26 – Estella Higuita Urán

Caicedo (Antioquia). Maestra de la Normal Sagrada Familia de Urrao (Antioquia), socióloga de la Universidad San Buenaventura (Medellín), Magister en Orientación y Consejería de la Universidad de Antioquia. Ha publicado cuentos en Obra diversa 2 y 3 (selección de textos del taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto. 2010 y 2015). En el CD de literatura antioqueña clásica y contemporánea del IDEA y la fundación Vistaz.

Evocación

La mañana estaba fría, el sol seguía apático, indolente y adormecido detrás de las nubes. Me bajé del bus cerca de la plazuela de San Ignacio. Sonaron las campanas y me llegó así, en forma repentina, un recuerdo distante de aquella época casi olvidada de la niñez y adolescencia, cuando mis primas y yo salíamos de la iglesia, y comprábamos las golosinas en la acera del convento, situado en la calle Pichincha. Sentí en la boca el sabor dulce de las panelas de coco que permanecían bien acomodadas en las canastillas de los vendedores ambulantes. Allí, podíamos mezclarnos con los universitarios de Estudios Generales, sin que supieran cómo suspirábamos por ellos.

Vuelvo al tiempo aquel y me doy cuenta de que la plazuela aun no pierde su encanto. El Paraninfo, la iglesia y las edificaciones del frente se mantienen; los mismos árboles –de tallos negros y gruesos– ahora añejos, pero todavía son frondosos.

Envuelvo mi cuello con la bufanda e introduzco sus puntas entre el suéter y con el paraguas me protejo de una llovizna delgadita que cae como pelusas. Camino despacio. Escucho el ruido de la calle; los buses con sus bocinas estridentes, y la prisa por llegar a su destino, como si su intención fuera precipitarse unos sobre otros. La gente que se mueve como una masa informe, por encontrar su camino me empuja sin lograr sacarme del ensimismamiento.

Al llegar a la esquina tengo una visión completa de la cuadra. Hace mucho tiempo dejó de ser residencial. Las fachadas siguen siendo las mismas, pero ahora están recargadas de colores fuertes con anuncios en las paredes y encima de las puertas.

En muchas de esas casas la sala y las alcobas pasaron a ser un solo salón, dedicado al comercio.

El edificio azul oscuro y gris, en Bomboná con Girardot sigue en pie. Su fachada, recién pintada, exhibe la propaganda de los cursos que allí se dictan. Ya era vetusto cuando yo tenía cinco años y llegué con mi madre, desde el pueblo a visitar a su familia. Las columnas firmes y paredes gruesas le han permitido perdurar. Todo el segundo piso, amplio, y con espacios generosos, lo habitaban mis abuelos, algunos tíos, mis primos y sus padres; y aún quedaba capacidad para albergar a los que llegábamos a pasar una temporada corta.

Todo me sorprendía: El cuarto de baño vasto, con esa bañera grande parada sobre patas similares a las garras de un animal salvaje, usada por mis primas como su piscina; allí disfrutábamos de un día de sol bajo techo, y acabábamos con los labios morados y los dedos arrugados. Los olores y sabores nuevos me agitaban. Revivo el goce que experimentaba mirando desde la ventana las luces de la ciudad; los carros y mi deseo de contarlos se hacía extenuante, aunque nunca llegaba a su fin. Desde esos años infantiles, guardo en mi memoria la dirección de esa casa; era mi única referencia de la ciudad: Bomboná crucero Girardot, número cuarenta y tres, treinta y siete.

Ya en su interior, las distancias en el tiempo se acortan, los recuerdos acurrucados en cada rincón, despiertan. Los veo a ellos claramente diluidos en el aire de la casa, que para mí conserva el aroma de aquella época: Pensativo está el abuelo, soñando siempre con la casa blanca de chambranas rojas, rodeada de pinos, de pomos y hasta de un sauce llorón del que heredó sus lágrimas. Oye noticias junto al radio grande de botones negros y los nietos acariciamos su cabello, motilado como un cepillo, hasta sentir cosquillas en la palma. Ahora, en la ventana y mirando a la distancia o contándonos sus cuentos inventados e inverosímiles, de caballos alados con sus crines al viento, y de conejos que abrían túneles dentro de zanahorias grandísimas y aparecían en la China. La ternura de mi abuelo, no tenía nada de parecido con el hombre recio que ejerció autoridad en su familia, formada por doce hijos.

En la sala disfruto del movimiento suave del fleco de seda de la mantilla de la abuela, que ha quedado puesta sobre el brazo del canapé. Veo su cabello blanco organizado en una trenza y escucho sus pasos lentos sobre los tacones gruesos dirigiéndose a su alcoba.

La tía María, madre de mis primos, aún joven y hermosa, con sus piernas delgadas y sus pies metidos en los zapatos de tacón, viaja al centro, a la plaza, a las oficinas, al banco. Todo el orden de la casa depende de ella. Tomada de su mano, con los ojos bien abiertos, maravillada de la ciudad, cruzo las calles, puedo perderme si me suelto.

En el almacén Caravana, deslumbrada ante las vitrinas y las escaleras eléctricas busco en vano los compradores gigantes y enanos, según reza el slogan “El gigante de los precios enanos”. En la misma cuadra el almacén Tía, con ese nombre tan cálido como la persona a la que estoy aferrada; en su interior toco los jabones rosados y desenvueltos, y su olor le da al lugar un aire de frescura. En la Viña, o en el Astor, recibo golosinas que no existen en mi pueblo.

Sentadas en el suelo, en el cuartico pequeño, ahí, después del comedor, vuelvo a jugar con mis primas a las muñecas, coquito o catapis. Escucho la voz del tío rico (a mi juicio), elegante, bien parecido, llamándonos para regalarnos dulces finos que guarda bajo llave en su escaparate lujoso.

Tomando el tinto, cuyo aroma ya hace parte del aire que respiramos, sentado en la silla de asiento cóncavo, siempre en el mismo puesto, al lado del mesón de la cocina, aparece el tío seductor en bata de baño. El cuello medio abierto deja ver su pecho flaco y lampiño y una pierna morena, ligeramente descubierta. Es insinuante, coqueto, habla pausadamente y le sonríe a Herminia. Ella responde, lo mira y ríe dejando ver sus dientes protuberantes parecidos a los de un conejo, que no le permiten cerrar la boca completamente. Está muy complacida por la compañía y por el galanteo. Después, sigue apurada preparando las comidas.

En el mismo sitio de la sala, cerca de las escalas, donde se hizo la despedida de los abuelos y del padre de mis primos, escucho un rumor lejano de plegarias, aspiro otra vez ese olor a parafina y miro las llamas que parecen desvanecerse, con la fricción que el viento ejerce sobre ellas, y extienden sobre el piso, de baldosas claras, las sombras movedizas del desmoronamiento de flores y ciriales.

De cambiar las cosas se ha encargado el tiempo. Los años adquirieron alas y se llevaron todo. Todo lo que nos hizo niños y jóvenes y viejos. No hubo gritos, no hubo asombro, la costumbre diaria no nos permitió saber cuándo se marchitó la piel, se acortó el paso y el cabello perdió su color. No fue de un golpe súbito, ocurrió despacio, lentamente, nublando nuestros sentidos para alcanzar a comprender.

Salgo. Dejo atrás lo que viví en el pasado. La calle olvidó sus pasos, sus risas, sus amores y se colmó con otros. Ya el sol que la calienta no es el mismo; ese se gastó. Los fantasmas se introdujeron en los ladrillos, en el aire, en la luz que traspasa los ventanales, y se niegan a quedar en el olvido.

Conmovida, junto a la puerta permanezco estática por un rato, antes de ser devorada por el tráfico, por el ruido y por la gente. Al llegar a la esquina miro por última vez hacia atrás, estoy segura de haber visto al abuelo haciendo movimientos rápidos con su mano… Y, en su despedida, de nuevo, me bendice.