27 – María del Socorro Vélez

María del Socorro Vélez Calle

Nació en Sevilla, Valle del Cauca, el 5 de junio de 1969.  Estudió Comunicación Social y Periodismo en  la Universidad Autónoma de Occidente de Cali; ha realizado estudios de literatura y  de corrección de estilo. Desde 1985 participa en talleres de escritura, así como en encuentros poéticos nacionales e internacionales.

Ha publicado tres libros: Piel y Alma (1995), Menú del día (2003) y Miniaturas (2017). Sus poemas han sido incluidos en antologías poéticas del país y de Argentina.  En 2014 recibió Mención de Honor en  el Encuentro de Mujeres  Poetas de Roldanillo, Valle. Hace parte del grupo “Jueves de Poesía y Algo+”, de la Biblioteca del Centenario.

 

Indolentes

Cuando las palabras son acero
hieren la inocencia del verso
la sangre tiñe su virtud de amianto.

Indolentes
blanden su metal
dejan su filo
y dolor en el poema.
 

Conversación

Su mirada interrumpió un silencio
largo,
de ceniza.

Escuchó de sus ojos
el dialecto justo de los peces. 

Sólo entonces, limpios
hablaron.
 

Capitanes

Huimos del abrigo,
soberbios esquivamos la verdad del viento.
Al fin – en altamar–
la barca abatida.

El furor apuntalado en un murmullo,
azul ido hacia la bruma.
Entregada a la sal
la luz de la baliza,
el alma de las jarcias
doblegada.

Con el mar fuimos noche.
¡Capitanes de voces corroídas!

La brújula indicó la posición
deshondamos anclas
y puestas a la pendura
naufragamos.
 

Estupor

Lavé el presagio bajo el grifo.
Copas heridas de vino,
alzadas anoche para el verso.

Hoy
en la acera
tu muerte manuscrita.

Mañana
igual a la creciente oscuridad
de la presa bajo el ave,
mi alma.
 

Vaticinio

El búho mira atrás y prevé.
Observa
y guarda en el embalse ámbar de sus ojos
el porvenir de un ratón.
Gira hacia el presente
y ávido
espera.
 

Artemisa y fuego

La ceremonia a tu presencia
agota el incienso
el ritual para amarte
sepulto en los abrojos.

Estabas en la punta
de una astilla de canela.

Como un suspiro
te desmoronas.
 

Descoser

Vuelve a la madeja el hilo cosido,
desanda su paso por los ojos.
Puntadas apretadas:
el gozo
la cólera
la fe deleznable.

Al filo de la hebra parda del iris
mis dedos sangran,
descoso la historia.

Hurgo,
desanudo,
desbarato sin lapsus de aguja.
Muere la luz de tus pupilas.
 

La pena tiene el tiempo contado

Ojos de vidrio
las pupilas, agua vertical.

Arriba
pesa el llanto,
la gravedad de la tristeza
se precipita al estrecho lagrimal.
Estrangulado
el dolor, herido,
cae.

Abajo
el vacío no espera,
la pena no tiene tiempo.
Las lágrimas  agotadas
indican invertir el llanto
o romper el cristal.
 

Espada

Espejo de la herida.

Un reflejo escarlata
mide la hondura,
llega
hasta donde el dolor,
lo empuña.
 

Te llamas como mi gato

Tu nombre
abrió los ojos en mi boca,
instantes ámbar
oscuridades lentas.

Grave,
sin acento
mulló mis papilas,
a sus sílabas lujuriosas
di mi lengua.

Olfateó mi aliento
–menta peligrosa–
huyó sin herir el velo.

Lo pronuncio,
y en la dicción
perdió en mis labios
las siete vidas.
 

Los espejos de mi voz

Abrevo en los ojos.
Silabeo en su tristeza,
la sublimo:
triso,
tea,
zafiro.

Azogo la lanza,
punzo  las llagas
en el costado del dolor
hasta matarlo;
soy ángel caído.

Me levanta la conversión del agua
en asfalto azul,
al paso del veloz lagarto.
Creo en los milagros.
 

Danza

Parpadea el gato.
Igual el mar
en la orilla de la playa.