24 – Editorial

¿La nueva Edad Media?

Hace algunos años Umberto Eco hablaba de la nueva Edad Media. Y en la columna de Héctor Abad Faciolince que publicamos en este número afirma que el 2016 es el año en que nos volvimos brutos; compara algunos acontecimientos de hoy con los del nacimiento del nazismo y el fascismo.

Lo cierto es que siempre en el mundo soplan vientos de todas las tendencias. Cuando hay cambios sustanciales y revolucionarios, soplan casi al mismo tiempo los que promueven la restauración del pasado, los que predican y aplican el regreso a lo ya caduco que sigue atrás. Que sigue atrás con todos los privilegios, métodos y sistemas que ello representa.

Después de la Revolución Francesa se presentaron muchos fenómenos regresivos y triunfó por un tiempo Napoleón, asolando a toda Europa. Napoleón terminó solo en Santa Elena.

En toda América las revoluciones de independencia alcanzaron a cambiar el rumbo a este continente, pero muchos de los que triunfaron siguieron con los privilegios y la mentalidad de las metrópolis contra las cuales se habían levantado.

Los nazi-fascistas dominaron buena parte de Europa, África y Asia y tuvieron sus seguidores en América. El mundo se sumió en la Segunda Guerra Mundial, causando millones y millones de víctimas. Por fortuna el viento del progreso y del cambio se impusieron, y surgió un mundo pluralista y diverso. Pluralista y diverso como debe ser nuestro planeta, pues el unanimismo asfixia y mata. Luego vino la guerra fría de la que estamos tratando de salir tanto en América como en Colombia.

Nuestro país se quedó en muchas de las costumbres culturales y políticas de la época de la Colonia, que fue la versión criolla de la Edad Media europea. Con todos los privilegios, abolengos rancios, concentración de la tierra, aplicación de la ley del más fuerte, el desprecio por la democracia o la aplicación de un remedo de democracia, la solución de los conflictos por la vía violenta. Nuestra historia se contaba y se cuenta como una sucesión de acontecimientos donde sólo participan los próceres y no los de abajo y los conquistadores son exaltados como héroes. No es sino ver al gobernador de Antioquia colocándole una corona a Jorge Robledo y al alcalde de Bogotá descolgando un retrato de Bolívar para remplazarlo por el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada. Los textos de historia y parte de la literatura nuestra expresaban esos pensamientos. Los poetas preferían “sacrificar un mundo para pulir un verso”. Y de hecho así lo hicieron e incluso uno de ellos entregó a Panamá. Y un tal Carlos Holguín Mallarino regaló el Tesoro quimbaya a los despojadores del pasado.

Claro que otros vientos soplaron siempre: el negro cimarrón Benkos Biojó empezando el siglo XVII, Galán y los comuneros, Nariño con sus derechos del hombre, José María Carbonel y la Pola levantaron a los humildes contra la dominación española. En la literatura, hombres como José María Vargas Vila y Gabriel García Márquez, para no hablar sino de dos emblemáticos de talla mundial, representaron esos vientos del futuro y del progreso.

Y esos vientos siguen enfrentándose a ese viento restaurador del pasado, de ese pasado medieval, que quiere mantenernos en el gamonalismo y en la violencia. Y se dan grandes batallas donde a veces gana el uno, como en el pasado plebiscito del 2 de octubre. Y hay otras donde logra abrirse paso la civilidad y el pluralismo, como en acuerdo de paz que se firmó en el Teatro Colón el 24 de noviembre de este año. Una nueva Colombia más civilizada, más acorde con el porvenir que con lo caduco tendrá que proyectarse en los próximos años. Como lo dice el lugar común que tanto se repite pero que no se aplica: Una Colombia donde quepamos todos.

En otros lugares del planeta gana el Brexit, derrocan a Dilma Russeff en Brasil, triunfa un tal Macri en Argentina y llega a la presidencia de los Estados Unidos un payaso multimillonario que amenaza con volver al pasado de la guerra fría. Acontecimiento este que lo analiza desde Chicago nuestro querido amigo Luis Delgado, en su columna de la sección de Opinión.

 Ese pasado de la Edad Media, de inquisiciones y despojos, de oscurantismo y de negación de la ciencia y el progreso, de predominio de lo sobrenatural frente a la realidad, no se resigna a desaparecer. A Eolo, el dios griego del viento, hay que ponerlo de nuestro lado, del lado del progreso y del futuro, no del pasado.

Jairo Trujillo