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Colombia – Septiembre de 2017 – No. 26

Pasajes de la vida de José Felipe (III)

Continuación

Jairo Trujillo M.

José Felipe cuenta sus historias. Las iré dando a conocer con cierta regularidad. El propósito es reunirlas todas en un solo volumen. 

Mucha gente ha vivido experiencias similares y se pierden en el olvido. Trataré de recoger algunas de ellas en estas narraciones para que se recuerden de alguna manera.

No tienen un orden cronológico, pues la vida no es una sucesión de hechos ordenados y planificados. Y menos la de José Felipe.

La primera parte puede leerse aquí.

La segunda parte puede leerse aquí.

He aquí la tercera de ellas.

Diciembre de 2017

 *  *  *

Las arrugas de San Mateo

Cuando Luis Castillo me contó que su hermano José murió a principios de los años 90, en presencia de su mujer y de sus hijos, y me describió los detalles de su fallecimiento, me quedé de una sola pieza. Y me quedé así porque José fue mi amigo y por la manera como murió. Nunca antes tuve noticias del deceso de alguien en esas circunstancias. Algunos años después volví a pasar por Betulia, rumbo a Urrao y me dirigí a la tienda de Luis donde había recibido la infausta noticia.

‒Don Luis ya murió hace pocos años ‒me contestó una viejecita cuando le pregunté por el viejo tendero del parque principal. Otro amigo muerto y un nuevo motivo para la tristeza.

 

José Castillo nació en las fértiles y empinadas montañas de San Mateo en el municipio de Betulia, departamento de Antioquia, Colombia. Su vida por muchos años estuvo ligada a la producción de café. En su familia, uno de ellos logró una considerable fortuna, pues al cultivo le añadió la comercialización del grano. La mayoría de sus parientes eran medianos productores, muy buenos trabajadores, emprendedores y de ideas muy liberales. Como son la mayoría de los habitantes de aquellas comarcas.

Vino con el tiempo lo que un poeta urraeño llamó La vida mala, conocida por otros como la época de La Violencia. José se fue a Medellín al igual que miles y miles de campesinos, estudió algo y aprendió algunos oficios que le permitieron ganarse la vida, como el arte de pintor de brocha gorda. Se casó y tuvo tres hijos.

Su hermano Luis y otros tomaron un camino diferente: Se fueron más adentro de aquellas montañas, remontaron la cordillera y llegaron a Pavón en Urrao. Se incorporaron a las tropas del famoso Capitán Franco, cuyo nombre era Juan de Jesús Franco Yepes, nacido en Andes, Antioquia, en 1905.

En Medellín, a José le llegaban las noticias de su tierra, de su hermano Luis, a quien apodaban Mejoral, y de sus compañeros el Capitán Franco, El Míster, Venganza, Tarzán y tantos otros. Se decía que el lugarteniente de Franco era un hombre rubio, de ojos azules y que por eso lo apodaron El Míster. Éste murió en 1952 en un combate en la vereda Santa Ana de Pavón; la reacción de los hombres del Capitán Franco fue emboscar a la policía, cortarle la cabeza a los muchos que cayeron muertos y clavarlas en los estacones o postes de los alambrados de la entrada a esa región.

José se preocupaba mucho por la suerte de su hermano y cuando podía le enviaba pequeños mensajes. Luis se los contestaba y le comentaba de sus actividades. Le contaba que, aunque tenían su cuartel general en El Hato de Pavón en Urrao, también andaban por los lados de Salgar, Betulia, Concordia, Anzá, Caicedo, el río abajo en el Penderisco y en el Chocó. Que intentaron tomarse a Altamira, y que llegaron incluso hasta Frontino, Dabeiba, Uramita y Peque, en donde se reunieron con Julio Guerra, el jefe guerrillero liberal de esos contornos y del Alto Sinú. Para llegar a esas remotas tierras caminaron por la selva que va para Mandé, abajo de Urrao, y cruzaron por Frontino y más allá. Le decía: “Esos caminos son terribles, jamás conocimos algo igual. Siempre húmedos porque no les da el sol y llueve a diario, sin piedras, de modo que uno queda fácilmente clavado hasta la rodilla si se resbala. No creo que haya algo igual en el mundo.”

Los campos se cubrieron de cruces por doquier y algunos esperaban a sus enemigos a la vuelta de un camino con una escopeta sostenida por una horqueta. A esta forma de matar la llamaron pavear u horquetear. Había un sitio adelante de Concordia conocido como El Papayo. Allí arrojaban a muchos de los asesinados en aquellos tiempos. Dicen que por eso se hizo famoso el dicho: Lo pasaron al Papayo. Los cortes de franela y de corbata, los cristos campesinos amarrados con alambre de púas con las manos atrás, las quemas de las casas, el despojo de las tierras… fue cosa de todos los días. Y después que pasó la Vida mala, subsistió el espíritu pendenciero en algunos habitantes. Espíritu que se despertaba más con el licor en abundancia en las épocas de cosecha de café. Las riñas a machete se presentaban los domingos en día de mercado. Algunos llevaban la marca de una cicatriz en los brazos o en la cara.

Los viejos guerrilleros liberales rehicieron sus vidas, se dedicaron a la agricultura, al comercio y a otras actividades. El Capitán Franco pasó un tiempo en la cárcel, pues no fue amnistiado por ser militar. En 1959 fue en búsqueda de Julio Guerra con propósitos que aún hoy no están claros y murió en extrañas circunstancias. Veinte años después, Luis Castillo se encontró en Medellín con el mismo Julio Guerra, el legendario guerrero del Sinú y del San Jorge. Los dos ya viejos y nostálgicos, se cruzaron en un fuerte y emotivo abrazo, hablaron de su vida, de todo lo que había pasado en el país y en sus regiones, de sus anhelos y esperanzas futuras. Nunca más volvieron a verse, ni sus sueños se hicieron realidad. Ambos murieron en distintas épocas de muerte natural.

 Con todo y eso, la paz y la tranquilidad duraron varias décadas y se pudo volver a pescar de noche, literalmente hablando. Muchas veces fui con amigos a pescar a medianoche truchas al río Encarnación o sábalos en el Penderisco abajo en Urrao, o a cazar armadillos y guatines en las noches de luna llena de Altamira. Con confianza la gente se movía de noche o de día, sin ninguna preocupación.

Habiendo pasado la Vida mala, y con mayor sosiego en esas tierras, José regresó a su San Mateo del alma y adquirió una buena finca cafetera. Para esto, reunió algunos ahorros y consiguió un dinero prestado. Volvió a respirar y a disfrutar el grato olor de la flor del cafeto. Gozaba como nadie con aquel espectáculo magnífico de un cafetal en flor. Tiempo después, tuvo la suerte de disfrutar de la mayor bonanza cafetera que ha habido en este país. El precio del café llegó a subir a U$3.40 la libra. Todo el mundo vivía atento a los precios en Nueva York de nuestro producto estrella. Hasta los jornaleros andaban con el radio colgado en la cintura, oyendo los corridos mexicanos y pendientes de las noticias del café.

La familia de José rápidamente se adaptó a las nuevas condiciones. Las cosechas iniciales fueron muy buenas. El crédito de la finca se amortiguó bastante. La prosperidad se disfrutó al máximo. Montaron grandes almácigos, renovaron lotes viejos, otros los zoquearon, se volvieron expertos en el arte de la poda de los arbustos. La desyerba no volvió a realizarse con azadones sino con machete y a mano; entendieron la importancia de la siembra en curvas de nivel y el trazado en triángulo o tres bolillos. Y como casi todos en esos tiempos, siguieron el mal consejo de sembrar el café sin sombrío y hasta cortaron majestuosos pisquines o carboneros que sombreaban los viejos cultivos de café arábigo o pajarito, como ellos lo llamaban. La pulpa o cereza como le dicen en otros lugares, la utilizaban para hacer compost. Fabricaron grandes techos de zinc con carros que corrían para que el sol hiciera su trabajo de secado. Construyeron un gran campamento para el dormitorio de los recolectores. La cocina tuvo que agrandarse y se consiguieron grandes ollas para la comida de todos los trabajadores. Pues la costumbre de la región era contratar chapoleros con la alimentación incluida.

Un largo cafeducto se hizo en los lotes de arriba del beneficiadero. Un tubo de PVC de varias pulgadas de ancho terminaba en dos grandes tolvas en sus extremos: la de arriba, para vaciar el grano que se medía por galones a los trabajadores; y otra, que estaba junto a la máquina despulpadora. Los lotes que estaban abajo del despulpadero, recogían el café en grandes costales que acomodaban en las mulas que los subían. José siempre se preocupaba por mejorar y aliviar las cargas de sus trabajadores. Un gran motor movía aquel tambor gigante y el dulce aroma de la cereza se esparcía por los alrededores.

Al día siguiente, luego de dejar fermentar el grano en su propia baba, se procedía a la lavada. Luego, había que trasladarlo a los carros de secado. Y en la noche o cuando llovía, se corrían y parecían una enorme casa.

Al final de la semana, después de hacerle la prueba de secado al café, cruzando todos los dedos y refregándolo fuertemente con las dos palmas de las manos, se empacaba en grandes costales de cabuya, llamados pergamineros. Se cargaba en las mulas y se iniciaba una larga marcha en travesía y subiendo algunas lomas, hasta llegar cuatro o cinco horas después al Brechón, cerca de los límites entre Betulia y Urrao.

El paisaje no dejaba de ser maravilloso en aquellos remotos confines de nuestra geografía. Las arrugas de la región de San Mateo, como las describiera un campesino, formaban cuchillas empinadas que iban de abajo hacia arriba y morían en hondas cañadas y zanjones, todas verdes de muchos colores, salpicadas en ocasiones de puntos blancos cuando floreaban los cafetales. Hacia arriba, se remontaba hasta las nubes y a veces de ellas sobresalía imponente el cerro de la San José. Por uno de sus costados y en medio de hermosos cañones, había un largo camino que conducía por un vallecito llamado también San José hasta el municipio de Urrao, donde se ampliaba y se unía al valle del Penderisco. Más allá de la finca de José en Piñonal, estaba La Quiebra y al otro lado vivía Samuel Hinestrosa, un viejo amigo de José Castillo y también amigo mío. Cerca de allí, estaban la hacienda San Mateo, el corregimiento Luciano Restrepo y otras veredas muy pintorescas. Abajo y a la distancia, sobresalía la cúpula del corregimiento de Altamira. Y más al fondo todavía, serpenteaba majestuoso el río Cauca, bordeado de grandes haciendas ganaderas, ardientes y de clima seco tropical. Y pasando el Cauca, subiendo a la Cordillera Central, se alcanzaban a ver punticos de los pueblos de Sevilla, corregimiento de Ebéjico, Armenia Mantequilla y Heliconia. Todavía no había llegado mucho la electrificación al campo, y por eso en las noches la luz de los poblados estaba rodeada de penumbras. El panorama era grandioso, espectacular. Poder apreciar tanto mundo desde un lugar, da una satisfacción que infla el espíritu y llena el alma. Es algo que se puede disfrutar desde las altas montañas, diferente a lo que se observa desde las planicies.

En cierta ocasión, fui a visitar a José desde La Choclina, jurisdicción de Anzá y muy abajo de Altamira. Era domingo en la tarde, subía por la cuchilla de La Quiebra, ya en San Mateo, alcancé a un grupo de hombres que subían a caballo. De pronto, dos de ellos se separaron del grupo y se me adelantaron y me cerraron el paso en una puerta de golpe. Allí me retuvieron hasta que llegaron los otros y empezaron a interrogarme. Me requisaron; buscaban con ansiedad una jeringa. Al no encontrarla, se mostraron desilusionados. Muy inquietos, dijeron que era muy raro que llevara una linterna de tres baterías que me habían regalado. Les dije de dónde venía y que iba de visita para donde mi amigo José Castillo. No me creyeron, aunque simularon ser amables y siguieron escoltándome hasta llegar a una tiendecita. Sin yo pedir nada, llovieron cervezas y se sentaron junto a mí, dispuestos a no dejarme solo ni un momento.

Empecé a preocuparme seriamente. En esas, cruza la puerta Samuel Hinestrosa, viejo amigo mío y vecino de la región. Mi corazón saltó de alegría y fui a su encuentro. Lo saludé alzando la voz para que todos me oyeran. Samuel, muy efusivo también, me invitó a otra mesa y le conté lo que me pasaba.

‒Pues señores, sepan y entiendan, que este muchacho es amigo mío y lo que es con él es conmigo ‒dijo Samuel, dirigiéndose a todos los presentes.

Todos callaron, pues él era uno de los líderes más conocidos y queridos en la región.

Aprovechando la sorpresa y sin esperar reacciones, me despedí de Samuel y por un empinado cafetal salí raudo para la finca de José Castillo, distante a una media hora de allí.

Él me esperaba y estaba preocupado por mi demora, pues había pasado la hora en que le dije que llegaría. Le conté el incidente y me habló muy mal de aquellos tipos.

Hablamos de muchas cosas. Esa semana la pasé allí, y junto con otro amigo que estaba con él, le ayudamos en sus labores y el sábado entre todos arriamos las mulas con el café por el largo camino hacia El Brechón. Durante mi estancia, me confesó que estaba sufriendo unos dolores terribles en su espalda, que a veces no lo dejaban dormir. Fue la última vez que vi a José Castillo.

Resulta que por esos días circulaba el chisme de vereda que por toda la comarca rondaba un chupasangre, que se robaba los niños y especialmente a las muchachas y que las autoridades no habían podido cazarlo. Todos los días la historia la agrandaban y la exageraban más, y hasta en forma simultánea “aparecía” el tal chupasangre en distintos lugares a la vez. Las muchachas que querían desaparecer con su novio inventaban que se las había robado el chupasangre. Era uno de esos rumores del campo que se convierten en mitos rápidamente. Que no se sabe cómo empieza ni cómo termina.

Tiempo después, Samuel me contó que esos tipos creían que yo era el chupasangre y que planeaban emborracharme, matarme y enterrarme en un cafetal. Ellos tenían esa costumbre con todo forastero que se atrevía a llegar por esos contornos. Su jefe era un campesino rico de apellido Vélez.

Años después, cuando vivíamos en Bogotá, una amiga de Concordia nos invitó adonde “un señor muy formal y amable de Betulia, que tiene una finca en San Mateo”. Emprendimos el viaje con toda la familia. Dejamos el carro en la plaza del pueblo durante varios días y nada le pasó. Tomamos el bus escalera que va para Altamira. Mucho antes de su destino, nos bajamos en una fonda del camino donde nos esperaban con varios caballos. Emprendimos la marcha por unos barrancos azarosos y pantanosos. Al llegar a la casa de la hacienda, ¡oh sorpresa!, quien nos recibía con toda amabilidad porque llegaba “gente importante de Bogotá”, era nada menos que el señor Vélez, el mismo del cuento del chupasangre. Sobra decir que en los días que estuvimos allí tratados a cuerpo de rey, no se me ocurrió mencionar el hecho del pasado.

 

La vida de José Castillo y la de todos por esos lares empezó variar. Pasó la bonanza cafetera, vino la destorcida y las cosas se empeoraban todos los días. Las cosechas no alcanzaban para amortiguar los varios créditos, tanto el de la compra de la finca como los adquiridos para renovar los cafetales, construir el beneficiadero y mejorar las condiciones de trabajo.

‒Te metieron a jurídica ‒le dijo a José un empleado bancario, conocido desde la infancia.

Ya sabía qué significaba aquello. No era al único que le pasaba. Sus preocupaciones aumentaron, sus hijos estaban grandecitos, querían estudiar y seguir adelante.

Por aquellos días, empezaron a verse las sombras de hombres armados, de botas de caucho y de sombrero o gorras, con morrales a las espaldas.

‒Vienen de Urrao ‒decía la gente.

‒Pero no son de Urrao, son de afuera ‒contestó otro.

José se acordó que pocos años antes, un pequeño grupo similar venido de Urabá estuvo también por allí, pero no se sabe por qué duraron pocos meses y se regresaron.

Estos de ahora aparecían en las tardes o en las noches, se ocultaban en los cafetales y en las cañadas. Andaban en grupos pequeños. Y decían que eran distintos a los que habían estado antes.

De tiempo en tiempo los helicópteros de color verde oscuro surcaban los cielos, aterrizaban en alguna pequeña planicie, descargaban a otros hombres armados hasta los dientes.

Tropas con armas muy poderosas, uniformes camuflados, con brazaletes que tenían insignias y letras que incluían la primera y la última de las vocales, también hicieron presencia. El retumbar de los disparos y de las explosiones que ensordecían en aquellas cañadas profundas se hizo frecuente. La zozobra era permanente. Algunos vecinos salían y no volvían y nadie daba razón de ellos. Otros murieron abrazados o amarrados con las manos atrás.

Llegó la noticia de que uno de los grupos que había llegado de Urrao negoció con el gobierno y se reinsertó a la vida civil. Otra vez renació la esperanza.

Pero un tiempo después, los que habían estado unos años antes y que venían de Urabá, regresaron con muchos más efectivos y se regaron por los campos de la región.

Los cerca de treinta años de paz y tranquilidad se acabaron por decisión de gente de afuera, pues los asuntos y los problemas y dificultades de la zona durante todo ese tiempo siempre se resolvieron de otra manera.

El problema agrario, el eterno conflicto de siglos de nuestro país, desencadenó varias invasiones de tierra en las cercanías de Urrao y en la finca Montenegro de Altamira y se presentaron conflictos laborales en la hacienda San Mateo, donde fue asesinado un sindicalista de apellido Bolívar. Esas contradicciones no trajeron más violencia a pesar de su agudeza.

José Castillo no entendía por qué llegaba nuevamente la violencia patrocinada y dirigida por intereses externos a su región, si hasta los problemas de la tierra, tan graves, los trataban sin crear grupos armados.

La vida da muchas vueltas. Gerardo Arenas, riquito de Altamira a quien los campesinos le invadieron su finca de Montenegro y que consiguió desalojarlos con brabuconadas, años después fue asesinado por uno de esos grupos armados que los acusaban de colaborador de la guerrilla. Poco antes habían asesinado a su hijo.

‒¿Cuándo será que aprendemos a tratar nuestras contradicciones y diferencias de una manera civilizada? ‒se preguntaba José Castillo a menudo.

A veces llegaban a su casa en una misma semana las tropas de las tres fuerzas. Sus uniformes, vistos en el atardecer o en la noche, parecían similares, al igual que sus armas, diferenciándose las botas de los soldados con las de caucho de los otros grupos. A todos había que matarles gallina, según la expresión popular, y siempre preguntaban detalles y pedían información de los otros.

Esta situación terrible, esta incertidumbre permanente, más las deudas alrededor de su cuello, llevaron un día a la determinación que muchos tomaron:

‒Definitivamente no aguanto más. Nos vamos para Medellín. De alguna manera allá nos acomodamos y algo habrá para hacer.

Unos días después, las mulas, que antes cargaban el café, llevaban los enseres de la familia, y José Castillo, su mujer y sus hijos marchaban cabizbajos y con los ojos rojos de llorar, loma arriba y hacia el Brechón.

Con el apoyo de familiares y amigos, poco a poco se fueron acomodando nuevamente, prestaron algún dinero y José aprovechó sus viejos conocimientos de pintor de brocha gorda. De ese trabajo lograron subsistir y salir adelante poco a poco. Sus hijos entraron a estudiar y su esposa trabajó ocasionalmente en diversos empleos.

Añoraba su San Mateo. Con dolor, se enteró que su finca se había convertido en cuartel militar de quienes tenían en sus brazaletes la primera y la última vocal. Supo que con trampas en una notaría y en la oficina de registro ya tenía nuevo dueño, como ocurrió con muchos de sus vecinos. Esto lo atormentaba y lo sumía en el dolor más terrible. No dormía bien. Y a esa situación se le agregaba el dolor creciente en su región lumbar.

−¡Mujer, mujer, me resultó un buen contrato para pintar un edificio de apartamentos! Con eso podemos pagar algunas deudas y el estudio de los muchachos.

Así llegó eufórico un jueves en la tarde de un julio veraniego y caluroso.

−El lunes siguiente empezamos a trabajar en la pintura de ese edificio.

Toda la familia se aprestó para el trabajo. Su esposa y sus hijos se vistieron con ropa adecuada para la ocasión. Cargaron con la escalera, la pintura, las brochas, los rodillos, las espátulas, el estuco, la cinta de enmascarar, el papel de lija. Hasta consiguieron gafas especiales para proteger los ojos, guantes y llevaron el almuerzo para no perder mucho tiempo.

José se llevó también el radio que no le faltaba para oír su música y escuchar las noticias.

Estaba feliz, cantaba y hacía chistes. Puso a su esposa y a los hijos a lijar y él se preparó para pintar el techo. Cuando fue a levantar la escalera, sintió una picada que le atravesó la cintura. Se acordó que en esos días le habían diagnosticado cáncer en la columna. Tomó aire, levantó los brazos y descansó. Para evitar que otra vez le ocurriera lo mismo, le pidió a uno de sus muchachos que le colocara la escalera en el lugar adecuado para empezar a trabajar.

Cogió sus herramientas, se subió y empezó a pintar. Sus acompañantes se extrañaron porque dejó de cantar y porque hacía rodar el rodillo con dificultad y muy lentamente.

De pronto el mundo se oscureció, la cabeza le dio vueltas, la pintura voló lejos con el rodillo y él cayó de espaldas encima del galón de pintura.

No emitió ningún gemido, su mirada vidriosa quedó fija en el techo.

‒José por dios, José, ¿qué te pasó? ‒gritó desesperada su mujer.

El hijo mayor se acercó rápidamente, lo examinó y llorando dijo:

‒¡Mi papá está muerto, se partió en dos por la cintura!