34 – Juan Fernando Pérez

Psicoanalista. Estudios de postgrado en la Universidad de París VII, París VIII y Escuela de Altos Estudios de París en Psicoanálisis, Teoría del Conocimiento, Historia de Mentalidades. Ejerzo como psicoanalista en Medellín. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano. 

Profesor titular jubilado de la Universidad de Antioquia: del Departamento de Psicoanálisis (y fundador del mismo), y de la Facultad de Medicina (cátedra: Historia de la medicina). 

Autor del libro: “Conferencias y textos psicoanalíticos”; editado en EE UU, 2008.

Coautor de varios libros colectivos. Autor de artículos psicoanalíticos, en revistas de varios países, y en diferentes idiomas.

Complot

La ausencia de una explicación racional que resulte suficiente acerca del origen de la pandemia, ha hecho populares hoy las más diversas teorías complotistas (“teorías que suponen una conspiración, un complot,”). La extensión de estas teorías alcanza a superar en abril, en los EE UU, y probablemente en otros países, más del 50% de la población, según informes periodísticos supuestamente serios (como algunos noticieros de televisión bien informados).

El psicoanalista francés J.-A. Miller (Le Point, 25 de diciembre del 2011), ha mostrado de manera impecable, los elementos esenciales en juego en estas teorías. Indicaré lo principal de su explicación del fenómeno:

1.- Que se trata de un asunto de literatura. Es éste un punto clave de su explicación.

2.- La narración complotista se refiere a hechos, los que, sin embargo, allí comportan faltas significativas, incoherencias y sin sentidos.

3.- En esa “zona de sombras” que caracteriza la narración, el complotista introduce una voluntad que actúa, un deseo de un Gran Otro, multiforme, tenticular y disimulado. El azar queda abolido y una necesidad lo reemplaza. Todo tiene entonces una causa. Todo tiene sentido y se vuelve irrefutable. Se auto valida, como un poema.

4.- Todo ello suscita un cierto placer estético y una satisfacción cognitiva para los creyentes. A punta de interpretaciones delirantes el complotista disipa los misterios y demuestra a su manera que lo real es racional. Esto es, simula el saber de la ciencia.

5.- Pero al mismo tiempo, reaparecen allí antiguas creencias gnósticas; aquellas de Satán como el creador del mundo. Ese Otro satánico es encarnado por diversas figuras, en general como un grupo que ha creado el complot maligno. 

6.-  El éxito de los complotistas se comprende por estar enraizado en la literatura, en la religión y en la ciencia, y aun en el hecho de que alguien ha nacido y luego habla. Esto, en la medida en que, se sabe, el recién llegado al mundo es parte de un complot contra el sujeto. Además, ¿desde que hablamos no estamos haciendo complots?

Cabe preguntarse a partir de lo propuesto por Miller, ¿por qué aquellos que supuestamente defienden con tanta vehemencia la racionalidad más pura, como lo hacen los cientificistas, se irritan con tanta intensidad con los complotistas? ¿No les es posible considerarlos como parte de lo que algún filósofo llamó “la literatura espontánea” que siempre los pueblos, en toda época y lugar, producen para satisfacer exigencias estéticas y cognitivas irresueltas, cuando algo falla en las posibilidades de la racionalidad? ¿La mejor crítica a ello no está en proveerse de una explicación lógica que dé cuenta de las exigencias que tienen los humanos de darle un juego a lo imaginario cuando las posibilidades lógico-racionales fallan? Pero, además, como pregunta Miller, ¿el hecho mismo de lograr hablar no nos convierte ya en complotistas?

La pandemia es una ocasión formidable para conocer dimensiones veladas de los humanos. También acerca del modo de producción en que vivimos, o también de un mundo en donde ya no se sabe bien dónde comienza la información válida y qué es fake news. Convendría tener en cuenta que los humanos no toleramos la ausencia de explicaciones, en especial si se trata de problemas capitales, y que ante su ausencia, florecen las literaturas más singulares, algunas de las cuales nos ponen de frente cuál es el peso que tiene en cada uno la necesidad de creer.

Capitalismo

“[Tras la pandemia] el capitalismo continuará aun con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta”, pronostica el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han (21 de marzo, El País, Madrid). A decir verdad, este juicio me resulta decepcionante pero ciertamente realista. Algunos habíamos llegado a pensar que entraríamos en una nueva era de carácter post capitalista y que sería ésta una posibilidad clara para corregir muchas cosas. Es una manera de pensar desde la ilusión, lo cual siempre es una mala manera de enfocar los problemas, pero que es particularmente perniciosa en circunstancias como estas. El capitalismo es más sólido de lo que quisiéramos creer muchos, y al día de hoy (mediados de abril), hay ya signos de que la pandemia comenzará a ser manejada (al menos así lo quisieran creer especialmente quienes, mirando esencialmente en la maquinaria económica, comandan la vida pública) y ya algunos se apresuran a retomar la producción, como lo han hecho ya los asiáticos, tal vez desconociendo que el virus aún tiene sorpresas desagradables que dar. Pero es que la carrera ya ha recomenzado y es necesario no rezagarse mucho.

Lo sucedido hasta el momento es en verdad poco para destrozar la economía capitalista, o para interrogar seriamente las formas de asumir la vida de miles de millones de personas en el planeta. Me parece muy probable que, sin que su economía quede destrozada, el capitalismo se va a rehacer; hallará la forma de reparar sus heridas y entonces continuará con sus injusticias, obscenidades, embrutecimiento de las masas, destrucción de la naturaleza y formas mezquinas de las distribuciones fundamentales. Y con ello los goces de muchos, mediocres y/o profundamente individualistas, volverán a reinar en la escena del mundo. El capitalismo se resentirá, no hay duda; pero sépase que la infraestructura de su aparato productivo no ha sufrido ningún deterioro importante, como sucede en las guerras; también que las reservas acumuladas son inmensas y que se pondrán al servicio del sistema sin vacilaciones cuando se requieran; para eso existen. Quizás incluso si algunas de sus tesis políticas, éticas, ideológicas u otras, lleguen a ser severamente cuestionadas. Porque ya que el miedo se ha hecho sentir, también en los señores que detentan la riqueza y el poder, e igualmente en los de más abajo, y entonces las demandas de amos que reconstruyan lo maltrecho irán creciendo. Las pérdidas serán gigantescas y muchos de esos señores dejarán de serlo. Pero el discurso prevalecerá y seguirá rigiendo las conciencias. Y los amos ya están buscando sus lugares, bajo semblantes humanitarios y piadosos en general.

Algo más: sin duda la pandemia ha puesto de presente de una manera mucho más clara que nunca, cómo la riqueza está distribuida de una manera brutalmente inequitativa. Varios miles de millones de personas en el mundo hoy ven amenazada su subsistencia, dada la imposibilidad casi absoluta que tienen o tendrán pronto, de acceder a bienes y servicios mínimos. Entre tanto aparecen (3 de abril) cifras escalofriantes acerca del porqué muchas compañías de diferentes países, si bien pierden diariamente sumas colosales, calculan que podrán resistir con solvencia, aun si la crisis llegara a durar hasta tercer trimestre del 2020 (ver por ejemplo,  

https://fr.businessam.be/comprendre-limpact-economique-du-coronavirus-en-6-points/?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=newsletter_limpact_economique_du_covid_19_en_6_points_les_mesures_de_confinement_ca_marche_le_coronavirus_nid_a_propagande&utm_term=2020-04-03).

El poderío del capitalismo reposa en una parte importante en esta inequidad brutal, la cual no parecería que pudiera modificarse por esta pandemia.

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