25 – Jon Restpo

El hombre que buscaba al Nusidó

 A Omar A. Márquez “Mauricio”

Domingo de Traslamero llegó al viejo campamento de la Gulf Oil Company fascinado por el relato del Nusidó, ahora llamado Río Negro y donde habitaba un enorme pez que comía hombres. Llegó por el camino polvoriento que lleva desde Campo Dos hasta las márgenes del río, arrastrando sus pies cansados y con peladuras en la espalda causadas por la vieja maleta de cuero donde llevaba pulcramente ordenados sus títeres.

No llegó hasta el río, se quedó con los guerrilleros. Dos meses antes nuestra columna había ocupado el campo petrolero y de tanto tiroteo espantamos al monstruo del Nusidó que no volvió a aparecer. En ese campamento permanecimos mientras se adelantaban los diálogos de paz con el gobierno colombiano. Allí recibíamos delegaciones oficiales, grupos de estudiantes, sindicatos, periodistas y a cuanto curioso quería ver guerrilleros en persona y comprobar que no comíamos niños fritos.

Por el campamento pasó mucha gente. Los sindicatos pedían nuestra opinión sobre los pliegos que negociaban con los patronos, nos consultaban sobre disputas por herencias, maridos infieles, robo de ganado, demandas de alimentos, problemas de linderos, tráfico y consumo de drogas y hasta el robo de una gallina. No teníamos experiencia en nada de eso y hacíamos lo que dictaba el sentido común, la gente confiaba en nosotros y tratábamos de resolver las cosas lo mejor que podíamos. Pero sin duda el visitante más ilustre de todos fue Domingo de Traslamero con sus títeres.

Los guerrilleros del primer anillo de seguridad sintieron lástima por el flaco titiritero que alguien comparó con Abdul Rahim, el curandero de Kefraya en un lejano país árabe.

Domingo de Traslamero llevaba un gorro negro y los bigotes de Don Quijote de la Mancha, usaba pantalones anchos como el sherwal de los guerreros libaneses y como no tenía dinero para botas altas de cuero entonces usaba alpargatas hechas de tela y un pedazo de llanta de camión. Era flaco, casi transparente y el miedo que producía en los niños del pueblo desaparecía cuando esbozaba la sonrisa más tierna del mundo.

Campo Giles era lo más parecido a Macondo que uno pudiera imaginar. La única calle hervía todo el día por el intenso calor y quemaba las patas de los perros flacos que vagaban por el pueblo. Todo el pueblo olía a mierda de marrano, pero la gente estaba ya acostumbrada y no sentía el olor. Humanos y no humanos clamaban por un poco de brisa que nunca llegaba y se disputaban la poca sombra que daban los almendros, el agua salía hirviendo de los grifos y las duchas. Si uno se bañaba no sabía si estaba mojado o sudando.

El titiritero preguntó si se podía quedar unos días en el campamento. No tenía dinero para irse a un hotel en el pueblo vecino. Le respondí que sí con la condición de que hiciera una función de títeres para la tropa y los niños del pueblo. Con nosotros tendría comida y una carpa de campaña para dormir.

Domingo aceptó gustoso. Guerrilleros y niños asistieron maravillados para ver La fábula de los tres cerditos. Entre risas y aplausos, los títeres de Traslamero llevaron alegría a la gente, luego regresaron a descansar entre la vieja maleta de cuero.

El hombre se amañó tanto entre la tropa que se dedicó a dar clases de teatro y a enseñar a leer a los guerrilleros utilizando la primera página de Cien años de soledad. Sacaba fotocopias a montón de esa primera página y las repartía entre sus alumnos. Del resto de la obra les hablaba él mismo. Así supieron que toda la vida nos la habíamos pasado en guerra. Supieron qué era un gitano y se enamoraron de Remedios la Bella.

Un día que yo llegaba a caballo de recorrer las postas de seguridad, Traslamero me dijo:

‒Hermano, usted se parece al coronel que llegó con el oro de la revolución en las 14 mulas el día que se firmó el Pacto de Neerlandia.

Esa noche amanecimos tomando café cerrero y hablando de la novela, de cuántas veces la habíamos leído, de los pasajes que más nos gustaban. Coincidimos en que uno de nuestros favoritos es cuando el coronel Aureliano Buendía y su compadre, el coronel Gerineldo Márquez conferenciaban por el telégrafo y Buendía le dice al otro:

‒No hable pendejadas, compadre, en Macondo siempre llueve en agosto.

Nos hicimos buenos amigos, y Traslamero lloró con nosotros el día que el Negro Ramírez, jugando billar, recostó su fusil contra la pared y una niñita accidentalmente oprimió el gatillo y le dio un tiro al Negro en el centro del pecho. O la noche cuando otro guerrillero llamado Libardo, por error, disparó y mató al Zorro, un joven camarada a quien confundió con un soldado enemigo.

El curita que vino de Tibú a oficiar la misa de los caídos sudaba a chorros enfundado en su sotana negra y renegaba del calor. Después de que enterramos a nuestros muertos se despidió diciendo:

‒Este calor tan bravo y este olor a mierda de marrano no se lo aguanta ni el putas.

Traslamero nunca estaba quieto ni aburrido. Se armó de una cámara de video y pasó semanas filmando todo lo que pasaba en el campamento. Así quedó registrado el día que inauguramos el campamento. Llegó el gobernador, como diez alcaldes y unos 3 mil campesinos que devoraron diez reses asadas. El gobernador quedó impresionado por la disciplina militar de la tropa durante una parada que dirigió el comandante apodado El Ponche.

También filmó cuando yo fui hasta el puesto de mando del ejército del gobierno a arreglar, con un coronel, el traslado de provisiones para su gente, atravesando territorio controlado por nosotros. Le dije que le dábamos permiso para que los camiones con provisiones atravesaran nuestro territorio y que la única condición era que su gente no fuera armada. El coronel aceptó a regañadientes.

Domingo también filmó cuando un helicóptero militar violó el espacio aéreo del campamento y una escuadra completa le descargó ráfagas de fusilería en advertencia por el atrevimiento. Al poco rato llegó corriendo nuestro operador de radio a decirme que un general quería hablar conmigo. El general estaba furioso porque le habíamos disparado al helicóptero. Le dije que solo había sido en advertencia y que la próxima vez los íbamos a derribar.

Con su cámara, Traslamero también filmó matrimonios, bautizos, fiestas y todo lo que veía. Filmó a los guerrilleros enfermos en el improvisado hospital de campaña, filmó la cocina del campamento y la cola de rebeldes recibiendo su comida. Filmó a los niños que jugaban a la guerra con fusiles de madera hechos por ellos mismos, filmó los paseos al Río Negro con la esperanza de ver al pez comedor de hombres, filmó los rostros frescos de las muchachitas del pueblo que se hicieron novias de los guerrilleros.

Filmó cuando el primero de marzo, día en que nos demovilizamos, metí mi fusil en un cajón de madera y con los otros, lo subieron a los helicópteros de la Cruz Roja Internacional que los llevó hasta una fundición.

Ese 1.° de marzo nos despedimos con un abrazo y la promesa de vernos en Bogotá para ir a escuchar tangos al bar de Marielita en La Candelaria, tomar cerveza y echar cuentos de la guerra. Quería que yo le contara la historia completa de cuando estuve preso y en la cárcel conocí a Cocoroy, el preso más viejo de Colombia y que había perdido la cuenta de cuántos hombres había matado, pero recordaba al detalle cuántos pajaritos había recogido caídos de su nido en el techo en 35 años que llevaba encerrado, o cuántos ratones había criado como mascotas a los que les hacía una casita con el pan del desayuno. Quería también saber la historia de Don Guille, otro preso al que nunca vi sonreír y que llevaba 30 años entre rejas por un doble homicidio y que en pleno juicio le dijo al juez, si usted me condena yo me vuelo y lo mato, promesa que cumplió.

No pudimos ir al bar de Marielita. Traslamero se quedó recorriendo los viejos campamentos petroleros y llevando funciones de títeres por todo el Catatumbo. Varios meses después me llamaron a Bogotá a decirme que a Traslamero lo habían acribillado a balazos.