34 – Georges Weinstein

El estado actual de las cosas

Nota aclaratoria: este artículo es, en parte, actualización de otro particular publicado en la revista La ciudad, de Cali, el 28 de septiembre de 2010, con otra intención y diferente título (Violencia en Medellín).

Introducción: La situación actual no es casualidad. El informe del Club de Roma, de los años sesenta planteó el control de población en el informe final (publicado por el MIT, en1972). La actualización, en 1992 confirmó que “la humanidad ya había superado la capacidad de carga del planeta para sostener su población”.

Con el texto no se trata de recrear un “Armagedon” ni recordar al “Leviatan” (el monstruo copiado de “Tiamat”, venido de creencias más y más antiguas, Babilónica, Acadia y Sumeria). Tampoco se refiere a castigos de deidades o dioses. Es una reflexión dura pero cierta y real, que se actualiza y es decisiva en este 2020, año pandémico.

Deseo iniciar presentando algunas consideraciones y eventos, que parten de muchas causas remotas.

El animal –como organismo evolutivo que es– necesitó alimentarse y, también, procrear. Convertido en mamífero humanoide continuó supeditado a esas ocupaciones para subsistir como especie, en su desarrollo primario.

Al alcanzar el pedestal de humano continuó arrastrando su herencia.

La procreación instintiva la ha transformado en deleite sexual, desarrollado con técnicas propias de su imaginación incontenible de sapiens, y la búsqueda intensa del nuevo placer.

La necesidad de comida, su más acendrada energía, no ha sido alterada desde sus antiguos inicios, y por ella se incurre, ¡al ser necesario!, en acciones inverosímiles y a veces atroces.

Consecuente con su desarrollo, “la humana: –la especie artificial, dotada de manos y palabras”– para satisfacer sus caprichos y falaces deseos: vestido, gastronomía, joyas, viajes, conversación, literatura, música, construcciones, alucinógenos, guerras… ha arrasado con todo lo que considera útil e inagotable (o de menor importancia): las aguas, los suelos, los cuerpos, las mentes.

Remitiéndonos a la época cercana, podríamos partir de los años sesenta, lapso que nos rescató de esa geomancia global –¡la magia de los trazos y los círculos de fuego!– y cambió la deriva del género humano. Comienzo de la libertad de expresión, la espiritualidad, la posibilidad de sexo sin obligación de procreación –con la píldora anticonceptiva–, la proliferación de las drogas alucinógenas con las que se podría soñar un mundo nuevo, o al menos uno distinto; y muchas otras posibilidades insospechables que surgieron. Pero la menos tenida en cuenta entre las posibilidades, y tema vedado en nuestro país, fueron las conclusiones del CLUB DE ROMA, consignadas en el libro Los límites del crecimiento: un análisis de los recursos no renovables y del control de nacimientos. Asunto refutado por muchos, que se juzgaba como una irreal e irrisoria espada de Damocles pendiendo sobre la existencia humana en el planeta Tierra.

Explicación: Resulta que en 1968 (cuando éramos 3500 millones) se reunió en Roma un grupo de 105 científicos y políticos, para hablar de los cambios que se estaban produciendo en el planeta por consecuencia de las acciones humanas. Dos años más tarde el club de Roma fue creado y legalizado bajo legislación suiza.

Los límites del crecimiento, fue un informe encargado al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). El libro fue publicado en 1972, poco antes de la primera crisis del petróleo. Basado en la simulación informática, trató de recrear el crecimiento de la población, el crecimiento económico y el incremento de la Huella ecológica de la población sobre la tierra en los próximos 100 años. La autora principal fue Donella Meadows. La tesis principal del libro fue: «en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per cápita) no son sostenibles».

Fragmento del libro: [–“Muchos recursos naturales no son renovables, la tierra cultivable es finita, y la capacidad del ecosistema para absorber la polución, producto del quehacer humano, es precaria.

El programa informático da como resultado una extralimitación en el uso de los recursos naturales y su progresivo agotamiento, seguido de un colapso en la producción agrícola e industrial y posteriormente de un decrecimiento brusco de la población humana. Una posible solución presentada, a esta hecatombe, es el «crecimiento cero» o «estado estacionario», deteniendo el crecimiento exponencial de la economía y la población, para que los recursos naturales que quedan puedan perdurar más en el tiempo.

Es posible modificar las tasas de desarrollo y alcanzar una condición de estabilidad ecológica sostenible, incluso a largo plazo. El estado de equilibrio global debería ser diseñado de manera que las necesidades de cada persona sobre la tierra sean satisfechas”–]

El texto se convirtió en toda una referencia ese mismo año, cuando tomó forma la Declaración de Estocolmo, un acuerdo que nació tras una conferencia de la ONU sobre Medio Humano. Lo recuerdo, como texto de estudio en la asignatura “Contaminación ambiental” UdeA, porque me quedó grabado muy hondo, tal vez debajo de toda la piel de creyente, aquella sentencia imposible de asimilar: “de no comenzar ahora el  control de nacimientos (1970), en el 2020-30 morirán millones de humanos”.

Veinte años después de la publicación original, (cuando éramos 5500 millones) se actualizó y editó una nueva versión del informe: Más allá de los límites del crecimiento, en 1992, explicando que la humanidad ya había superado la capacidad de carga del planeta para sostener su población.

Una versión actualizada: Los límites del crecimiento: 30 años después, dice: «no puede haber un crecimiento poblacional, económico e industrial ilimitado en un planeta de recursos limitados», publicada en el 2004 por la Chelsea Green Publishing Company.

No se trata de ostentar una visión maltusiana o apocalíptica, como la especulativa del 2012, atribuida a los mayas –por algunos charlatanes– sino una realidad escueta, sencilla y presente; refrescando los estudios técnicos y científicos realizados, que pueden tener otras valoraciones o soluciones pero no pierden su validez..

Es, apenas, una opinión desprevenida, sin el atrevimiento de inmiscuirme en las causas actuales que presentan una complejidad absoluta; las que solamente los especialistas y entrenados pueden abordar, pero son consecuencia directa e incontrovertible de un pasado cercano que pretendemos ignorar y podría ser la clave primera para buscar procedimientos alternativos, al menos en un corto plazo.

Consideremos el estado actual de las cosas:

La prisa: en un libro –La sopa de Wuham. Edición de marzo 2020– (editado apenas en los albores del virus) el primer escrito (que no debió ser) muestra tal irrealidad (¿será irracionalidad?) de una  opinión sobre el inmediato decreto-ley aprobado por el gobierno italiano “por razones de salud y seguridad pública”. Dice Giorgio Agamben (filósofo a quien muchos siguen) en “La invención de una epidemia, el 26 de febrero, 2020. El temor a contagiarse de otros, como otra forma de restringir libertades.  

[…Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto:]

 [… la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un

deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla…]

Es solo un ejemplo. Así actúan muchos: filósofos, líderes espirituales, presidentes, militares, dueños de capital, en fin, “Señores” que –igual que los “dioses”  que son o representan– al tener en sus manos el derecho a las vidas de millones de humanos  actúan con la ligereza que les dicta su ego. Aún hoy, no les importa algo descomunal y enigmático que apenas comienza. ¡Y, consecuentemente, así actuamos muchos, ahora!

Las pandemias: cerca del año 1350. Mínimo 25 millones de muertos (en seis años)  en Europa sobre una población entre 300 a 350 millones de humanos.

Alrededor de 1918. Paralelo a la atroz Primera guerra mundial (que acumuló entre 10 y 30 millones de muertos, en cinco años), la gripe “aviar, o española”, sumó entre  50 y 100 millones de muertos, en tres años sobre una población de unos 1700 millones de humanos.

Considerando una relación natural de contagio, de no ser por el estado actual de “salud pública” podrían desaparecer, al menos, 250 millones de humanos. La cifra la vemos como algo irrisorio, ¡y no va a suceder!, debido a los avances de la Química, la Ingeniería, la Medicina…, que han interrumpido la biología natural de las especies.

Hay una “espada de Damocles” –Horacio, Odas III, 1– suspendida (de un hilo), sobre la humanidad que ya se cree dueña de galaxias y estrellas. El Club de Roma –quizás lanzó una conjetura 2020-30– que ahora vuelve a pender sobre nosotros y se convierte en real, como en el fragmento de un poema en construcción:

[–“Poema en construcción” (fragmento): Llegado el momento los doctores / tendrán que escoger,  ¡y lo harán!  / con tecnología y diagnósticos. / Todo escasea, pocos renglones y tinta, / la lista la encabeza aquel sabio/ que se adentró en los setenta; / un deportista que todo lo arriesga / tras una quimera, o acaso ninguna; / un millonario que muestra balances / y nadie se asombra, !aquí todo es gratis!; / un labriego que marcha al llamado / del alba, y recoge los frutos de todos; / el rostro sensual de una joven que incita, / al enigma al que apuesta la vida; / una madre que aprieta los brazos / y aferrados a ellos sus hijos. / El tiempo baraja y reparte las cartas: / cada conciencia tendrá sus razones / y uno de ellos será el elegido; / algo en extremo difícil, ¡supongo! ]

Los Virus: ¿Será por azar que siempre vienen de Asia, de zonas donde hay aglomeración de personas?, o porque la evolución decidió que así fuera, como en Norte América originó los camellos.  La biología es así, a la evolución le da libertad, pero la mantiene bajo estricto control.

Pareciera que volvemos al comienzo del Holoceno, hace 12000 años, al final de una interglaciación. Estábamos solos, en familia, en grupos pequeños, y la solidaridad nos sacó del encierro y nos dio civilización y cultura. Ahora,  y  como entonces, la solidaridad es lo que nos salvará del aprieto.

El virus, solo, no iniciará la revolución ni hará que cambiemos, porque cuando mitigue sus picos lo olvidaremos y volveremos a creernos en enero del 2019. Sin embargo, todos, ya, lo tendremos cerca a nuestros cuerpos y mentes: en el de familiares, amigos, conocidos… que jamás despedimos. Siempre nos estará rondando la piel. Solo podemos tener fe, ¡mucha fe en la biología (tal vez se descubra una vacuna) no hay más!

La economía, el teletrabajo. La irrealidad. El Neoliberalismo direccionó la economía hacia el capital, y este se afincó en el trabajo eficiente, en la competencia y la producción tecnológica.

¿Esto nos arrastró a la actual situación?  

Parece haber una gran solución: ¡el Teletrabajo! Es la panacea para quienes no pueden salir; su oficio no está en entredicho.

¡Imaginemos a los agricultores cosechando y remitiendo productos por “La red”! Para ellos no hay cuarentenas, porque son los únicos que nos mitigan el hambre. Por ahora seremos nosotros, pero ellos nunca tendrán vacaciones – ¿deja una gallina de poner huevos porque es festivo o domingo?

El hambre. Como el hambre no hay otro, es más conminativo que un virus.

¿Qué será de nosotros, humanos? ¡Nadie dará el primer paso! Somos demasiados y canjeamos el agua por brazaletes de oro, los suelos (petróleo) por comodidades y autos, los cerebros (que ya se reducen) por conocimientos inmediatos y datos –que se almacenan en las manos que abrazan los “celus”–; y todo se aprueba en el PC y en las “Redes”.

¿Dónde cabremos, si ya empleamos una hectárea para apretujar 11 vacas, y a algunos con “poder” se les ocurre agregar un edificio, o un centro comercial o una iglesia, y poner todo a funcionar con Inteligencia artificial?

El futuro Ya se imagina.  Las filas, clamando, por vidas y muertes. ¿Habrá prelaciones y corrupciones y miedos? ¡Todo confirma que no somos iguales!

Es posible (cuando somos 8000 millones) que a muchos estas palabras nos parezcan absurdas porque no sabemos cómo aceptar lo que viene:

A los que creemos que dominamos la naturaleza, ¡y es nuestra!

A los que creemos que fuimos hechos a semejanza de Dios (un dios único).

A los que creemos que somos dueños de toda la Tierra, y vamos por los otros planetas y estrellas.

A los que creemos que todo es dinero, y que con él se asegura la vida.

A los que por deseo de protagonismo lanzamos opiniones y libros –cualquier cosa se hace por figurar y ser célebre– con prisa o mentiras.

A los que destruimos el agua y nuestro propio cobijo, y extraemos el oro para engalanar nuestros cuellos y brazos.

A los que creemos que existen los dioses, aunque las deidades primeras surgieron en Sumer.

A los que creemos que el Club de Roma tenía, y tiene, razón.

A los que creemos que comenzó un nuevo tiempo –¡irremediable!–.  La historia humana había sido dividida en dos eras: antes de la era común –a.E.C. (a. C.)– y la era común –E. C. (d. C.)–; en su linde no existió el año cero, el –1 y el 1 fueron el mismo (los signos contrajeron un año); pero ahora será diferente. El año 2020 y el 2021 será el tiempo muerto, –en que nada se aplaza, y no se realiza!– que dará inicio a la era tercera: la era  después del virus –E. d. V. En caso contrario en cada esquina, como lo expresa un haiku:

a medianoche,
en la vieja choza
aún el cadáver

A los que sabemos que el único que puede evitar su propia extinción es el hombre. Y uno solo el camino. El universo no piensa igual que el humano, sigue su hado, su propio destino. Es necesario aceptarlo, porque “solo fuimos hechos de tiempo”, y este es el estado actual de las cosas.

2020 – 04 – 12

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