estricta ante el acoso del virus; pero allí, en la periferia pocos hacían caso o no se preocupaban; otros se hacían colocar «el chance»; creían que eso era solo por intimidar, que después nadie lo iba a pagar. Si no había plata pa mercar, menos…

Recuerdo lo que un man dijo con sorna: «aquí no matamos el sufrimiento y el hambre, pero sí esos bichos vienen…  ¡aquí se mueren! ¿Entonces, para qué nos joden tanto?, ¡hay que salir!».

Afuera debían permanecer solo los que tuvieran permiso, pero la calle me enviaba señales, y ante el deseo de conversar y parquiarme en la esquina ninguna norma podía quitarme las ganas, y la astucia me daba vueltas.

(Asomado contra los viejos barrotes –difuminados por el óxido que se va acentuando al contacto con el agua, que cae del alero y se desvía con el viento– observó por un buen rato a un caminante de calle que se gozó la mañana, dormido, recostado al poste de la lámpara de la esquina, la que proyectaba un haz de luz diagonal a la ventana e iluminaba su cuarto, al vaivén de la noche).

Al man como que lo despertaron porque casi no se para, y comenzó a caminar todo sonso, sin darse cuenta de nada. No sé de dónde la sacó, pero le dio por volear un pedazo de cuerda.

Por mamarle gallo le grité:

–¡Hey habitante de calle! ¿Qué hace afuera, no ve que está prohibido?

–¡Cuál afuera! –respondió, sin inmutarse siquiera–. ¿No ve que ai vivo yo. Ja ja.  Hace como diez años me vine de la casa, porque me pegaban mucho.

 –¿Qué va a hacer con ese lazo?

–Lo encontré en un jardín. Parece que se les voló un ternero– y dejó escapar una risotada (tal vez por su estado eufórico)–. Es para amarrar a mi perro, cuando se rebela y no obedece al amo.

(Ahora lo acompañaba un perro, mezcla de doberman con otra raza (indescifrable), macilento, porque debió sufrir una enfermedad grave. Estuvo echado a su lado, pero luego se paró y se fue a husmear a la vuelta de la cuadra. Quizás lo atrajo el olor de alguna carnicería cercana. Y acababa de reaparecer junto a la lámpara).

Yo no había visto ningún animal pero ahí estaba y ¡huy, se me prendió el bombillo!, y lo llamé: venga –le dije– ¿me presta el perro?

–¡Qué va, este es un can muy fino! ¡Se lo dejo acariciar si me da agua y un pan!

–¡Venga, yo miro si ese lazo no está partido!

(Con un gesto aprobó la trenza de plástico, de varios colores. De repente sus  pequeños ojos color nube adquirieron un brillo acentuado, fue a la cocina y trajo una botella con aguapanela y dos pedazos de pan. Sentado en el umbral de la puerta, Muchacho, puso en el suelo un pedazo de arepa untado con manteca. El perro luego de comer se sentó satisfecho, con la lengua afuera y el hocico levantado. Entonces –con el respeto que suscitan los cánidos– se atrevió a acariciarlo).

–¿Quiere más? Venga yo le ajustó la cuerda al cuello y lo amarro.

–Y ahora, Pelao, ¿cómo es el cruce? Porque lo necesito para hacer una vuelta; mañana, porque hoy está tarde.

–Se lo alquilo: ¡por horas!

–¿Cómo así? ¡Se embobó!

–Hagamos una cosa, ¡pa que vea que yo soy bien! Se lo dejo en ensayo y mañana vengo por él, pero si lo alimenta con carne.

(Una vez realizado el trueque, el habitante de calle continuó el viaje, ya sin sed y con el estómago acomodándose al primer entrenamiento del día. Ya la penumbra arropaba la tarde, y el perro durmió atado a un barrote de la ventana, para impedir que se fuera). 

¡Huy, me cogió la noche, van a ser las doce, y yo que siempre madrugo entre diez y once! Vamos a revisar al nuevo inquilino. Hoy tenemos mucho trabajo.

–¡Papá!, por necesidad o si no lo dejaba encerrado, no ve que usté también tiene que ser hincha del «Poderoso». ¡Dizque con un lazo de hilos blancos y verdes!

(Era día 23 de la ordenanza, y se organizó para salir. Al principio caminó con temor, pero luego de que dieron varias vueltas a la manzana se sintió poderoso. En la caseta de Gana cargó el celu con dos mil pesos de datos y averiguó bien lo que permitía la ley: «salir durante veinte minutos, para sacar a pasear a su mascota». Así entendió como resolver el problema. Se paró en la puerta y entró por una jarra de agua).

–Yo no sé cómo se llamaba, usté, pero lo voy a rebautizar: ¡Corvis!Tenga en cuenta que es un nombre muy especial, como de recordatorio. No sea desagradecido, ¡mueva la cola! Así, duro; ¡si le nace!

Desde las terrazas y ventanas de la cuadra me gritaban, los que estaban encarcelaos: –¡Muchacho!, vea que lo pueden coger esos tombos y lo colocan en un calabozo.  Yo me reía y les decía: –tranquilos que todo va bien. –¡Estos días les enseño la clave!

–Venga, Corvis, vámonos pal Centro, a ver qué tal se ve sin gente.

¡Qué cuca!, no conocía las estatuas que están en silencio en La Playa. Dizque “Mister James…Tyrrel…”. ¡Me da risa! ¿James? Hasta para guía turístico podría anotarme ahora. Sería capaz de aprenderme los nombres de estos cuchos, pa repetírselos a los gringos.

(Al otro día:)

–¿Quién  Es?

–¡Yo, el Habitante…!Vine por mi perro!

–Espéreme, pa que hagamos negocio.

–Resulta que tengo que ir a Guayabal, a donde una amistad, y necesito el perro. ¿Cómo vamos a cuadrar?

–Quedamos en que se lo alquilaba por horas. Cuadremos otra cosa: usté le da comidita y me paga cinco mil pesos.

–Vea, le doy dos mil y aguapanela y un pan, y lo más probable es que el trato se alargue, voy a aprovechar para conocer mientras dure el cuarentenazo.

(Un buen rato duraron las conversaciones y el regateo. Al fin se pusieron de acuerdo y pactaron tres días. «Palabra de caballeros»).

            Hoy hay que madrugar. ¿Baño a las 9? No le hace, tengo que echar pata hasta Guayabal. Voy a visitar a un amigo, y a ver que más se ve por ahí.

            –¡Qué viaje tan largo! ¿Corvis, le gustó? Yo no vuelvo por aquí, ¡ni por el putas!

–Hola compañero, ¿cómo vamos? Al fin le cumplí y aquí estoy.

–¿Huy y esa quién es?

–Ah, es mi hermana, que se creció.

–¡Mamacita! ¿Cómo se llama?

–¿Cómo…? Yo sé cómo la voy a poner: ¡Maruchas! Ese nombre le sale, ¿o no?

–¡Ah! Maruchas, le presento a Corvis, mi nuevo compañero. ¿Sabe qué? Creo que los tres vamos a ser muy buenos amigos.

(Y, Muchacho volvió el viernes y el sábado. Se había amañado visitando a Maruchas; y con ella los barrios).

–Hola Maruchas. ¿Nos acompañás? Hoy quiero ir a Zafra, a ver cómo es eso; y antes busco a un sollao que conocí en el centro y me dijo que vivía allá. Pero tienes que llevar al gato, por eso del permiso.

 –Sí, pero hay que tener cuidado con él, es muy alzao, se parece a un tipo que sale en los noticieros.

(Todo el día recorrieron las calles. Se sentían –y eran dueños del espacio– como dos astronautas… volando entre nubes y humo de porros… por toda la 30).

–¡Quí hubo!, ¿Cómo que se estaban demorando?

 –¡Sí, compañero! Nos quedamos recorriendo y charlando con unas amistades, y eso es  muy arriba, siempre queda lejos.

–¡Huy! Compañero, vea la hora que es, y para caminar con Corvis hasta la casa. ¿Será que me puedo quedar aquí, con la Maruchas? A él lo amarramos, y mañana madrugo…

(Luego, con el habitante… se pusieron de acuerdo con el arriendo –por tiempo indefinido–. Ya no importaba que el tiempo de cautiverio se adentrara en mayo, –mes en que las lluvias se apaciguan sobre las hojas de marañones, guayacanes y mangos, y avivan las flores amarillas, rojas y verde-ocre–. Muchacho podría continuar recorriendo las calles (casi vacías), sin que nada perturbara la placidez de caminar sin ruidos, sin carros, sin motos… o aglomeraciones de gente –a toda hora con prisa).

Yo no tenía idea de que había tantos lugares y barrios en Medallo. Nos parquiamos en edificios que nos hacían doler la nuca pa poderlos mirar, nos sentamos en jardineras muy cucas, nos tiramos agua en las fuentes. Mucho me reí viendo las esculturas e imaginando las caras de esos cuchos que quedaron mal encarados cuando posaron…

(Como si transitara en un crucero sin mar, con playas distintas en cada jornada, también disfrutó de los árboles, mariposas, aves,  zorros, zarigüeyas, iguanas, guacharacas… que no conocía y que, por ahora, gozarían de una cuarentena a la inversa, viviendo con la libertad de su instinto. Y todo lo vivió en la compañía de la Maruchas, que ahora lo llevaba del cabestro, así como él tiraba de Corvis).

Al vernos en sus territorios, muchos nos insultaban, pero yo creo que era por estar encerrados como unos presos. Desde cualquier balcón de algunos barrios nos gritaban:

 –¡No sean descarados, por qué están en la calle!, ¡las normas son para todos! ¿No ve que nos pueden contagiar usted o ese chandoso? ¡O la carisucia esa! Cochinos, ¡ja!, y si ni siquiera traen la bolsas para recoger las suciedades.

Sonreíamos, por ahora éramos libres y también populares. Respondíamos agitando la mano, al compás del rabo de Corvis y la cola de Trump (el gato de Maruchas).

La cucha, ofuscada, a cada rato, y por disgusto, decía:

¡¿Dónde andará ese muchacho?! ¿Qué será lo que hace tanto, con ese tal perro? –Yo me hacia el que era con otro y me acurrucaba en la cama.

Ahora puedo caminar tranquilo por Medellín y sus barrios. He recorrido Manrique, Aranjuez, Moravia, Zafra, Guayabal, El poblado… el decreto me garantiza el permiso. ¡Eso sí, tengo que hacer que me vea un policía distinto cada veinte minutos, y a Corvis jalando la cuerda!

Abril 2020

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