35 – Ramiro Arango

Ramiro Arango. Fredonia, Antioquia, Colombia. Economista. Pintor, graduado en La Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París.

Una de sus obras pictóricas:

Composición. 1982.  Pastel sobre papel
Firmado y fechado 1982  Medidas: 100 x 80 cm.

Poemas de su libro inédito: Luminiscencia onírica del alba

2. Aureola ontológica en el sueño

Contra la oreja izquierda de los sueños se inclinan las cabezas,
contra la derecha cuando se mueve el cuerpo,
de espaldas cuando es anfibio el sueño,
boca abajo cuando deliran los deseos con un volar a las alturas ontológicas,
con un ansia sibilina y silenciosa pegada en los costados,
con un errar del universo paralelo de este ensueño, entre las luces de una estrella, 
entre las nebulosas en el tiempo si entre tanto se esgrime el luego pienso.

Son arcanos tantos, son dilemas, enigmas y secretos,
son la fuente visual de otros destellos, de otros rumbos inasibles del pellejo,
de otros mares tormentosos y apacibles yermos.

Son otras dichas en los diálogos anónimos, en los inéditos cantos,
en los seres encontrados con el azar mitológico y noctámbulo,
con la certeza luminosa de otro cuerpo más sutil en el destino,
menos grávido en el allende del abismo nocturnal del cerebelo,
del umbral abierto a otras longitudes de lo inverso,
a lo desconocido del íntimo sendero en el camino de un protozoario,
a paradigmas invertidos frente a un espejo sideral del firmamento
mientras un big bang peina su melena a la orilla del torrente,
del caudal del tiempo con sus quejas,
y cuando desgrana los aromas de otros albures entre signos neutros,
entre innumerables réplicas metafóricas del sí mismo,
del uno metafísico cuando lo humano se entremezcla,
cuando la palabra hila su trama de misterio, su aureola ontológica en el sueño.

3. En el mar azul de la ilusión humana

Oscura antorcha del día, acaricio tu locura mientras la conciencia se me calla,
cuando a otros mundos viaja, a otras selvas de frases efímeras,
a temporalidades y distancias, a desiertos de aguas mudas y torrenciales playas.

En el allende de esos quehaceres nocturnos mi lámpara diurna se apaga
durante el tiempo en que lo imaginario alarga sus congojas
o el sueño embauca con duras pesadillas
y dimensiones suspendidas en otras residencias,
en otros confines de la lógica nocturna, en el dilema suspendido de la aurora,
en viajes y delicias del espíritu mientras flota alrededor de figuras y palabras,
de cuentos de otros lares más profundos por su esencia,
más incorpóreos con sus formas, en ingrávidas materias,
en historias relatando el viaje a las galaxias más lejanas,
o en el periplo fecundo donde otra conciencia se dilata
como mar extenso de grandes olas o suaves caricias en arenas
de otros rumbos bien dispersos más allá de la conciencia,
del hilo atando otras vidas en las membranas de una idéntica palabra.

Entonces, el ente interior sueña, despliega sus hélices con otras formas y materias,
con otras artimañas dialécticas, mareas confundidas con las sílabas,
cumbres que se resbalan con la rapidez de la gramática,
con el sollozo del eco en la distante estepa,
en el erial húmedo del alma, en la planicie de la nada
y sus remotas encrucijadas, en el mar azul de la ilusión humana.

10. Luminiscencia onírica del alba

El espacio centellea, resuenan las tinieblas, son inconclusas las penumbras,
la umbría ennegrece las sombras en tanto que el destino aleja
su ronco errar en la aventura del derrumbe en el sí mismo,
en la tangencial onda cuando ignora los caminos
conduciendo a otros mundos de oníricos reflejos,
a braseros escondidos en los ángulos de la incertidumbre y el dilema,
a su pequeña flama encendida al azar de los quejidos
que producen las sonrisas cuando es de noche en cada pesadilla,
en cada vergel de la agonía, en el jardín oculto de la ontológica quimera.

Cuentan las historias otros versos, remusgos del sí mismo,
de luto van en la mañana del sufragio vespertino,
del colmo del deseo invertido en el rectángulo, en el tríptico del cielo.

Sonríen las sonrisas como un ente solitario, son agrios los atisbos de los hados,
la marca del pasado en cada hueso, la fatiga celular del movimiento,
la llama apagando la conciencia cuando giran las manecillas en el tiempo
contrariando el azar de la aventura, los dados de las apuestas,
los molinos de viento al girar frente al soplo silencioso de tan profusa espera,
de tan excesivo fervor acumulado mientras entona su huracán arrepentido,
su glosa en el cuaderno, su saldo negativo en el mercado y la finanza.

Son como vientos asustando el alma ajena, su roncar durante el sueño,
su ondulado movimiento si entretanto el pensar piensa
y el intelecto se agazapa en el naranjo de la casa, en la ceiba del recuerdo,
en las selvas solitarias de los ecos, en la luminiscencia onírica del alba.

Continúa el centelleo, es un brasero mi conciencia, una luz del otro mundo,
de aquel en el cual sondeo mi apariencia

y su lento acontecer en los inviernos de la espera,
en los veranos tórridos del alma, de su légamo perdido en los desiertos.

Se anuncia un nuevo día, las cascadas desaguan sus lágrimas,
vierten su sustancia húmeda en un tropel de gotas bien unidas
a la simple observación humana.
Se anuncia que los sueños sueñan con un despertar súbito,
con un terror lumínico, con una umbría paralítica.

Sueño entonces si el soñar no cuesta nada,
ni un céntimo por cada llaga, por cada costra abandonada
a la usura seca, a la herida lejana.
Son nocturnales las miradas, penumbrosas las palabras,
insidiosa el habla, la mala gramática, la injuria propia,
el terror de cada huella que plasma la aventura ciega, el tropel de fantasmas.

Rumora la agonía incrustada en esta historia
desde el más lejano susurro del pasado,
desde el lado oculto del insomnio, desde la víspera del cuándo.

Acarician los recuerdos que se dejan si en tanto la noche arruma su mortal olvido,
sus tristes pasos sobre baldosines fríos, tablero del juego entre desconocidos,
del aroma en los cuadernos relucientes bajo la espuma arenosa del ensueño,
de la inquietud opaca conteniendo el pensar propio y el ajeno,
el desasosiego en las esquinas de los léxicos, en los monosílabos contrarios.
En consecuencia, efugios son, ardides del idioma, coartadas nocturnas,
perífrasis y sueños regresando al mismo sitio,
al ángulo primero de un existirplanetario, al vector primordial de lo infinito.

15. En los espacios invertebrados del recuerdo

Si cogitare el tiempo mezclando los aromas contra el viento,
contra el bálsamo matutino después del sueño,
durante el viaje al otro mundo del cerebro,
sería avaricia del pensar en el éxodo del cuerpo
o aroma precario del espíritu acrobático del ego,
sería fantasma cotidiano de lo humano
o rumbo circular en las ideas, en los espacios invertebrados del recuerdo.

Aseguro un devenir y lo persigo, tras sus huellas
van mis sueños más profundos como nocturnales serenatas del vacío,
recovecos del ahora con las plagarías insonoras de los verbos.

Retuerzo el tiempo y lo anudo en mil pedazos,
lo extiendo a la manera más corriente
de este juego de oníricos recodos y ángulos que ondean,
lo aplano en el espacio virtual del intelecto
mientras rondan en las noches los búhos que atesoro
con los silencios del mañana voceando otros melódicos sintagmas,
otras vertientes de la duda entre pájaros nocturnos y alas enroscadas.

Si cogitare mil sucesos en el extremo horizontal del firmamento,
en la curva mediana del recuerdo, en la luz opaca de tanto sueño,
vería el sol opuesto en sus crepúsculos,
el alba inmemorial de cuanto cuento inútil la cátedra informal rebusca
en la transparencia del otoño, en la luz del infinito cuando habla,
cuando narra sus periplos en la historia acumulada de innumerables universos,
en los pretéritos fantasmales donde los fotones entristecidos se degradan.

Se iluminan otros ojos en el lado oculto del trastorno plural del ser humano
atravesando los silentes espacios de sus testas,
el canto neuronal anticipado en el regreso de la aurora,
en las sinapsis diurnas apagadas cuando sueña plurales coyunturas,
cuando sintoniza otras ondas largas y frecuencias multitudinarias,
otras voces, otras caras, otros cuerpos de material desesperanza
en los valles difusos de la especie humana,
del ser que del otro lado de este mundo viaja detrás del pienso en las palabras,
del cogitare en las mañanas mientras la alborada del ensueño se apaga
y cuando las huellas del espacio presencial
enajenan estos versos de oropeles y congojas,
estos andares que son quimeras solas, visiones o espectros de la añoranza.

Se expanden más y más las sombras entre umbrosas siluetas musitando
después del umbral que el tiempo forma, que el sueño modela,
que el pensar renueva entre briznas ciegas sobre el pedestal de las ideas,
y mientras susurran detrás de la conciencia,
del ego enternecido por palabras misteriosas en la punta de la lengua,
por frases de otras vidas y esferas infinitas contemplando el absoluto
donde el espacio salpica un cielo de luces diminutas, anchuras manifiestas,
donde las galaxias son informes a la triste vista humana,
donde ronronean las ecuatoriales existencias y las humanidades que sueñan.

Si cogitare con cuanta luminiscencia onírica ronda,
con cuanta remembranza del futuro se apresura en la conciencia,
de cuanto fue en el abismo o con el olvido del pretérito infinito,
tendría entre los ojos la cilíndrica secuencia de un big bang y sus latidos,
un fulgor desde el umbral y su principio, el siendo en el incógnito destino.

Y puesto que el existir rumorara su presente como flor de mediodía,
como actual comparecencia en este tramo temporal de lo finito,
en esta ronda mercantil del pensamiento,
en esta incertidumbre metafísica y temprana,
en esta ontológica maroma del ser en la energía material del alba cósmica
con el axioma indemostrable del principio de las cosas,
con la cuántica mirada refulgiendo entre las partículas indivisibles del espíritu.

11. Lo inmenso de esta curvatura al infinito

Descansan las tinieblas allá lejos, el mar se hace pequeño,
el lapislázuli del cielo se extiende hasta volverse oscuro,
negrura en los ojos, rumor cromático dormido,
bálsamo supremo de allende de lo imperecedero.

Ruedan sobre piélagos de cristal suaves huellas,
trazas de un camino ontológico en la brevedad del uno mismo,
en el suspiro metódico del terrenal cerebro, del analítico pienso,
de la cuenca craneana sosteniendo párpados, luz de lo infinito,
senderos recorridos entre las trochas de un abismo, en la luz que nunca ha sido.

Los rumores se avecinan, distantes son los pasos, los ecos nunca llegan,
relumbran las ondulantes ondas, las rectas en las parábolas,
las concavidades subterráneas del vocablo mudo, de la sílaba cortada.

Son tinieblas en reposo, sopor del sueño, ya no hay duda,
fulgores que apenas deletrean un espectro en el espacio,
las arrugas en el tiempo monolítico, en la espiral del raciocinio
frente a lo inmenso de esta curvatura al infinito,
de este declive sin sosiego, sin horizonte fijo en el espíritu.

Rondan las mañanas cuando es al mediodía, nostalgia futura de la médula,
bifurcan los caminos de la angustia, sostienen el suplicio del presente
con tan enormes añoranzas que el porvenir es variable en el pretérito,
es futuro compuesto cuando la aurora es tiempo en los bolsillos,
en el arcaico reciente de una idea, en el insondable momento del ya mismo.

Carcajea la malicia de un ente al ungir su existo, al rondar entre una piel extraña
donde es intravenosa la célula mayor del esqueleto,
donde es entrometido entre oscuros pasos, tal el ronquido prematuro de la especie,
tal un sendero solitario o un abismo errando bajo esta alquimia de los cuerpos.

Se es verbal instante, proverbio en las plazas de mercado,
en las aceras del delirio, en los discursos de un candidato,
en el entrecejo y el perfil precario del mal tiempo en las finanzas del Estado.

Anuda la humedad un cuerpo oscuro, electrizan la temperatura
los océanos perdidos en la bruma prístina de un big bang enloquecido
con la física añorando metafísicos atisbos,
recurriendo a la nada previa a todo acto, a la opacidad imperativa del cerebro,
a su noche lóbrega en los cuadernos de la infancia prematura, del nido antiguo.

Abruma el mar por sus olas, por sus fuertes resplandores
quebrando la energía de partículas disueltas entre gredas húmedas,
entre el roncar profundo de los abismos y las aguas,
de los precipicios abismales de montañas olvidadas
bajo un fondo ondulante pleno de incógnitas, hipótesis y teoremas,
o bajo las presencias naturales con otras diagonales de existencia,
con otras arcillas primeras en el azar de las derivas planetarias,
con el lento caminar de placas oceánicas, con las luces germinales del mañana.

Se asemeja un mar a otro mar, la espuma flota,
el rencor contra la vida continúa, se le cortan las alas a la espera,
las cabezas a las personas, la luz a las sombras.

Son noches furibundas, hallazgos matutinos en el atardecer de otras praderas,
en el lado oscuro de una idea, del párpado doblado,
del labio enfurecido por tan perniciosos delirios del espíritu,
por innumerables brumas acorraladas contra la parte contraria de la espalda

Se asume la luz por sus destellos, por los fulgores que alegran,
por la rutilante contraseña que cada día carga
como despedida frontal de un adiós en la garganta.

Roncan los latidos, el corazón se inflama, el interior vuela,
y túrgidos son los sueños más profundos que el destino enhebra
entre la batahola reinante con tanta calle polvorienta y sola,
con tanta vía ciega, con tanto impase en el desierto abrupto del Homo proselytus.

16. En el balcón nocturno de la inagotable vida onírica

Cuando llega la noche cuánta somnolencia y luz se asoma,
cuántos relámpagos en el lado opuesto de la cara,
en la caricia central de las ideas mientras el sopor dilata el intelecto
y vuela a otras esferas bien reales ya que son reflejos especulares en la memoria
de tan variadas existencias contra la espalda diurna de un vivir y su conciencia.

Concurren muchas formas, lumínicas siluetas, rumores del futuro más reciente,
líneas curvando innumerables letras, las vocales cuando sueñan,
los fonemas invertidos por la abundancia soñadora, por la prosapia en las ideas.

Concurren nocturnas aves mientras las pupilas se cierran
en el más allá de lo consciente al juguetear con el marco plural de la existencia.

Son vida de otros egos de la misma coyuntura,
del mundo versátil del silencio en la vigilia, de allende lo ontológico del cuerpo.

Son curvas en la nada, me diría, en sus cuánticas piruetas,
en la soledad de las palabras cuando erran
en el aquende de otras lenguas, vocales que no suenan,
diatribas que se alzan como agonías nocturnas
de un deambular entre las sombras,
entre las umbrías del mañana y las oscuridades de la razón humana.
Son fuertes tonalidades y es la música, esferas que riman,
cuerdas que vibran, cumbres que ondulan, son recuerdos y se olvidan.

Sobre el dorso oscuro el cielo gime, pestañean sus quereres,
son presentes ya pretéritos en el balcón nocturno de la inagotable vida onírica.

Esgrimen lucecitas y tiritan, el pasado no recuerda
tanto olvido donde lo actual se observa,
donde la reminiscencia es el futuro mientras se evapora.

Se alejan las ideas, erra el ego desprendido de su cuerpo,
el espíritu soñador del apotegma y el proverbio,
la luz interna de esta entidad natural de la materia,
prístino suceso de un invento fantasmal del siendo.

Se asume en ese allá el lado opaco, el umbroso sueño humano,
o en el acá el ser roncando mientras son otras sus querencias,
exuberantes universos donde la luz modela incontables reinos
o periplos donde el existir fantasea su pensar ingrávido,
su extenso mar y expansión suprema, sus nidos de inasibles fuerzas,
tal las tormentas en los estambres de la vida mientras se alejan.

De noche fue la luminosidad en el relámpago, el cielo oscureció las estrellas,
los corpúsculos de luz no asoman, el sueño no reivindica su penumbra,
busca avatares luminosos en el confín de sus errancias,
en el albor de las primicias cuánticas, y cuando lo onírico asume su mudanza.

Se asoma la luna por la noche, deja huellas milenarias
en la membrana espacial dilatando las miradas,
en la angustia sonora del presente acontecer y el estar en esta tierra,
en el olvido cotidiano de las sombras,
en la fuerza insospechada atando las bóvedas del cielo
a tanta lejanía temporal del pensamiento,
a tanta luz de estrella, a tanta galaxia que se aleja,
a tanto murmullo en el fondo cósmico emparejando compases y cadencias,
el eco repetitivo del movimiento, el plasma espacial del existir en el siendo.

Si cogitare tanta cosa en el sueño nocturno de cada neurona,
en la glía de la cocorota de cada unión y sus contrarios,
en los biofotones de la conciencia,
haría una pausa en el mundo del allá cuando se sueña,
cuando las sombras envuelven la luz que antes era.

Sin tanto evento y esto, el mundo luminoso siempre empieza.