34 – Rubén Zapata

Ruben Darío Zapata. Filósofo y comunicador de la Universidad de Antioquia. Director del periódico El Colectivo.

ISBN: 978-958-46-4913-3

Fondo Editorial Periferia

Medellín- julio – 2014

Nota de la revista: publicamos un cuento de Rubén. Al finalizarlo se anexa una reseña del libro, elaborada por Yaneth Elena Henao L.

La era del hielo

1

Le metió una moneda de quinientos pesos al teléfono público, sacó de su bolsillo el papel que les acababa de entregar la empleada y marcó el número. El auricular repicó como un martillo en su oído casi diez veces y cuando ya, furioso, estaba a punto de colgar se abrió paso desde el otro lado de la línea una voz de mujer que él supuso de la secretaria, displicente y fría.

–Por favor, me comunica con el doctor Luis Fernando Castro –pidió él, con seguridad, comprimiendo su garganta para darle mayor gravedad a su voz.

–¿Quién lo necesita? –replicó la mujer todavía más fría e impasible.

–Carlos Ignacio Agudelo –dijo él esta vez con menos seguridad, sabiendo que su nombre no le sugería nada a la secretaria ni al doctor Castro.             

–¿Qué pasó? –preguntó su hermana, que a su lado lo observaba, atenta al diálogo entrecortado que le llegaba, inquieta ya al notar el requiebro en la confianza del muchacho.

En ese mismo instante lo crucificaba la pregunta de la secretaria en el teléfono.

–¿Y cómo para qué necesita usted al doctor Castro? –la voz era desafiante y soberbia, y Carlos sintió flaquear todavía más su decisión.

Tragó saliva y maldijo secretamente a aquella secretaria que se interponía como una muralla de hielo, dura y resbaladiza. Se había propuesto asumir la situación con altura e inteligencia, pero ahora el tono de suficiencia y la actitud humillante de la secretaria lo enervaban. Lo peor era que lograba aplastarlo de tal manera que se sentía cada vez más insignificante. Miró entonces a su hermana como buscando ayuda, pero comprendió que ella antes se había encomendado a sus gestiones, incapaz ya de nada más.

–¿Qué pasa? –volvió a insistir su hermana, esta vez con tono suplicante.

–Monedas. Necesito monedas –dijo él esculcándose inútilmente los bolsillos, al tiempo que tapaba la bocina del teléfono–. Es para hablarle de unas enciclopedias –contestó vagamente y con voz minimizada a la secretaria, mientras insistía con gestos apremiantes a su hermana para que se esculcara también. Sabía que si refería el asunto completo, la secretaria le negaría rotundamente al jefe. Pero también sabía que si no respondía, la otra insistiría en la pregunta y entre tanto pasarían los minutos y se agotaban las monedas.

–Mujer, pero apúrese que se nos acaba la moneda y ahí sí quedamos graves –insistió el muchacho, exasperado con su hermana, tapando nuevamente con su mano la bocina del teléfono para que no se enteraran de su emergencia al otro lado de la línea.

Prácticamente le arrebató la moneda de quinientos que exhibía en la mano y la instó para que fuera a cambiar un billete a la cafetería, que estaba justo al fondo.

–¿Qué pasa con la enciclopedia?–insistió ya sin hostilidad la secretaria, pero en un tono distante y poco interesado, tal vez entretenida con el desespero y apocamiento crecientes que iba descubriendo en la voz del otro con cada pregunta.

–Señora –dijo él con tono más desesperado todavía–, necesito hablar urgentemente con el doctor Castro.

–Por eso señor. Dígame para qué lo necesita a ver si yo puedo ayudarlo –esta vez Carlos sentía la burla evidente en la voz de la secretaria, disfrazada de falsa amabilidad–. Es que de todas maneras el doctor se encuentra muy ocupadito y tengo que saber si el asunto lo requiere indispensablemente a él.

A Carlos el cuerpo se le enfrió y sintió que el alma se le caía al suelo. Volvió a mirar a su hermana, que regresaba de la cafetería con algunas monedas en sus manos; pero ella más bien seguía expectante de lo que él pudiera resolver. Estaba a punto de aceptar su derrota, pero después de una pausa de silencio que no supo combatir y en la que la secretaria le dejó encima la tarea de desenredarse, la escuchó de nuevo con el tono despectivo:

–Espere un momento yo lo busco a ver si puede atenderlo.

–Muchas gracias –dijo él con voz aliviada, pero ya no encontró receptor al otro lado.

Mientras esperaba, le introdujo al teléfono todas las monedas que había traído su hermana, no fuera que en mitad de conversación lo traicionara el pito fastidioso del aparato pidiendo dinero.

–¿Qué pasa? –preguntó también con más tranquilidad su hermana al verlo más reposado.

–Apenas lo van a pasar –respondió él, respirando profundo para ganar serenidad–. Esperemos a ver cómo nos va.

Desde el auricular Carlos escuchaba el barullo suave de voces al otro lado. A veces las voces se acercaban para alejarse casi al instante. También se escuchaba por momentos el sonido titubeante de los tacones que se acercaban o el golpeteo firme de unos zapatos de hombre. Pero nadie recibía la llamada.

2

Apenas empezaba a cesar la lluvia cuando llegaron al teatro, sacudiéndose como pollos en el umbral. Arriba en el cielo, la noche se apresuraba.

Ella, con su ropa empapada y el cabello chorreando, entró al teatro, tímida e indecisa, y se quedó en el umbral mirando para todos lados, como perdida, mientras su hermano siguió de largo por las escaleras, sin reparar en la empleada de uniforme azul que desde el otro extremo, al lado de la taquilla y de los carteles, lo observaba.

Estaba ofuscado porque Melisa se había retardado; aunque ella le explicó que del trabajo no la habían dejado salir antes, él siguió recriminándola todo el camino, hasta el punto que ella llegó a arrepentirse de pedirle ayuda.

La empleada de uniforme se acercó, sin decir nada, pero con la mirada solícita.

–¿Arriba queda todavía la oficina de Educar Siglo XXI? –preguntó la muchacha, sacudiéndose todavía el agua de su cabello, como si pidiera disculpas por la imprudencia del joven.

Este, a su vez, se detuvo como si hubiera sentido sobre sí la mirada interrogante de la mujer.

–No, señora. Hace ya tiempo que se fueron de aquí.

–¿Cómo así? –preguntó la muchacha, derrotada de repente. Miró a su hermano con ojos suplicantes, pero el otro ya estaba descendiendo las escaleras como para devolverse.

–Debe ser para lo mismo que han venido otras señoras esta semana –comentó la mujer, ignorante de las miradas hoscas–. Parece que no les fue muy bien con el programa de matiné.

Sin prestar mucha atención a lo que la señora decía, los dos hermanos se pararon bajo el umbral a ver correr la gente bajo la llovizna pertinaz que se había reanudado.

–Señora, ¿usted sabe para dónde se pasaron? –preguntó de pronto, como iluminado, el muchacho a la empleada, que seguía de pies junto a ellos como esperando la pregunta.

–La oficina de ellos queda en Colombia con la Ochenta. Aquí apenas tuvieron arrendada la sala los domingos en la mañana mientras terminaron el programa de matiné para niños.

–¡Colombia con la Ochenta! –exclamó derrotado el muchacho.

Afuera, los carros se disputaban a punta de pito el espacio en la carretera y la fila parecía avanzar a paso de babosa. El aguacero había dejado, a parte de un frío tremendo en el ambiente, un trancón del que cada conductor intentaba salir desesperadamente aunque fuera pasando por encima de los demás. Melisa miró el reloj en su muñeca y comprobó que iban a ser las cinco de la tarde, aunque ya la noche parecía cerrada.

–Ya no alcanzamos –le dijo a su hermano, quien la miró con unos ojos vacíos–. ¿Qué hacemos? –preguntó como si él tuviera la clave para todo.

–No sé –respondió él con frialdad–, para qué no llegó temprano –volvió a recriminar.

–Sí alcanzan –insistió la empleada, que seguía revoloteando en torno a ellos como parte del equipo, sin darse por enterada de su indiferencia–. Si cogen ahora mismo un taxi llegan rápido.

No tenían con qué tomar un taxi, pero no le comentaron eso a la empleada; en cambio, el muchacho hizo un comentario dirigido a su hermana:

–¡Imagínate coger un taxi en estas condiciones y que cuando y que cuando lleguemos encontremos esa vaina cerrada!

 –¿Entonces qué hacemos? –insistió la otra en su pregunta desesperada.

–No sean pesimistas –los conminó amistosamente la empleada–, que la peor diligencia es la que no se hace. Esperen mejor y llamamos a ver hasta qué horas trabajan, para que estemos más seguros.

Su taconeo resonó en el piso como quebrando un cristal; llegó hasta la taquilla de la boletería donde atendía una compañera desde adentro, y le pidió el número telefónico de la oficina de Educar Siglo XXI.

–Trabajan hasta las cinco y media –informó al cabo de un rato la empleada. Los otros dieron las gracias sin mucha motivación y volvieron a hundirse en su silencio.

Y entonces qué hacemos? –insistió al cabo de un rato la muchacha.

–Pues tocó arreglar este asunto por teléfono –respondió el otro con decisión de profesional–. Usted sabe que esto no se puede dejar para mañana porque entonces ya estamos fritos. Señora –buscó con la mirada a la empleada–, ¿usted nos puede regalar el número de la oficina?

–Claro que sí –respondió solícita ella, casi con voz maternal–. Pero pregunten mejor por el jefe, espere yo le anoto aquí mismo el nombre.

Por fortuna todavía no empezaba a llegar la gente para la próxima función de cine, programada a las seis y media de la noche, por eso la sala de la cafetería permanecía casi desocupada y nadie se arrimaba a hacer fila en el teléfono.

3

 Todas estaban sufriendo con la tragedia del niño, abandonado por la madre en las orillas del río, envuelto como un atado en un abrigo de piel, para salvarle la vida. La mujer, en cambio, no tuvo oportunidad; ya sin fuerzas, se dejó tragar por el agua y arrastrar hasta otras inmensidades.

–¿Qué pasó con la mamá? –preguntó Natalia con voz dolida.

Melisa no contestó nada, hundida ella también en el drama.

–No ves que se la arrastró el río, boba –contestó Laurita, su hermana menor.

–Aló –Carlos escuchó al fin una voz varonil, amable y reposada, en el teléfono.

–¿Con el doctor Luis Fernando Castro? –preguntó nervioso Carlos, pero de nuevo entonando con precisión las palabras, fingiendo seguridad extrema y enronqueciendo la voz para dar la sensación de respetabilidad.

–Sí. Cuénteme en qué lo puedo ayudar.

El ataque de los tigres había sido sorpresivo y cruel. Iban precisamente por el niño, esa era su forma de venganza, y si no es porque la mujer, empujada por su amor maternal, saca fuerza de donde ya no tenía y se esconde en el río, ellos lo hubieran descuartizado. Pero igual, su protección fue limitada, y tuvo que dejar al niño a la buena de Dios. Los hombres, corpulentos y expertos cazadores, lograron dispersar la jauría y después se dispersaron ellos por todo el campo buscando a la mujer y al niño. Nada. El padre tuvo que resignarse y aceptar el pésame de los hombres de la tribu y sorber solo el resto de su dolor.

Estaba escrito que al niño se lo toparan un mamut gigante e indolente y un oso perezoso, compasivo pero estúpido. Iban huyendo del deshielo, buscando otros parajes más firmes. Así que el niño tendría que hacer con ellos la travesía.

La amabilidad del hombre acabó de afianzar su confianza, que hasta el momento era mero fingimiento. Entonces le soltó toda la historia, al principio de forma titubeante, porque no sabía bien cómo empezar, pero después con naturalidad y fluidez como si le contara a un viejo amigo. Sin embargo, el doctor Castro apenas se limitaba a escuchar y sólo muy de vez en cuando hacía alguna pregunta para aclarar cosas.

De pronto, el auricular empezó a chillar pidiendo más monedas. Carlos perdió la seguridad, la voz empezó a temblarle y su cara se encendió de vergüenza. Por fortuna el doctor no podía verlo desde el extremo opuesto de la línea. Entonces, casi con rabia, apuró a la hermana, que parecía hundida en una ensoñación, para que cambiara otro billete en la cafetería. Sólo cuando pudo insertar otra moneda en el aparato y acalló el horrible pito, volvió a hablar con serenidad y le dijo con claridad al doctor lo que esperaban de él.

–Don Carlos –dijo al final el otro–. Yo lo voy a comunicar con Ana María Quintero. Ella es nuestra asesora jurídica y es la que maneja estos asuntos. Hable con ella para ver qué podemos hacer.

Pasó mucho rato sin que al otro lado de la línea alguien levantara la bocina, y cada minuto que pasaba angustiaba más a Carlos porque el teléfono tragaba monedas sin tregua. Al final alguien levantó la bocina y Carlos se animó de nuevo. Pero no escuchó ninguna voz, sólo el ruido gangoso del teléfono que se movió violentamente y luego el track al colgarlo; después, el persistente silencio. Por un instante Carlos se quedó con los brazos colgados y la cabeza clavada en el cuello; una mezcla de rabia e impotencia lo mantenían paralizado.

–¿Qué pasa? –preguntó su hermana expectante.

–Estos hijueputas me colgaron –dijo el otro, como sorprendido–. Présteme otra moneda.

Ella entregó la última que le quedaba y él la introdujo en la ranura del aparato. Volvió a marcar el número y se quedó esperando con el oído pegado al auricular.

Las niñas sufrían horriblemente con las trampas que fraguaba el tigre, que se había unido a la comitiva, para emboscar al mamut y dejarlo a merced da la jauría; rodeado por los otros tigres, la fuerza y grandeza del mamut se desvanecería. En medio de la tensión, las niñas clavaban sus uñas en los brazos de  Melisa, que ni siquiera se enteraba, sufriendo también con ellas. El insondable blanco de la pantalla parecía esparcir el frío del hielo por toda la sala, así que el congelamiento también disminuía la sensibilidad del cuerpo de Melisa para percatarse de los arañazos de las niñas.

Por fortuna, las peleas tontas entre el oso perezoso y el tigre distendían el ambiente y las niñas desclavaban sus uñas de la carne de su madre. El oso era demasiado pequeño y estúpido para enfrentar al tigre, pero estaba bajo la protección del mamut y aprovechaba esta situación para hacer rabiar al tigre hasta la impotencia.

Esta vez le contestaron rápido y con impaciencia. Reconoció entonces la voz de la secretaria y se sintió de nuevo derrotado. De pronto tuvo el impulso de colgar y tirarlo todo al diablo. Pero en vez de eso respiró profundo y dijo:

–Hace poco el doctor Castro me comunicó con la doctora Ana María Quintero, pero se nos cortó la comunicación antes de que ella pudiera contestar.

–¿Quién la necesita? –volvió el interrogatorio.

–Carlos Ignacio Agudelo –tronó él, parsimoniosamente, entre la sorna y el miedo.

–Espere un momento yo intento comunicarlo –escuchó con sorpresa la voz de la secretaria que no le ponía trabas–. Aunque creo que la doctora ya está de salida.

4

Se alegró muchísimo porque esta vez le contestaron rápido. Pero también se enteró pronto de que la voz era quizá más displicente, soberbia y helada que la de la secretaria anterior.

–Por favor, ¿me puede comunicar con la doctora Miriam Zapata, la abogada?

–¿Quién la necesita? –exigió fríamente la mujer que hablaba del otro lado de la línea.

Carlos sintió entonces de nuevo la muralla de hielo que se levantaba ante él, imposible de atravesar o de escalar.

–Carlos Ignacio Agudelo –dijo, inflando artificialmente su voz de valor.

–Y ¿cómo para qué sería?

En el tono desafiante y frío de esa pregunta descubrió Carlos otra vez algo que lo inhibía para hablar.

–Es que necesito hablar con ella de un caso –dijo él, haciendo esfuerzos por no dejarse intimidar, casi con tono de confrontación. Ya había superado el escollo de la secretaria anterior, que parecía poner trabas deliberadamente. Al final, la doctora Quintero no había salido aún como sugirió la secretaria, y hasta resultó ser muy amable y dispuesta para escuchar la historia que Carlos volvió a contar en detalle. Pero nada podía hacer porque, según ella, ya el caso estaba a disposición de la abogada; así que había que empezar de nuevo. Pero esta vez Carlos decidió que una secretaria no se le iba a interponer para atrancarlo otra media hora. Porque, además, ya no tenían más monedas.

–¿De qué caso se trata? –preguntó insidiosa la mujer al otro lado de la línea.

Carlos guardó silencio sin saber qué decir, indignado. Pero luego respiró profundo y decidió afrontar de una vez el escollo:

–Señora, es que necesito hablarlo directamente con la abogada.

–Entonces hable.

–¿Es acaso usted la doctora Zapata? –preguntó también desafiante.

–Sí. Dígame qué necesita.

El tono seco y gélido de la abogada lo desanimó de inmediato y de pronto se sintió clavado en una montaña de hielo, aterido y derrotado. Miró a su hermana tal vez para comprobar que todavía tenía un apoyo en ella, pero la vio mordiéndose las uñas con ansiedad y con el rostro apretado, a punto quizá de echarse a llorar. Para ella todavía estaban pasando las imágenes en la pantalla.

El sufrimiento llegó al extremo cuando el piso de hielo empezó a fragmentarse. ¡Y el mamut con esa pisada insostenible! De pronto llegaron a un terreno quebrado, donde las montañas se desplomaban sobre ellos y en una de esas resbalaron como por un tobogán y el niño se le escapó de las manos al oso y se deslizó por un tobogán paralelo. A su paso caían enormes témpanos que amenazaban aplastarlo, y los saltos eran cada vez más riesgosos. Las niñas aterrorizadas se pegaron al cuerpo de su madre y gritaron; su grito de pavor se unió al unísono con el grito de todos los niños de la sala, que parecía a punto de sucumbir también. En ese momento se congeló la imagen en la pantalla, se encendieron las luces y todos respiraron aliviados. El hombre barbado que les había recibido los boletos con sus nombres en la entrada apareció sobre la plataforma anunciando que había llegado la hora de los regalos. Todos los niños volvieron a gritar, pero esta vez eufóricos. El hombre entonces leyó una lista de más de diez niños que habían resultado, gratuitamente, sin mover un dedo siquiera, ganadores. El premio era una bicicleta todo terreno, con tamaño de niño. Melisa se sorprendió cuando escuchó el nombre de Laurita, y las dos niñas saltaron de felicidad sobre la silla, como si hubieran mencionado los dos nombres en uno.

–Pero continuemos con la película, que está bien entretenida ¿Sí o no, niños? –dijo el señor e hizo silencio para escuchar el griterío–. Al final de la película se acercan los niños ganadores con sus padres para que les entreguemos los premios.

–Pues doctora –dijo él, asumiendo también el tono de suficiencia que juzgaba adecuado para la negociación ante la frialdad insolente y grosera de la abogada–. Yo soy hermano de Melisa Agudelo. Ayer mismo usted la llamó para informarle que debe pagar los 750 mil pesos de la enciclopedia más sus honorarios y que tiene plazo hasta mañana. Ella no está en posibilidades de pagar esa plata para mañana y yo la llamo a ver si podemos llegar a un acuerdo.

–Usted sabe que en este momento el único acuerdo posible es que pague.

–Doctora, por lo menos escúcheme –Carlos contuvo el insulto que tenía ya suelto en su garganta ante la soberbia de la abogada, pero el tono no pudo disimularlo–. Creo que al menos tenemos ese derecho.

–Entonces hable –dijo ella desafiante.

Antes de empezar, por el tono de aquella autorización, supo Carlos que no valía la pena hablar, porque no había oídos dispuestos para escucharlo; sin embargo siguió:

–Vea doctora. Yo me propongo asumir la deuda, pero en las mismas condiciones en que le ofrecieron el trato a ella al principio.

–No, señor. Eso es imposible –dijo secamente la abogada.

–¿Por qué imposible? Al fin de cuentas era esa la forma como estaba previsto el pago.

–Pero ya las condiciones son otras –se mantuvo ella, elevada por encima en su trono de hielo.

–Pero doctora, ¿de dónde espera usted que ella saque de una vez y para mañana un millón doscientos mil pesos, cuando ni siquiera tenía con qué pagar los 26 mil pesos mensuales que le pedían?

–Ese es problema de ella –contestó ella indolente, y Carlos sintió la respuesta como si un témpano golpeara su cabeza–. Debió fijarse que en el recibo decía que, en caso de no poder pagar el artículo, debía devolverlo máximo en dos días.

Los tres compañeros de viaje, con el niño, salieron bien librados de los toboganes, pero todo para caer en la emboscada de los tigres. Eran muchos y muy feroces, animados además por el hambre y la sed de venganza. Así que el mamut luchó como pudo y valientemente puso primero a salvo al niño en un escondite; pero al final quedó arrinconado en la entrada de la cueva, resistiendo inútilmente los últimos segundos. Todo estaba sentenciado.

–Doctora, por lo menos propónganos entonces una alternativa – insistió él en un forzado tono de conciliación que aplazaba la derrota definitiva–, porque esa cifra de una vez no la paga nadie.

–Lo único que puedo hacer es recibirle el dinero en tres cuotas iguales.

–¡Tres! Pero doctora, usted sabe que una mujer que trabaja por el mínimo para mantener a sus dos niñas y a su mamá, aparte de pagar arriendo y servicios, no tiene de dónde sacar de una vez 400 mil pesos para usted –lo dijo casi gritando y mirando a su hermana, para hacerla partícipe de la situación. Pero Melisa ya parecía en otro asunto, como si no fuera su situación la que se estuviera jugando en el teléfono.

Todo parecía perdido, pero de pronto el tigre que había metido al mamut en la emboscada reaccionó contra su propia jauría. Al fin y al cabo, durante la travesía su vida había estado en peligro muchas veces, en una oportunidad incluso se resbaló por un precipicio y entonces sintió la trompa tensa del mamut que lo sostenía sobre el vacío. El mamut arriesgaba su propia vida, pues estaba parado sobre una punta de hielo que podía reventarse con su peso en cualquier momento, más aún con el esfuerzo que hacía para afirmarse mientras jalaba al tigre hacia arriba. Pero lo lograron los dos. Así que ahora el tigre se debatía en el conflicto por la justicia frente a la solidaridad del mamut y la fidelidad a su manada. Al final se decidió por la solidaridad, aunque ello implicara enfrentar a su propio gremio. Así pues, la jauría de tigres tuvo que resignarse a la derrota, mientras el niño era devuelto por el mamut sano y salvo a su aldea, con su padre, que ya había perdido incluso la esperanza de recuperarlo.

La película había terminado. Entonces los niños ganadores con sus madres y sus hermanitos rodearon al señor a la salida, después de que el teatro había quedado casi solo. Esperaban con ansiedad su premio.

–Pues esa es la única alternativa que les puedo ofrecer –se ratificó la abogada en el teléfono–. De dónde los saque no es problema mío. Sólo sé que si no viene con el dinero mañana entonces toca embargar.

–Lo que veo doctora es que usted no tiene disposición para nada –no pudo ni quiso ya disimular su agresividad al decir lo que dijo y colgó el teléfono, sin darle a ella tiempo de replicar. Cuando descargó la bocina en su base, tuvo la sensación de no estar colgando el teléfono sino a la abogada.

5

–Vámonos –dijo a su hermana cuando ya él ponía el pie en las escaleras. Los ojos le hervían de furia. Era tanta la resolución y la ira, que la otra se limitó entonces a seguirlo en silencio, sin soltarle el tumulto de preguntas que atiborraban su cabeza. Pasaron de largo por el lado de las empleadas, mientras ellas parecían esperar información para el equipo que imaginariamente habían conformado.

–¿Cómo les fue? –se atrevió a preguntar una de ellas. Carlos ignoró la pregunta y Melisa, en el afán por seguirlo, apenas pudo levantar los hombros en señal de desprecio. –¿Qué le dijo la abogada? –preguntó al fin, aunque con timidez, Melisa, cuando estuvieron en la calle, entre el tumulto de gente. El otro no contestó nada, entretenido en barruntar insultos en su cabeza, que alcanzaban para todo el mundo.

–¿Por qué putas no devolviste esa marica enciclopedia al otro día? –gritó de pronto, como si en todo el trayecto no hubiera pensado en otra cosa.

–Yo sí la devolví –contestó ella también en tono fuerte, intentando defender su dignidad.

–Claro, pero a los 15 días.

–El señor me había dicho que tenía un mes para decidir. Pero después no me la quiso recibir, antes me dijo que si yo me había metido en la deuda era porque tenía con qué responder.

Melisa trataba de explicarse serenamente, pero no lo lograba, porque con la explicación subía justamente la indignación y la rabia. Carlos también gritaba a voz en cuello, tenía los músculos de la nuca tensionados y los brazos agarrotados como si fuera a descargar un golpe de un momento a otro contra lo primero que encontrara. Era la hora pico y los carros atrancados en la calle querían abrirse paso con sus pitos ensordecedores. Entonces Carlos gritaba más que ellos y era su furia la que le abría paso entre la multitud, también atrancada en las aceras.

–Lo que yo no sé es por qué carajos tenés que ser tan ingenua siempre. Uno no tiene que andar comprando todo lo que le ofrecen.

Melisa escuchó esta vez estoicamente el sermón sin interrumpir a su hermano. Y tampoco dijo nada cuando el otro terminó. Ahora su cara estaba impasible y dura como una piedra. Caminaron en silencio en medio del bullicio de las seis de la tarde, cada uno hundido en sus reflexiones.

–Supuestamente le estaban regalando una bicicleta a Laurita –dijo de pronto Melisa con una voz amarga, como si al fin respondiera todas las preguntas de Carlos–. La niña entonces se puso a saltar de alegría porque hace más de dos años le está pidiendo al Niño Jesús una –en ese momento Carlos notó los dos lagrimones que le bailaban en los ojos a Melisa, pero ella se los limpió con el dorso de la mano, respiró profundo y siguió hablando con rabia–. Y yo también, de pendeja, me puse contenta cuando el hombre dijo que no era sólo la bicicleta, que había más premios y nos habíamos ganado también esa enciclopedia para que la niña estudiara. Pero después dijo que era muy barata y la podíamos pagar por cuotas muy cómodas; que cuando termináramos nos entregaban la bicicleta. Muchos dijeron que no; y yo tampoco quería, pero el señor insistía mostrándole a la niña el afiche con la bicicleta. Y la niña estaba matada de felicidad. Entonces yo no fui capaz.

Esto último ya no lo dijo para nadie. Rechazó el abrazo de su hermano, que al fin se conmovía por lo que ella decía, y se encerró con hermetismo, dura e impenetrable ya como el hielo.

Reseña  del libro: ANGUSTIAS ÍNTIMAS Y ESPERANZAS OBSTINADAS

Yaneth Elena Henao L.

Un menú muy acertado de diez realidades con alta posibilidad de ocurrencia a cualquier ciudadano del mundo.

Diez relatos hilados con la finura de la narración sencilla; de tal inmediatez que la conexión con el lector no se hace esperar, involucrándolo hasta el punto de la identificación —si no personal— testimonial de una o de varias de las historias. Cada relato trae consigo un drama tan actual, pero tan universal, que es imposible permanecer ajeno. Cualquiera de nosotros puede ser un Alberto, o conocer a un Zarco, o enamorarse de una Mariela. ¿Cuántos de nosotros no hemos tenido que ver con una yerbatera como Doña Paula? ¿O hemos escuchado historias sobre abusos o engaños laborales como el que se cuenta en la Era del Hielo? ¿O conocimos a alguien con ideas revolucionarias como en Milena, usted y yo? Y ¿qué decir de los cuentos —exagerados o no— que se escuchan sobre los guerrilleros, pero que en Ay Catirita hermosa se desmitifican, aunque sea un poco?

Todos los relatos tienen un elemento común… Quizás el más común de los elementos en la historia universal: el amor. Ya sea entre amantes, entre amigos, entre hermanos o vecinos. Ese sentimiento inherente al ser humano y del cual es imposible desprenderse porque jamás se sabe cuándo o cómo aflora; ¡y mucho menos por quién!

El título de “Angustias íntimas y esperanzas obstinadas” es la concisión perfecta de los relatos. Sí, en medio de la angustia personal que cada individuo sobrelleva, late también la solvencia de la posibilidad. Es el claroscuro existencial al que todos estamos sometidos y que dinamiza la vida, igual que en una montaña rusa, pero que es, en definitiva, la sal del cuento de cada uno.

Me gustó leer “Angustias íntimas y esperanzas obstinadas”. Me gustó la forma de narrar de Rubén Darío Zapata. Me gustó saber que, para contar una historia, hay que ser simplemente auténtico.

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